Puedo repetir la frase que se llevó tu recuerdo. Nada más sé de ti. Esta insistente agua de palabras, siempre creciente, va desmoronando los márgenes de la vida que creía real. La tierra pedregosa y fatigosa de andar, y los árboles que me herían los ojos con una rama delicada, tan vivamente maligna, convincente con la mejor prueba, la de las lágrimas, parece que no son nada. Se van rindiendo a la anchura gris, jaspeada de esperma pálido, empalagoso. Todo cae con un ruido lento y blando, y flota sin figura, o se hunde para siempre. Todo da sentido, sólo sentido, todo es tal como he dicho. No sé nada de ti.
Gabriel Ferrater
Fi del món
Puc repetir la frase que s'ha endut el teu record. No sé res més de tu. Aquesta insistent aigua de paraules, sempre creixent, va ensulsiant els marges de la vida que vaig creure real. La terra pedregosa i fatigosa de caminar, i els arbres que em ferien els ulls amb una branca delicada, tan vivament maligna, convincent amb la prova millor, la de les llàgrimes, sembla que no són res. Es va donant a l'amplària grisa, jaspiada d'esperma pàl·lid, embafós. Tot cau amb una fressa lenta i molla, i flota sense figura, o s'enfonsa per sempre. Tot fa sentit, només sentit, tot és tal com ho he dit. Ja no sé res de tu.
Amo lo que me asombra y no me asombra: la luz preclara, la nocturna sombra;
El cantar de una boca cuando la frente de la amada toca, y el rumoreo de hojas y de seda que en pos del paso de una joven queda.
Amo el golpe del hacha en la montaña y el canto de la esposa en la cabaña; amo el chisporroteo de la leña en el hogar donde el labriego sueña con ver una explosión de espigas rubias en pos de las tristezas y las lluvias;
Las tardas oraciones que elevan los lejanos esquilones desde el alero en que piensa el sombrío campanero.
Amo la melancólica elegía de la hojarasca en la alameda umbría.
Amo la tarde, la mustia estrella, la rima que arde y la plácida luz que cae de ella.
Amo lo que florece, lo que anida en el inmenso campo de la vida; amo lo que Dios pone en un murmullo: yo lo amo porque es bello, porque es suyo.
Y una Nube. Y gritaré tu nombre hasta que el aire ciego que te lleva me escuche. (En voz baja).
Golpearé la pequeña ventana del rocío; extenderé un cordaje de cáñamo y resinas; levantaré tu lino marinero hasta el Viento Primero de tu Signo, para que el Mar te nombre (En voz baja).
Te lloran: cuatro pájaros; un agobio de niños y de títeres; los jazmines nocturnos de un patio paraguayo. Y una guitarra coplera. (En voz baja).
Te llaman: todo lo que es humilde bajo el cielo; la inocencia de un pedazo de pan; el puñado de sal que se derrama sobre el mantel de un pobre; la mirada sumisa de un caballo, y un perro abandonado. Y una carta. (En voz baja).
Yo también te he llamado, en mi noche de altura y de azahares. (En voz baja).
Sólo tu soledad de ahora y siempre te llamará, en la noche y en el día. En voz alta.
