Y una Nube. Y gritaré tu nombre hasta que el aire ciego que te lleva me escuche. (En voz baja).
Golpearé la pequeña ventana del rocío; extenderé un cordaje de cáñamo y resinas; levantaré tu lino marinero hasta el Viento Primero de tu Signo, para que el Mar te nombre (En voz baja).
Te lloran: cuatro pájaros; un agobio de niños y de títeres; los jazmines nocturnos de un patio paraguayo. Y una guitarra coplera. (En voz baja).
Te llaman: todo lo que es humilde bajo el cielo; la inocencia de un pedazo de pan; el puñado de sal que se derrama sobre el mantel de un pobre; la mirada sumisa de un caballo, y un perro abandonado. Y una carta. (En voz baja).
Yo también te he llamado, en mi noche de altura y de azahares. (En voz baja).
Sólo tu soledad de ahora y siempre te llamará, en la noche y en el día. En voz alta.
La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles ha sido destruida por las llamas. Aquella biblioteca del centro. Con ella se fue gran parte de mi juventud. Estaba sentado en uno de aquellos bancos de piedra cuando mi amigo Baldy me preguntó: «¿vas a alistarte en la brigada Lincoln?». «Claro», contesté yo. Pero, al darme cuenta de que yo no era un idealista político ni un intelectual renegué de aquella decisión más tarde. Yo era un lector entonces que iba de una sala a otra: literatura, filosofía, religión, incluso medicina y geología. Muy pronto decidí ser escritor, pensaba que sería la salida más fácil y los grandes novelistas no me parecían demasiado difíciles. Tenía más problemas con Hegel y con Kant. Lo que me fastidiaba de todos ellos es que les llevara tanto lograr decir algo lúcido y/o interesante. Yo creía que en eso los sobrepasaba a todos entonces. Descubrí dos cosas: a) que la mayoría de los editores creía que todo lo que era aburrido era profundo. b) que yo pasaría décadas enteras viviendo y escribiendo antes de poder plasmar una frase que se aproximara un poco a lo que quería decir. Entretanto mientras otros iban a la caza de damas, yo iba a la caza de viejos libros, era un bibliófilo, aunque desencantado, y eso y el mundo configuraron mi carácter. Vivía en una cabaña de contrachapado detrás de una pensión de 3 dólares y medio a la semana sintiéndome un Chatterton metido dentro de una especie de Thomas Wolfe. Mi principal problema eran los sellos, los sobres, el papel y el vino, mientras el mundo estaba al borde de la Segunda Guerra Mundial. Todavía no me había atrapado lo femenino, era virgen y escribía entre 3 y 5 relatos por semana y todos me los devolvían, rechazados por el New Yorker, el Harper’s, el Atlantic Monthly. Había leído que Ford Madox Ford solía empapelar el cuarto de baño con las notas que recibía rechazando sus obras pero yo no tenía cuarto de baño, así que las amontonaba en un cajón y cuando estaba tan lleno que apenas podía abrirlo sacaba todas las notas de rechazo y las tiraba junto con los relatos. La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles seguía siendo mi hogar y el hogar de muchos otros vagabundos. Discretamente utilizábamos los aseos y a los únicos que echaban de allí era a los que se quedaban dormidos en las mesas de la biblioteca; nadie ronca como un vagabundo a menos que sea alguien con quien estás casado. Bueno, yo no era realmente un vagabundo, yo tenía tarjeta de la biblioteca y sacaba y devolvía libros, montones de libros, siempre hasta el límite de lo permitido: Aldous Huxley, D. H. Lawrence, E. E. Cummings, Conrad Aiken, Dos Passos, Turgénev, Gorki, H. D., Nietzsche, Schopenhauer, Steinbeck, Hemingway, etc. Siempre esperaba que la bibliotecaria me dijera: «qué buen gusto tiene usted, joven». Pero la vieja puta ni siquiera sabía quién era ella, cómo iba a saber quién era yo. Pero aquellos estantes contenían un enorme tesoro: me permitieron descubrir a los poetas chinos antiguos como Tu Fu y Li Po que son capaces de decir en un verso más que la mayoría en treinta o incluso en cientos. Sherwood Anderson debe de haberlos leído también. También solía sacar y devolver los Cantos y Ezra me ayudó a fortalecer los brazos si no el cerebro. Maravilloso lugar la Biblioteca Pública de Los Ángeles fue un hogar para alguien que había tenido un hogar infernal arroyos demasiado anchos para saltarlos lejos del mundanal ruido contrapunto el corazón es un cazador solitario James Thurber John Fante Rabelais de Maupassant algunos no me decían nada: Shakespeare, G. B. Shaw, Tolstoi, Robert Frost, E Scott Fitzgerald Upton Sinclair me llegaba más que Sinclair Lewis y consideraba a Gogol y a Dreiser tontos de remate pero tales juicios provenían más del modo en que un hombre se ve obligado a vivir que de su razón. La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles muy probablemente evitó que me convirtiera en un suicida, un ladrón de bancos, un tipo que pega a su mujer, un carnicero o un motorista de la policía y, aunque reconozco que puede que alguno sea estupendo, gracias a mi buena suerte y al camino que tenía que recorrer, aquella biblioteca estaba allí cuando yo era joven y buscaba algo a lo que aferrarme y no parecía que hubiera mucho. Y cuando abrí el periódico y leí la noticia sobre el incendio que había destruido la biblioteca y la mayor parte de lo que en ella había le dije a mi mujer: «yo solía pasar horas y horas allí…». El oficial prusiano el atrevido muchacho de trapecio tener y no tener no puedes retornar a tu hogar.
