Con el vino de anoche cantando en mi cabeza Al amanecer buscaba la taberna, Aunque medio mundo en la cama dormía Y el arpa y la flauta sonaban todavía, Creando un placentero canto matutino; Ya estaba llegando la copa de vino: -Razón-, dije yo, «ya debías marcharte Si quieres llegar a tu diario destino, La santa ciudad de la intoxicación». Así pues, la despedí y se marchó Con una botella para los amigos del viaje.
Solo en la taberna, observé a la criada Y quise conquistarla con mi labia, Mas desdeñosa se volvió, y se burló de mi ilusión. Dijo, enarcando las cejas: «¡Tú, blanco de toda mala lengua! Mi cintura no rodearás, Ni siquiera por todas tus baladas, Mientras solo te veas a ti mismo Como centro y fin en lo creado. Apresa en tus redes a otro pájaro No llegas al nido del Anka, amigo.»
Entonces me refugié de tal océano En la buena arca del vino, mas ¡ay de mí! Ella es de doncellas un compendio Es Saki, camarada y trovador, La que rechaza mi pobre corazón. ¡El ego es lo que debes superar, Hafiz! Presta atención a la sabiduría De la hija de la taberna; vanidoso, Ficción de agua y barro construida Cuidando tu belleza como un loro.
Hafiz, la vida es un enigma, abandona: No hay otra respuesta que esta copa.
Yo estaba meando cuando me dieron la noticia Tenía 7 años se me acercó un chaval, por la espalda, Y me lo dijo. Así de fácil. Luego me llamó el cura a su despacho -el mismo en el que se encerraba los domingos, los pasteles y la madre superiora-, y me soltó el rollo de rigor. Que mi padre no se había muerto de verdad, que en realidad sólo se había ido de viaje, y que algún día volveríamos a vernos a la vera de Dios. Recuerdo que lo de la vera me dejó un poco mosca, pero no dije nada, por si acaso. Me quedé quieto allí, en silencio, esperando…, hasta que de repente el cura me agarró por los hombros y me miró un rato, a los ojos, y me dijo que tenía que ser fuerte en adelante y portarme como un hombre y no llorar. Al día siguiente enterraron a mi padre. Y esa misma tarde, en la iglesia, de mi barrio, otro cura le llamó polvo, siervo, finado, y no sé que chorradas más. Lo cierto es que acudió mucha gente. Y que mis tías me acariciaron la cabeza varias veces. Y también que le hice caso al cura Y no lloré. Sólo añadir Que mi padre fue un buen tipo, un buen tipo sin suerte. Y que ni siquiera tuve tiempo de quererle.
Cubierta de polvo, descalza, sentada en la tierra entre las hileras de tiendas hechas jirones frente a ella, un plato repartido tras una larga espera de un comité de ayuda: un poco de sopa en la nariz un trozo de pan en la mano.
Un fotógrafo extranjero se acerca para hacer una foto que resuma la miseria del campo y que llame la atención del editor jefe de allende el mar.
Una niña de tres o cuatro años cuyo pueblo se ahogó en ese mar extiende su brazo derecho hacia el alto periodista como si señalara una estrella para ofrecerle una rebanada de pan suponiendo que, como ella, no había comido en tres días.
Dale la llave al otoño. Háblale del río mudo en cuyo fondo yace la sombra de los puentes de madera desaparecidos hace muchos años.
No me has contado ninguno de tus secretos. Pero tu mano es la llave que abre la puerta del molino en ruinas donde duerme mi vida entre polvo y más polvo, y espectros de inviernos, y los jinetes enlutados del viento que huyen tras robar campanas en las pobres aldeas. Pero mis días serán nubes para viajar por la primavera de tu cielo. Saldremos en silencio, sin despertar al tiempo.
Escucha, las campanillas del heno resuenan mientras la carreta de ruedas enllantadas se balancea sobre el alquitrán y el hielo encenizado, bajo el molino de cáñamo y el canal de los sábalos. Babeantes, los bueyes se detienen maravillados ante las defensas de un automóvil, y enormemente se desplazan por la colina de San Pedro. He aquí a los no contaminados por mujer, su dolor no es de este mundo: el Rey Herodes grita venganza junto a las piernas de Jesús trenzadas y tiesas en el aire.
Un rey de idiotas y de niños mudos. Más Herodes que Herodes este mundo; y el año, el mil novecientos cuarenta y cinco de gracia enciende no sin fatiga y pérdidas la colina de escorias de nuestra purificación; los bueyes se aproximan al ruinoso cimiento de su establo, el santo pesebre donde el lecho es maíz y acebo que se esparce para la Navidad. Si como Jesús bajo el yugo ellos mueren, ¿quién los llorará? ¡Cordero de pastores, Niño, cuan quieto yaces!