La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles ha sido destruida por las llamas. Aquella biblioteca del centro. Con ella se fue gran parte de mi juventud. Estaba sentado en uno de aquellos bancos de piedra cuando mi amigo Baldy me preguntó: «¿vas a alistarte en la brigada Lincoln?». «Claro», contesté yo. Pero, al darme cuenta de que yo no era un idealista político ni un intelectual renegué de aquella decisión más tarde. Yo era un lector entonces que iba de una sala a otra: literatura, filosofía, religión, incluso medicina y geología. Muy pronto decidí ser escritor, pensaba que sería la salida más fácil y los grandes novelistas no me parecían demasiado difíciles. Tenía más problemas con Hegel y con Kant. Lo que me fastidiaba de todos ellos es que les llevara tanto lograr decir algo lúcido y/o interesante. Yo creía que en eso los sobrepasaba a todos entonces. Descubrí dos cosas: a) que la mayoría de los editores creía que todo lo que era aburrido era profundo. b) que yo pasaría décadas enteras viviendo y escribiendo antes de poder plasmar una frase que se aproximara un poco a lo que quería decir. Entretanto mientras otros iban a la caza de damas, yo iba a la caza de viejos libros, era un bibliófilo, aunque desencantado, y eso y el mundo configuraron mi carácter. Vivía en una cabaña de contrachapado detrás de una pensión de 3 dólares y medio a la semana sintiéndome un Chatterton metido dentro de una especie de Thomas Wolfe. Mi principal problema eran los sellos, los sobres, el papel y el vino, mientras el mundo estaba al borde de la Segunda Guerra Mundial. Todavía no me había atrapado lo femenino, era virgen y escribía entre 3 y 5 relatos por semana y todos me los devolvían, rechazados por el New Yorker, el Harper’s, el Atlantic Monthly. Había leído que Ford Madox Ford solía empapelar el cuarto de baño con las notas que recibía rechazando sus obras pero yo no tenía cuarto de baño, así que las amontonaba en un cajón y cuando estaba tan lleno que apenas podía abrirlo sacaba todas las notas de rechazo y las tiraba junto con los relatos. La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles seguía siendo mi hogar y el hogar de muchos otros vagabundos. Discretamente utilizábamos los aseos y a los únicos que echaban de allí era a los que se quedaban dormidos en las mesas de la biblioteca; nadie ronca como un vagabundo a menos que sea alguien con quien estás casado. Bueno, yo no era realmente un vagabundo, yo tenía tarjeta de la biblioteca y sacaba y devolvía libros, montones de libros, siempre hasta el límite de lo permitido: Aldous Huxley, D. H. Lawrence, E. E. Cummings, Conrad Aiken, Dos Passos, Turgénev, Gorki, H. D., Nietzsche, Schopenhauer, Steinbeck, Hemingway, etc. Siempre esperaba que la bibliotecaria me dijera: «qué buen gusto tiene usted, joven». Pero la vieja puta ni siquiera sabía quién era ella, cómo iba a saber quién era yo. Pero aquellos estantes contenían un enorme tesoro: me permitieron descubrir a los poetas chinos antiguos como Tu Fu y Li Po que son capaces de decir en un verso más que la mayoría en treinta o incluso en cientos. Sherwood Anderson debe de haberlos leído también. También solía sacar y devolver los Cantos y Ezra me ayudó a fortalecer los brazos si no el cerebro. Maravilloso lugar la Biblioteca Pública de Los Ángeles fue un hogar para alguien que había tenido un hogar infernal arroyos demasiado anchos para saltarlos lejos del mundanal ruido contrapunto el corazón es un cazador solitario James Thurber John Fante Rabelais de Maupassant algunos no me decían nada: Shakespeare, G. B. Shaw, Tolstoi, Robert Frost, E Scott Fitzgerald Upton Sinclair me llegaba más que Sinclair Lewis y consideraba a Gogol y a Dreiser tontos de remate pero tales juicios provenían más del modo en que un hombre se ve obligado a vivir que de su razón. La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles muy probablemente evitó que me convirtiera en un suicida, un ladrón de bancos, un tipo que pega a su mujer, un carnicero o un motorista de la policía y, aunque reconozco que puede que alguno sea estupendo, gracias a mi buena suerte y al camino que tenía que recorrer, aquella biblioteca estaba allí cuando yo era joven y buscaba algo a lo que aferrarme y no parecía que hubiera mucho. Y cuando abrí el periódico y leí la noticia sobre el incendio que había destruido la biblioteca y la mayor parte de lo que en ella había le dije a mi mujer: «yo solía pasar horas y horas allí…». El oficial prusiano el atrevido muchacho de trapecio tener y no tener no puedes retornar a tu hogar.
