El Premio Nobel

/ 03 febrero 2026 /

El Premio Nobel de Lectura
me lo debieran dar a mí
que soy el lector ideal
y leo todo lo que pillo:
leo los nombres de las calles
y los letreros luminosos
y las murallas de los baños
y las nuevas listas de precios
y las noticias policiales
y los pronósticos del Derby
y las patentes de los autos
para un sujeto como yo
la palabra es algo sagrado
señores miembros del jurado
qué ganaría con mentirles
soy un lector empedernido
me leo todo - no me salto
ni los avisos económicos
claro que ahora leo poco
no dispongo de mucho tiempo
pero caramba que he leído
por eso pido que me den
el Premio Nóbel de Lectura
a la brevedad imposible


Nicanor Parra

 


Qué lástima

/ 28 enero 2026 /

¡Qué lástima
que yo no pueda cantar a la usanza
de este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan!
¡Qué lástima
que yo no pueda entonar con una voz engolada
esas brillantes romanzas
a las glorias de la patria!
¡Qué lástima
que yo no tenga una patria!
Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa
desde una tierra a otra tierra, desde una raza
a otra raza,
como pasan
esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca.
¡Qué lástima
que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!
Debí nacer en la entraña
de la estepa castellana
y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada;
pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,
y mi juventud, una juventud sombría, en la Montaña.
Después... ya no he vuelto a echar el ancla,
y ninguna de estas tierras me levanta
ni me exalta
para poder cantar siempre en la misma tonada
al mismo río que pasa
rodando las mismas aguas,
al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.
¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa
en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
(que me contaran
viejas historias domésticas como a Francis Jammes y a Ayala)
y el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla.
¡Qué lástima
que yo no tenga un abuelo que ganara
una batalla,
retratado con una mano cruzada
en el pecho, y la otra en el puño de la espada!
Y, ¡qué lástima
que yo no tenga siquiera una espada!
Porque..., ¿Qué voy a cantar si no tengo ni una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?
¡Qué voy a cantar si soy un paria
que apenas tiene una capa!

Sin embargo...
en esta tierra de España
y en un pueblo de la Alcarria
hay una casa
en la que estoy de posada
y donde tengo, prestadas,
una mesa de pino y una silla de paja.
Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla
en una sala
muy amplia
y muy blanca
que está en la parte más baja
y más fresca de la casa.
Tiene una luz muy clara
esta sala
tan amplia
y tan blanca...
Una luz muy clara
que entra por una ventana
que da a una calle muy ancha.
Y a la luz de esta ventana
vengo todas las mañanas.
Aquí me siento sobre mi silla de paja
y venzo las horas largas
leyendo en mi libro y viendo cómo pasa
la gente a través de la ventana.
Cosas de poca importancia
parecen un libro y el cristal de una ventana
en un pueblo de la Alcarria,
y, sin embargo, le basta
para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa
cuando pasan
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga
de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias, de Pastrana,
y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana
siempre y se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
¡Qué gracia
tiene su cara
en el cristal aplastada
con la barbilla sumida y la naricilla chata!
Yo me río mucho mirándola
y la digo que es una niña muy guapa...
Ella entonces me llama
¡tonto!, y se marcha.
¡Pobre niña! Ya no pasa
por esta calle tan ancha
caminando hacia la escuela de muy mala gana,
ni se para
en mi ventana,
ni se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
Que un día se puso mala,
muy mala,
y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.

Y en una tarde muy clara,
por esta calle tan ancha,
al través de la ventana,
vi cómo se la llevaban
en una caja
muy blanca...
En una caja
muy blanca
que tenía un cristalito en la tapa.
Por aquel cristal se la veía la cara
lo mismo que cuando estaba
pegadita al cristal de mi ventana...
Al cristal de esta ventana
que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja
tan blanca.
Todo el ritmo de la vida pasa
por el cristal de mi ventana...
¡Y la muerte también pasa!

¡Qué lástima
que no pudiendo cantar otras hazañas,
porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada,
y soy un paria
que apenas tiene una capa...
venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!


 León Felipe

Adiciones al pasado

/ 24 enero 2026 /


Las cartas en la recámara de la viuda
En la cesta de paja
En la cama purgada de sueño
En la intención de ayuno que se esconde
En el aire del corredor.