Laura, al evadirme de este mundo, me parece que me ilumino con el resplandor celestial, cuando tu mirada se refleja en la mía. Sueño con aspirar las brisas etéreas, cuando mi imagen flota en el espejo azul celeste de tus suaves ojos.
El sonido de la lira desde las lejanías del paraíso, el compás del arpa procedente de estrellas placenteras me apresuro a atraer hacia mi oído embriagado, mi musa siente la hora de los pastores, cuando de tu boca ardiente de placer los tonos plateados huyen a regañadientes.
Veo a los cupidos batir sus alas, detrás de ti saltan los abetos embriagados, como animados por el canto de las cuerdas de Orfeo, los polos giran rápidamente a mi alrededor, cuando en la danza giratoria tu planta flota fugaz como la ola.
Tus miradas —cuando sonríen de amor—, podrían insuflar vida al mármol, dar pulso a las venas de la roca, los sueños se convierten en seres a mi alrededor, si tan solo pudiera leer en tus ojos: ¡Laura, mi Laura!
Cuando entonces, como levantados de sus ejes dos astros, los cuerpos se funden en uno, boca contra boca arde arraigada, llueven chispas de lujuria de los ojos, las almas, como liberadas, se encuentran en el viento de fuego del aliento, – – –
¡Deleites atormentados, dolores paradisíacos! – La sangre inunda con más fuerza el corazón oprimido, como guerreros armados hacia la batalla, la naturaleza, olvidada de la finitud, se atreve a medirse con seres superiores, se marea ante la marea del Aqueronte.
Aquí se cierne un descanso sobre los sentidos La oscuridad negra ahuyenta el día, La noche devora la fuente de la luz — Un suave… murmullo… sordo… que se desvanece… se pierde… Se apaga… poco a poco… en los oídos… embriagados… Y el mundo es… la nada…
Ay, quizá mil lunas desperdiciadas Laura, ese instante del Elíseo, Todo enterrado en ese estrecho espacio; Arrastrados por el éxtasis de la muerte, Aterrizamos en otro sol, ¡Laura! Y fue un sueño.
¡Ojalá el ala de Cronos se hubiera detenido, hipnotizada, contemplando este grupo, como una estatua de mármol: el tiempo! Pero, ¡ay!, en el mar de la muerte se precipitan ola tras ola; sobre este éxtasis ya se agitan los remolinos del olvido.
Friedrich Schiller
Entzückung an Laura
Laura, über diese Welt zu flüchten Wähn ich, mich in Himmelsmaienglanz zu lichten, Wenn dein Blick in meinem Blicke flimmt. Ätherlüfte träum ich einzusaugen, Wenn mein Bild in deiner sanften Augen Himmelblauem Spiegel schwimmt.
Leierklang aus Paradieses Fernen, Harfenschwung aus angenehmern Sternen Ras ich in mein trunken Ohr zu ziehn, Meine Muse fühlt die Schäferstunde, Wenn von deinem wollustheißen Munde Silbertöne ungern fliehn.
Amoretten seh ich Flügel schwingen, Hinter dir die trunknen Fichten springen, Wie von Orpheus Saitenruf belebt, Rascher rollen um mich her die Pole, Wenn im Wirbeltanze deine Sohle Flüchtig wie die Welle schwebt.