Laura, al evadirme de este mundo, me parece que me ilumino con el resplandor celestial, cuando tu mirada se refleja en la mía. Sueño con aspirar las brisas etéreas, cuando mi imagen flota en el espejo azul celeste de tus suaves ojos.
El sonido de la lira desde las lejanías del paraíso, el compás del arpa procedente de estrellas placenteras me apresuro a atraer hacia mi oído embriagado, mi musa siente la hora de los pastores, cuando de tu boca ardiente de placer los tonos plateados huyen a regañadientes.
Veo a los cupidos batir sus alas, detrás de ti saltan los abetos embriagados, como animados por el canto de las cuerdas de Orfeo, los polos giran rápidamente a mi alrededor, cuando en la danza giratoria tu planta flota fugaz como la ola.
Tus miradas —cuando sonríen de amor—, podrían insuflar vida al mármol, dar pulso a las venas de la roca, los sueños se convierten en seres a mi alrededor, si tan solo pudiera leer en tus ojos: ¡Laura, mi Laura!
Cuando entonces, como levantados de sus ejes dos astros, los cuerpos se funden en uno, boca contra boca arde arraigada, llueven chispas de lujuria de los ojos, las almas, como liberadas, se encuentran en el viento de fuego del aliento, – – –
¡Deleites atormentados, dolores paradisíacos! – La sangre inunda con más fuerza el corazón oprimido, como guerreros armados hacia la batalla, la naturaleza, olvidada de la finitud, se atreve a medirse con seres superiores, se marea ante la marea del Aqueronte.
Aquí se cierne un descanso sobre los sentidos La oscuridad negra ahuyenta el día, La noche devora la fuente de la luz — Un suave… murmullo… sordo… que se desvanece… se pierde… Se apaga… poco a poco… en los oídos… embriagados… Y el mundo es… la nada…
Ay, quizá mil lunas desperdiciadas Laura, ese instante del Elíseo, Todo enterrado en ese estrecho espacio; Arrastrados por el éxtasis de la muerte, Aterrizamos en otro sol, ¡Laura! Y fue un sueño.
¡Ojalá el ala de Cronos se hubiera detenido, hipnotizada, contemplando este grupo, como una estatua de mármol: el tiempo! Pero, ¡ay!, en el mar de la muerte se precipitan ola tras ola; sobre este éxtasis ya se agitan los remolinos del olvido.
Friedrich Schiller
Entzückung an Laura
Laura, über diese Welt zu flüchten Wähn ich, mich in Himmelsmaienglanz zu lichten, Wenn dein Blick in meinem Blicke flimmt. Ätherlüfte träum ich einzusaugen, Wenn mein Bild in deiner sanften Augen Himmelblauem Spiegel schwimmt.
Leierklang aus Paradieses Fernen, Harfenschwung aus angenehmern Sternen Ras ich in mein trunken Ohr zu ziehn, Meine Muse fühlt die Schäferstunde, Wenn von deinem wollustheißen Munde Silbertöne ungern fliehn.
Amoretten seh ich Flügel schwingen, Hinter dir die trunknen Fichten springen, Wie von Orpheus Saitenruf belebt, Rascher rollen um mich her die Pole, Wenn im Wirbeltanze deine Sohle Flüchtig wie die Welle schwebt.
Deine Blicke – wenn sie Liebe lächeln, Könnten Leben durch den Marmor fächeln, Felsenadern Pulse leihn, Träume werden um mich her zu Wesen, Kann ich nur in deinen Augen lesen: Laura, Laura mein!