Los vegetales, normalmente comprados en la mañana
Los boletos,
El autobús matinal en un jueves
Las almohadas
Las velas
La indulgencia…. donde las frases sacras están
Estridentemente grabadas
En las tallas.

El borde de la alacena desde la fisura de la puerta
La puerta misma…donde los himnos congregados
Aletean como pañuelos en la oscuridad de la llanura.

La sombra del aire
La novela que ella no ha devuelto al estante,
¡Ella no puede recordar!
Sus héroes caen muertos en el piso
Ella los barre
Uno tras otro
Con su escoba, sus reproches y sus plegarias.

Las cartas permanecieron cerradas
Los muertos
Regresaron por la fisura de la puerta
Para robar el florero
La sábana naranja
Y los velos.


Ghassan Zaqtan


Dos poemas de Jacobsen

/ 20 enero 2026 /



EN VOZ BAJA

Palabras
solo pequeñas
palabras pequeñas
y en voz baja
casi sin aliento
para nosotros

como pajitas rotas
palabras sin luz
y casi sin forma,
palabras como en árboles,
pequeñas medias-palabras
como en el sueño
para nosotros

Entre todo lo grande
pequeñas, pequeñas palabras
que esconden
en el dorso de una mano
y junto a tu lóbulo
pequeñas palabras
completamente sin luz
como animales
y hierba.


Lavmaelt
Ord
bare små
små ord
og lavmælt
nesten uten pust
for oss

som brukne strå
ord uten lys
og nesten uten form,
ord som hos trær,
små halv-ord
som i søvn
for oss.

Mellem alt det store
små, små ord
å gjemme bort
på baksiden av en hånd
og ved din øreflipp
små ord
helt uten lys
som dyr
og gress.



CARTA A LA LUZ

El periódico de esta mañana está muy desdoblado.
En la tierra es un nuevo día
y un tractor que está en funcionamiento con su propio
puño grumoso
escribe una carta a la luz, cada letra
lo tararea en voz alta para sí mismo, porque tiene
mucho que decir
que todo viene, tanto los truenos como las abejas,
el camino de la hormiga que ha tendido a su pequeño
Pie de seda en la hierba, nuestra paz.
y el malestar que tenemos con todo, debe incluirlo.
Grandes líneas húmedas y una mano lenta.
que tiembla mucho pero ya está todo dicho,
la página está llena y todo se presenta abiertamente
como una carta a nadie, la carta de los arados
a la luz que puede leer a voluntad.

  

Brev til lyset
Morgenens papir er veldig foldet ut
på jorden, det er en ny dag
og en traktor som alt er fremme med sin
klumpete neve
og skriver et brev til lyset, hver bokstav
brummer den høyt for seg selv, for det har
meget å si
at alt kommer med, både tordnen og biene,
maurveien som har strukket ut sin lille
silkefot i gresset, vår fred
og den uro vi har med alt, skal den ha med.
Store fuktige linjer og en langsom hånd
som ryster svært men nu er alt sagt,
siden er full og alt legges åpent frem
som et brev til ingen, plogenes brev
til lyset som den kan lese som vil.

                

Rolf Jacobsen

 

El perro vagabundo

/ 16 enero 2026 /

 

Flaco, lanudo y sucio. Con febriles
ansias roe y escarba la basura;
a pesar de sus años juveniles,
despide cierto olor a sepultura.
 
Cruza siguiendo interminables viajes
los paseos, las plazas y las ferias;
cruza como una sombra los parajes,
recitando un poema de miserias.
 
Es una larga historia de perezas,
días sin pan y noches sin guarida.
Hay aglomeraciones de tristezas
en sus ojos vidriosos y sin vida.
 
Y otra visión al pobre no se ofrece
que la que suelen ver sus ojos zarcos;
la estrella compasiva que aparece
en la luz miserable de los charcos.
 
Cuando a roer mendrugos corrompidos
asoma su miseria, por las casas,
escapa con sus lúgubres aullidos
entre una doble fila de amenazas.
 
Allá va. Lleva encima algo de abyecto.
Le persigue de insectos un enjambre,
y va su pobre y repugnante aspecto
cantando triste la canción del hambre.
 
Es frase de dolor. Es una queja
lanzada ha tiempo, pero ya perdida;
es un día de otoño que se aleja
entre la primavera de la vida.
 