Deine Blicke – wenn sie Liebe lächeln, Könnten Leben durch den Marmor fächeln, Felsenadern Pulse leihn, Träume werden um mich her zu Wesen, Kann ich nur in deinen Augen lesen: Laura, Laura mein!
Wenn dann, wie gehoben aus den Achsen Zwei Gestirn, in Körper Körper wachsen, Mund an Mund gewurzelt brennt, Wollustfunken aus den Augen regnen, Seelen wie entbunden sich begegnen In des Atems Flammenwind, – – –
Qualentzücken – Paradiesesschmerzen! – Wilder flutet zum beklommnen Herzen, Wie Gewapnete zur Schlacht, das Blut, Die Natur, der Endlichkeit vergessen, Wagts mit höhern Wesen sich zu messen, Schwindelt ob der acherontschen Flut.
Eine Pause drohet hier den Sinnen Schwarzes Dunkel jagt den Tag von hinnen, Nacht verschlingt den Quell des Lichts – Leises.. Murmeln… dumpfer… hin.. verloren.. Stirbt… allmälich.. in den trunknen… Ohren… Und die Welt ist…. Nichts….
Ach, vielleicht verpraßte tausend Monde Laura, die Elisiumssekunde, All begraben in dem schmalen Raum; Weggewirbelt von der Todeswonne, Landen wir an einer andern Sonne, Laura! und es war ein Traum.
O dass doch der Flügel Chronos harrte, Hingebannt ob dieser Gruppe starrte Wie ein Marmorbild – die Zeit! Aber ach! ins Meer des Todes jagen Wellen Wellen – über dieser Wonne schlagen Schon die Strudel der Vergessenheit.
El río invierte el curso de su corriente. El agua de las cascadas sube. La gente empieza a caminar retrocediendo. Los caballos caminan hacia atrás. Los militares deshacen lo desfilado. Las balas salen de las carnes. Las balas entran en los cañones. Los oficiales enfundan sus pistolas. La corriente penetra por los enchufes. Los torturados dejan de agitarse. Los torturados cierran sus bocas. Los campos de concentración se vacían. Aparecen los desaparecidos. Los muertos salen de sus tumbas. Los aviones vuelan hacia atrás Los “rockets” suben hacia los aviones. Allende dispara. Las llamas se apagan. Se saca el casco. La Moneda se reconstituye íntegra. Su cráneo se recompone. Sale a un balcón. Allende retrocede hasta Tomás Moro. Los detenidos salen de espalda de los estadios. 11 de Septiembre. Regresan aviones con refugiados. Chile es un país democrático. Las fuerzas armadas respetan la constitución. Los militares vuelven a sus cuarteles. Renace Neruda. Vuelve en una ambulancia a Isla Negra. Le duele la próstata. Escribe. Víctor Jara toca la guitarra. Canta Los discursos entran en las bocas. El tirano abraza a Prat. Desaparece. Prat revive. Los cesantes son recontratados. Los obreros desfilan cantando ¡Venceremos!
I mi abuelo contaba los días del retorno con los dedos luego utilizó piedras para llevar la cuenta no fueron suficientes se valió de las nubes los pájaros los amigos
la ausencia resultó demasiado larga treinta y seis años hasta su muerte para nosotros son más de setenta
mi abuelo perdió la memoria olvidó la gente los números olvidó el hogar
II quisiera estar contigo abuelo hubiera aprendido a escribirte poemarios voluminosos y a pintar nuestra casa para ti del terreno te hubiera hecho un traje a la medida adornado de plantas y los árboles de tu cosecha te hubiera preparado perfume de los naranjos y jabones de las lágrimas de la dicha del cielo no me fue posible pensar en algo más puro
III voy al cementerio todos los días en vano busco tu sepultura están seguros de haberte enterrado o te convirtieron en un árbol o tal vez te fuiste con un pájaro a la nada
IV pongo tu retrato en un tiesto lo riego lunes y jueves al ponerse el sol me contaron que esos días ayunabas durante ramadán le echo agua diariamente treinta días seguidos o menos o más
V cómo de grande quieres que sea nuestra casa puedo escribir poemas hasta que estés satisfecho si quieres puedo anexar uno o dos planetas cercanos
VI en esta casa no pondré demarcaciones ni signos de puntación.