Wenn dann, wie gehoben aus den Achsen Zwei Gestirn, in Körper Körper wachsen, Mund an Mund gewurzelt brennt, Wollustfunken aus den Augen regnen, Seelen wie entbunden sich begegnen In des Atems Flammenwind, – – –
Qualentzücken – Paradiesesschmerzen! – Wilder flutet zum beklommnen Herzen, Wie Gewapnete zur Schlacht, das Blut, Die Natur, der Endlichkeit vergessen, Wagts mit höhern Wesen sich zu messen, Schwindelt ob der acherontschen Flut.
Eine Pause drohet hier den Sinnen Schwarzes Dunkel jagt den Tag von hinnen, Nacht verschlingt den Quell des Lichts – Leises.. Murmeln… dumpfer… hin.. verloren.. Stirbt… allmälich.. in den trunknen… Ohren… Und die Welt ist…. Nichts….
Ach, vielleicht verpraßte tausend Monde Laura, die Elisiumssekunde, All begraben in dem schmalen Raum; Weggewirbelt von der Todeswonne, Landen wir an einer andern Sonne, Laura! und es war ein Traum.
O dass doch der Flügel Chronos harrte, Hingebannt ob dieser Gruppe starrte Wie ein Marmorbild – die Zeit! Aber ach! ins Meer des Todes jagen Wellen Wellen – über dieser Wonne schlagen Schon die Strudel der Vergessenheit.
El río invierte el curso de su corriente. El agua de las cascadas sube. La gente empieza a caminar retrocediendo. Los caballos caminan hacia atrás. Los militares deshacen lo desfilado. Las balas salen de las carnes. Las balas entran en los cañones. Los oficiales enfundan sus pistolas. La corriente penetra por los enchufes. Los torturados dejan de agitarse. Los torturados cierran sus bocas. Los campos de concentración se vacían. Aparecen los desaparecidos. Los muertos salen de sus tumbas. Los aviones vuelan hacia atrás Los “rockets” suben hacia los aviones. Allende dispara. Las llamas se apagan. Se saca el casco. La Moneda se reconstituye íntegra. Su cráneo se recompone. Sale a un balcón. Allende retrocede hasta Tomás Moro. Los detenidos salen de espalda de los estadios. 11 de Septiembre. Regresan aviones con refugiados. Chile es un país democrático. Las fuerzas armadas respetan la constitución. Los militares vuelven a sus cuarteles. Renace Neruda. Vuelve en una ambulancia a Isla Negra. Le duele la próstata. Escribe. Víctor Jara toca la guitarra. Canta Los discursos entran en las bocas. El tirano abraza a Prat. Desaparece. Prat revive. Los cesantes son recontratados. Los obreros desfilan cantando ¡Venceremos!
I mi abuelo contaba los días del retorno con los dedos luego utilizó piedras para llevar la cuenta no fueron suficientes se valió de las nubes los pájaros los amigos
la ausencia resultó demasiado larga treinta y seis años hasta su muerte para nosotros son más de setenta
mi abuelo perdió la memoria olvidó la gente los números olvidó el hogar
II quisiera estar contigo abuelo hubiera aprendido a escribirte poemarios voluminosos y a pintar nuestra casa para ti del terreno te hubiera hecho un traje a la medida adornado de plantas y los árboles de tu cosecha te hubiera preparado perfume de los naranjos y jabones de las lágrimas de la dicha del cielo no me fue posible pensar en algo más puro
III voy al cementerio todos los días en vano busco tu sepultura están seguros de haberte enterrado o te convirtieron en un árbol o tal vez te fuiste con un pájaro a la nada
IV pongo tu retrato en un tiesto lo riego lunes y jueves al ponerse el sol me contaron que esos días ayunabas durante ramadán le echo agua diariamente treinta días seguidos o menos o más
V cómo de grande quieres que sea nuestra casa puedo escribir poemas hasta que estés satisfecho si quieres puedo anexar uno o dos planetas cercanos
VI en esta casa no pondré demarcaciones ni signos de puntación.
