Yo estaba en Jerusalén y salí al alba a caminar por la ciudad y sus alrededores. Los arcos de la Ciudad Vieja de Jerusalén son un cofre abierto las numerosas cúpulas, los minaretes – son un beso triste bajo el sol si bien la vida continúa, como siempre. Las puertas son amplias. El periodista pavimentó el camino con sus noticias las noticias reclamaron un muro en la tierra. La fruta de la mañana para los viajeros en la Puerta de Damasco. El corazón abraza sus heridas y es consolado por sus visiones.
¿Y qué será, Nathalie, de nosotros. Tú en mi memoria, yo en la tuya como esos pobres amantes que mientras se buscaban de una ciudad a otra, llegaron a morir —complacencias del narrador omnividente, tristezas de su ingenio— justo en la misma pieza de un hotel miserable pero en distintas épocas del año? Absurdo todo pensamiento, toda memoria prematura y particularmente dudosa cualquier lamentación en nuestro caso; es por una deformación profesional que me permito este falso aullido ávido y cauteloso a un mismo tiempo. «Todo es triste —me escribes— y confuso, y yo quisiera olvidarlo todo». Pero te das incluso, entre paréntesis el lujo de cobrarme una pequeña deuda y la palabra adiós se diría que suena de un modo estrictamente razonable. El amor no perdona a los que juegan con él. No tenemos perdón del amor, Nathalie a pesar de tu tono razonable y este último zumbido de la ironía, atrapada en sí misma, como una cigarra por los niños. El viento nos devuelve, a ti en Bonnieux a mí en un París que a cada instante rompe, contra toda expectativa, sus vagas relaciones lluviosas con el sol, el peso exacto de nuestras palabras de las que hicimos un mal gasto al cambiarlas por moneda liviana, pequeñísima, y este negocio de vivir al día no era más que, a lo lejos, una bonita fachada con angustiados gitanos en la trastienda. El viento al que jugamos Nathalie, mientras soplaba del lado de lo real, en la Camargue, nos devuelve —extramuros de la memoria, allí donde el mar brilla por su ausencia y no hay modo de estar realmente desnudo— palmerales roídos por la arena, el sibilino rumor de una desolación con ecos de voces agrias que se confunden con las nuestras. Es la canción de los gitanos, forzados a un nuevo exilio por los caminos de Provenza bajo ese sol del viento que se ríe a mandíbula batiente del verano y sus pequeños negocios. Son historias, también tristemente confusas. La diferencia está en que nosotros bajamos desde el primer momento el diapasón de la nuestra; sí, gente civilizada. . . guardando, claro está, las debidas distancias —mi desventaja, Nathalie— entre tu tribu y la mía. Pero Lulú es testigo del Tarot; Lulú que parece haber nacido bajo todos los signos del zodíaco, antes hada madrina que rigurosa vidente, ella lo sabe todo a ciencia incierta, tu amiga. Nada con los romanos y sus res gestae; el porvenir se lee bajo la inspiración de los aerolitos, en la mano misma; entre griegos no hay líneas decisivas; una muerte que dice, únicamente ella, la última palabra de lo que un hombre fue; y el temblor en las manos, Nathalie, el brillo o la humedad en los ojos, el deseo.
Con el vino de anoche cantando en mi cabeza Al amanecer buscaba la taberna, Aunque medio mundo en la cama dormía Y el arpa y la flauta sonaban todavía, Creando un placentero canto matutino; Ya estaba llegando la copa de vino: -Razón-, dije yo, «ya debías marcharte Si quieres llegar a tu diario destino, La santa ciudad de la intoxicación». Así pues, la despedí y se marchó Con una botella para los amigos del viaje.
Solo en la taberna, observé a la criada Y quise conquistarla con mi labia, Mas desdeñosa se volvió, y se burló de mi ilusión. Dijo, enarcando las cejas: «¡Tú, blanco de toda mala lengua! Mi cintura no rodearás, Ni siquiera por todas tus baladas, Mientras solo te veas a ti mismo Como centro y fin en lo creado. Apresa en tus redes a otro pájaro No llegas al nido del Anka, amigo.»
Entonces me refugié de tal océano En la buena arca del vino, mas ¡ay de mí! Ella es de doncellas un compendio Es Saki, camarada y trovador, La que rechaza mi pobre corazón. ¡El ego es lo que debes superar, Hafiz! Presta atención a la sabiduría De la hija de la taberna; vanidoso, Ficción de agua y barro construida Cuidando tu belleza como un loro.
Hafiz, la vida es un enigma, abandona: No hay otra respuesta que esta copa.
Yo estaba meando cuando me dieron la noticia Tenía 7 años se me acercó un chaval, por la espalda, Y me lo dijo. Así de fácil. Luego me llamó el cura a su despacho -el mismo en el que se encerraba los domingos, los pasteles y la madre superiora-, y me soltó el rollo de rigor. Que mi padre no se había muerto de verdad, que en realidad sólo se había ido de viaje, y que algún día volveríamos a vernos a la vera de Dios. Recuerdo que lo de la vera me dejó un poco mosca, pero no dije nada, por si acaso. Me quedé quieto allí, en silencio, esperando…, hasta que de repente el cura me agarró por los hombros y me miró un rato, a los ojos, y me dijo que tenía que ser fuerte en adelante y portarme como un hombre y no llorar. Al día siguiente enterraron a mi padre. Y esa misma tarde, en la iglesia, de mi barrio, otro cura le llamó polvo, siervo, finado, y no sé que chorradas más. Lo cierto es que acudió mucha gente. Y que mis tías me acariciaron la cabeza varias veces. Y también que le hice caso al cura Y no lloré. Sólo añadir Que mi padre fue un buen tipo, un buen tipo sin suerte. Y que ni siquiera tuve tiempo de quererle.
Cubierta de polvo, descalza, sentada en la tierra entre las hileras de tiendas hechas jirones frente a ella, un plato repartido tras una larga espera de un comité de ayuda: un poco de sopa en la nariz un trozo de pan en la mano.
Un fotógrafo extranjero se acerca para hacer una foto que resuma la miseria del campo y que llame la atención del editor jefe de allende el mar.
Una niña de tres o cuatro años cuyo pueblo se ahogó en ese mar extiende su brazo derecho hacia el alto periodista como si señalara una estrella para ofrecerle una rebanada de pan suponiendo que, como ella, no había comido en tres días.