Lleva en su mal la pesadez del plomo.
Nunca la caridad le fue propicia;
no ha sentido jamás sobre su lomo
la suave sensación de una caricia.
 
Mustio y cansado, sin saber su anhelo,
suele cortar el impensado viaje
y huir despavorido cuando al suelo
caen las hojas secas del ramaje.
 
Cerca de los lugares donde hay fiestas
suele robar un hueso a otros lebreles,
y gruñir sordamente una protesta
cuando pasa un bull—dog con cascabeles.
 
En las calles que cruza a paso lento,
buscan sus ojos sin fulgor ni brillo
el rastro de un mendigo macilento
a quien piensa servir de lazarillo.

 Carlos Pezoa Véliz

1999

/ 12 enero 2026 /

Yo ya había vivido en un desierto. En serio. Olvidé el za’atar* que mi madre decía que me daba en Irak. Olvidé la casa de mi abuela en Suu-ri-ya**. Ahí estaba yo, comiendo los higos chumbos aunque siempre me picase la lengua luego. En Tejas, una profesora me dijo que yo nunca aprendería a pronunciar mi propio nombre en inglés, y tenía razón. Lloré hasta que mi madre me llevó a un McDonald’s. En esa casa yo era la única niña. Bailaba en el invierno caluroso. Diez años después, un niño me dejaría el brazo lleno de marcas por haberle llamado redneck. Me llevé el cortavientos rosa de Barbie que una niña se dejó en el patio de la escuela. No tenía nada en los bolsillos. Antes incluso de que saliera el sol, mi padre salía fuera a fumar y mirar los pájaros volar al este. Los más feos eran los que más le gustaban.


Hala Alyan


______
(*) za’atar: Condimento muy popular en la cocina árabe. Corresponde a una mezcla 
                   de varias hierbas aromáticas.
(**) Suu-ri-ya: Expresión árabe para Siria.

Tijeretas

/ 08 enero 2026 /

Tu tarta de ron cubierta de almendras llegó
esta mañana a mi puerta
con una pinta deliciosa. El mensajero aparcó al pie
de la colina y subió el sendero a pie.
No se movía nada más en aquella estampa tan fría.
Hacía frío dentro y fuera. Firmé,
le di las gracias y entré de nuevo.
Abrí la pesada tapa, arranqué
las grapas de la bolsa y hallé
dentro la lata con el pastel.
Rasgué el adhesivo de la tapa
y la abrí haciendo palanca. Aparté el papel de aluminio
y percibí el aroma de aquella delicia.
Fue entonces cuando apareció
una tijereta. Una tijereta
metido en tu pastel. Mareado
por el ron. Subió hasta el borde de la lata.
Correteó alocadamente por la mesa para
intentar alcanzar el frutero. No lo maté.
De momento. Tenía sensaciones
contradictorias. Estaba disgustado, desde luego. Pero
también sorprendido. Incluso sentía admiración. Esa criatura
había hecho 3000 millas, había viajado toda la noche
en un avión, dentro de una tarta, entre almendras peladas
y el mareante olor del ron. Luego
en camión por una carretera de montaña y
llevado a pie colina arriba con este frío hasta esta casa
con vistas al océano Pacífico. Una tijereta.
Déjale vivir, pensé. ¿Qué importa uno más
o menos en el mundo? Puede que éste
sea especial. Un aura sobre su extraña cabeza.
Saqué el pastel del envoltorio
¡y aparecieron tres tijeretas más
en la lata! Me pilló tan de sorpresa
que no sabía si matarlos
o qué. Me pudo la rabia
y los aplasté. Murieron aplastados
antes de que pudieran escapar. Fue una masacre.
Mientras lo hacía, encontré y aplasté
al otro, sin remedio.
No había hecho más que empezar y ya había acabado.
Hubiera podido seguir y seguir,
aplastando uno tras otro. Si es verdad
que el hombre es un lobo para el hombre, ¿qué pueden esperar
unas simples tijeretas cuando hay sed de sangre?
Me senté para que se me calmara el corazón.
Tenía la respiración agitada. Miré
toda la mesa alrededor, lentamente. Preparado
para todo. Mona, siento decirte esto,
pero no pude probar la tarta.
La guardé para más tarde, quién sabe.
Gracias, de todos modos. Eres encantadora por acordarte
de mí, aquí solo este invierno.
Viviendo solo.
Como un animal, pienso.


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