ATAQUE POR SORPRESA La habitación tiembla con las distantes explosiones Las cortinas tiemblan. Luego el corazón Y tú, ¿dónde estabas en medio de todo este sacudimiento?
SOLEDAD Una mañana las vi caminando juntas, de prisa, y un aroma de almendras llenó la calle. ¿Serán hermanas? Noté sus pasos de gato bien ensayados. ¿Por qué sentí el aroma de almendras siguiéndome y que algo sabía de dos hermanas caminando en la mañana de prisa? Cada mañana, cuando el reloj marca las diez, me preocupo. ¿Pasarán hoy? Ellas pasan y yo siento el aroma de almendras y toco el lado suave de la uña de un gato. Luego desaparecen entre los árboles o en la curva del camino o en el último ángulo de mi ventana. A veces voltean y yo veo un hilo que conecta mi cuarto a todo
UNA MUJER ¿Cómo arrastraré mis pies hasta ella ahora? ¿En qué tierra habré de verla? ¿Y en cuál calle de qué ciudad? ¿Habré de preguntar por ella? Y si encuentro su casa (supongamos que lo haga) ¿Haré sonar el timbre? ¿Cómo deberé responder? ¿Y cómo miraré, alelado, su rostro mientras acaricio el leve vino escurriendo entre sus dedos¿ ¿De qué modo le diría hola? ¿Y cómo removeré el dolor de todos estos años? Una vez hace veinte años en un tren con aire acondicionado la besé la noche entera…
XLIV Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar.
I Nunca perseguí la gloria ni dejar en la memoria de los hombres mi canción; yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse de sol y grana, volar bajo el cielo azul, temblar súbitamente y quebrarse.
XXIX Caminante, son tus huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino: se hace camino al andar.
Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar.
Antonio Machado de Proverbios y cantares
extras
Hace algún tiempo en ese lugar, donde hoy los bosques se visten de espinos, se oyó la voz de un poeta gritar: «Caminante no hay camino, se hace camino al andar». Golpe a golpe, verso a verso…
Murió el poeta lejos del hogar, le cubre el polvo de un país vecino, al alejarse, le vieron llorar: «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar» Golpe a golpe, verso a verso…
Cuando el jilguero no puede cantar, cuando el poeta es un peregrino, cuando de nada nos sirve rezar: «Caminante no hay camino, se hace camino al andar» Golpe a golpe, verso a verso…
Permaneces todo el tiempo en el olor de las montañas cuando el sol se retira, y me parece escuchar tu respiración en la frescura de la sombra como un adiós pensativo.
De tu partida, que es como una lumbre, se condolerán estas claras imágenes por el viento de la tarde mecidas aquí y a lo lejos; yo te acompaño con el rumor de las hojas, miro por ti las cosas que amabas —el alba no borrará tu paso, eres visible.
1 Berlín, es de día y hace sol, 8 de marzo de 1963. Felicidades, mujer. He olvidado decírtelo por teléfono esta mañana, olvido el mundo cuando oigo tu voz. Muchas felicidades, mi amor. 2 Dentro de cuatro días estoy en Moscú. Afortunadamente ya se acaba esta separación, regreso. También esta separación quedará atrás, como un camino lluvioso. Vendrán nuevas separaciones, bajaré a otros pozos, iré a más sitios y regresaré. Correré a toda prisa para regresar de nuevo. Después, ni Berlín ni Tanganica, ya no iré a ningún sitio, a ningún sitio. Ya no estará en mi mano volver ni en vapor ni en tren ni en avión. Ya no llegarán cartas ni telegramas míos. Y tampoco te telefonearé. Ya no reirás dulcemente al oír mi voz. Ya no recibirás noticias mías y te quedarás sola. Dentro de cuatro días estaré en Moscú. En Berlín es de día y hace sol es primavera en Moscú, lo has dicho por teléfono. Afortunadamente ya se acaba esta separación. Regreso. Pero dentro de mí está la noche de la gran separación, dentro de mí la amargura de cuando ya no me tengas, dentro de mí tu soledad. Soledad: pan de recuerdos que no llena, invitación a lejanos recuerdos: soledad, tal vez tres meses, tal vez tres años, la soledad será tu sombra. Dentro de cuatro días estaré en Moscú en Moscú es primavera lo has dicho por teléfono. 3 Dentro de cinco horas estaré junto a ti. En Berlín, el sol entra en la habitación de mi hotel, trinos húmedos de los pájaros —ha llovido esta mañana— y los tranvías y el tiempo. El tiempo está como detenido, rígido, helado, podrías cogerlo y colgarlo de un clavo, podrías cortarlo con un cuchillo. Es como si estuviera en la cárcel. Y en la cárcel el más despiadado de los guardianes es el tiempo. Dentro de dos horas estaré en el aeropuerto. Dentro de cinco horas en tu azul. Dentro de cinco horas la libertad. En las habitaciones de los hoteles, tras todos los regresos habría que poner una estatua al inventor del avión.
Ya cumplida la cifra de los pasos que te fue dado andar sobre la tierra, digo que has muerto. Yo también he muerto. Yo, que recuerdo la precisa noche del ignorado adiós, hoy me pregunto: ¿Qué habrá sido de aquellos dos muchachos que hacia mil novecientos veintitantos buscaban con ingenua fe platónica por las largas aceras de la noche del Sur o en la guitarra de Paredes o en fábulas de esquina y de cuchillo o en el alba, que no ha tocado nadie, la secreta ciudad de Buenos Aires? Hermano en los metales de Quevedo y en el amor del numeroso hexámetro, descubridor (todos entonces lo éramos) de ese antiguo instrumento, la metáfora, Francisco Luis, del estudioso libro, ojalá compartieras esta vana tarde conmigo, inexplicablemente, y me ayudaras a limar el verso.
Quedándome dormido en el tardío tren de la noche, pierdo mi parada. Estoy cansado y apenas puedo caminar escaleras arriba al otro lado. Pienso en el anciano que me contaba cómo solía caminar por tres o cuatro horas en el campo, luego se tomaba las pantorrillas y nos preguntaba a cada uno si podíamos hacer más. Mis piernas sienten sus piernas mientras suben. Deambulo alrededor de la plataforma gris. Un hombre inspecciona una colilla de cigarro casi con actitud de estar admirado y luego la aplasta suavemente bajo su zapato. Un hombre y una mujer hablan de hacer un largo viaje al Sur, tal vez inspirado por la luna llena del desierto. En esta estación lejana del centro no hay atónitas estatuas de los Antiguos Egipcios recordándote cómo todo está marchando mal. Tratando de caminar por una pared veo una fila de hormigas corriendo ferozmente arriba y abajo a lo largo de una grieta en el cemento. Las que se arrastran hacia abajo acarrean pequeñas piezas de paja; las que suben apuntan a la tienda. Sus oscuros cuerpos, brillantes bajo una luz fuerte, se tocan mientras corren. Ninguna se aparta o se detiene. ¿Qué las impulsa, la paciencia o la esperanza? ¿No se resisten sus piernas? El cuerpo le da un toque a la entrometida mente para que se ocupe de sus propios asuntos. Aguzan sus oídos para escuchar el dulce rumor del tren. Se anhela la cama amplia, y la mujer ausente para arrastrarse a su lado.
Este es un artista de paleta añeja que usa una cachimba de color coñac y habita una buharda de ventana vieja donde un reloj viejo masculla: tic tac...
Tendido a la larga sobre un mueble inválido, un bostezo larga, y otro, y otro: ¡tres! ¡Diablo de muchacho, pobre diablo escuálido, pero con modorras de viejo burgués!
Cerca de él, cigarros fingen los pinceles, sobre la paleta de extraño color: sus últimos toques fueron dos claveles para un cuadro sobre cuestiones de amor.
Cerca un lápiz negro de familia Faber enristra la punta como un alfiler; hay tufo a sudores y olor a cadáver, hay tufo a modorras y olor a mujer.
Juan Pereza fuma, Juan Pereza fuma en una cachimba de color coñac, y mira unos cuadros repletos de bruma sobre un hecho que hubo cerca del Rimac.
El pintor no lee. La lectura agobia, y anteojos de bruma pone en la nariz; Juan odia los libros, ve horrible a su novia, y todas las cosas con máscara gris.
Su mal es el mismo de los vagabundos: fatiga, neurosis, anemia moral, sensaciones raras, sueños errabundos que vagan en busca de un vago ideal.
Ni piensa, ni pinta, ni el humor ingenia. ¡Qué ha de pintar, si halla todo sin color! Tiene hipocondría, tiene neurastenia, y hace un gesto de asco si oye hablar de amor.
Mira un cuadro antiguo sin pensar en nada, mira el techo, el humo, las flores, el mar, una barca inglesa que ha tiempo está anclada y unas acuarelas a medio empezar.
De un escritorillo sobre la cubierta un ramo de rosas chorrea placer y una obra moderna, rasgada y abierta, muestra sus encantos como una mujer.
El pintor no lee. La lectura agobia: Juan Valjean es bruto, necio Tartarín; Juan odia los libros, ve horrible a su novia y muere en silencio, de tedio, de esplín.
Sudores espesos empapan los oros que el lacio cabello recoge del sol, y se abren al beso del aire los poros del rostro manchado con tintas de alcohol.
Y mientras el meollo puebla un chiste rancio, que dicho con gracia fuera original, una flor de moda muere de cansancio sobre la solapa donde está el ojal.
Hay planchas que esperan el baño potásico; un cuadro de otoño y una mancha gris, una oleografía de un poeta clásico con gestos de piedra y ojuelos de miss.
Juan Pereza fuma, Juan Pereza fuma en una cachimba de color coñac, y enfermo incurable de una larga bruma, oye un reloj viejo que dice: tic tac...
Ni piensa ni pinta, ni el humor ingenia. ¡Qué ha de pintar si halla todo color gris! Tiene hipocondría, tiene neurastenia y anteojos de brumas sobre la nariz.
Así pasa el tiempo. Solo, solo el cuarto... Solo Juan Pereza, sin hablar. ¿De qué? Flojo y aburrido como un gran lagarto, muerta la esperanza, difunta la fe.
La madre está lejos. A morir empieza, allá donde el padre sirve un puesto ad hoc; no le escribe nunca porque la pereza le esconde la pluma, la tinta o el block.
Hace ya diez años que en el tren nocturno y en un vagón de última dejó la ciudad; iba un desertado recluta de turno y una moza flaca de marchita edad.
Un gringo de gorra pensaba, pensaba... Luego un cigarrillo... Y otro. ¿Fuma usted? Luego un frasco cuyo líquido apuraba para tanta pena, para tanta sed.
¡Tanta pena, tanta! Su llanto salobre secaba una vieja de andrajoso ajuar; iba un mercachifle y un ratero pobre y una lamparilla que hacía llorar.
La vida... Sus penas. ¡Chocheces de antaño! Se sufre, se sufre. ¿Por qué? ¡Porque sí! Se sufre, se sufre... Y así pasa un año... y otro año... ¡Qué diablo! la vida es así...
Yo creo que una hoja de hierba no es menos que el trabajo realizado por las estrellas, Y que la hormiga es igualmente perfecta, y un grano de arena, y el huevo del reyezuelo, Y que la rana arbórea es una obra maestra digna de los escogidos, Y que la zarzamora podría adornar los salones del cielo, Y que la articulación más insignificante de mi mano avergüenza a todas las máquinas, Y que la vaca que pace con la cabeza baja supera a todas las estatuas, Y que un ratoncillo es milagro suficiente para hacer vacilar a sextillones de incrédulos. Encuentro que en mí se incorporan el gneis, la hulla, el musgo de largos filamentos, / las frutas, los granos, las raíces comestibles, Y que estoy estucado enteramente con cuadrúpedos y aves, Que he tenido motivos para alejarme de lo que he dejado atrás, Pero que puedo hacerlo volver a mí cuando yo quiera. En vano el apresuramiento o la timidez, En vano las rocas plutónicas envían a mi encuentro su antiguo calor, En vano el mastodonte se oculta detrás del polvo de sus huesos, En vano las cosas se alejan muchas leguas y toman multitud de formas, En vano el océano penetra en las cavernas y en vano se esconden los grandes monstruos marinos, En vano el buitre elige por morada el cielo, En vano la serpiente se desliza a través de las lianas y de los troncos, En vano el alce se refugia en los pasos recónditos del bosque, En vano el cuervo marino se dirige al norte, hacia el Labrador, Los sigo velozmente, subo al nido en la hendidura del peñasco.
Yo prefiero quedar en la penumbra; quedarme en el secreto de las cosas. Me gusta introducirme en las criaturas. Errar como una idea. Extraño como el arte. Anónimo, incierto y olvidado. Naciendo, nuevamente, en cada día.
Después de todo y de pensarlo bien, no tengo motivos para quejarme o protestar:
siempre he vivido en la gloria: nada importante me ha faltado.
Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor y miedo y apremio.
Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.
Me averguenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe, melancólica, débil, poco interesante, un abanico de plumas que el viento desprecia, caminito que el tiempo ha borrado.
Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin darme cuenta, voy iniciando una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a cualquiera o aburrir de golpe.
Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi memoria ha muerto y se queja con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.
El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme, pero lo he derrotado para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algun día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la Cenicienta, aunque algunos me recuerden con cariño o descubran mi zapatito y también vayan muriendo.
No descarto la posibilidad de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.
La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.
Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud y en mi destino y en la buena suerte:
sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.
Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra; compartir este calor, esta fatalidad que quieta no sirve y se corrompe.
Puedo hablar y escuchar la luz y el color de la piel amada y enemiga y cercana.
Tocar el sueño y la impureza, nacer con cada temblor gastado en la huida
Tropiezos heridos de muerte; esperanza y dolor y cansancio y ganas.
Estar hablando, sostener esta victoria, este puño; saludar, despedirme
Sin jactancias puedo decir que la vida es lo mejor que conozco.
Yo estaba en Jerusalén y salí al alba a caminar por la ciudad y sus alrededores. Los arcos de la Ciudad Vieja de Jerusalén son un cofre abierto las numerosas cúpulas, los minaretes – son un beso triste bajo el sol si bien la vida continúa, como siempre. Las puertas son amplias. El periodista pavimentó el camino con sus noticias las noticias reclamaron un muro en la tierra. La fruta de la mañana para los viajeros en la Puerta de Damasco. El corazón abraza sus heridas y es consolado por sus visiones.
¿Y qué será, Nathalie, de nosotros. Tú en mi memoria, yo en la tuya como esos pobres amantes que mientras se buscaban de una ciudad a otra, llegaron a morir —complacencias del narrador omnividente, tristezas de su ingenio— justo en la misma pieza de un hotel miserable pero en distintas épocas del año? Absurdo todo pensamiento, toda memoria prematura y particularmente dudosa cualquier lamentación en nuestro caso; es por una deformación profesional que me permito este falso aullido ávido y cauteloso a un mismo tiempo. «Todo es triste —me escribes— y confuso, y yo quisiera olvidarlo todo». Pero te das incluso, entre paréntesis el lujo de cobrarme una pequeña deuda y la palabra adiós se diría que suena de un modo estrictamente razonable. El amor no perdona a los que juegan con él. No tenemos perdón del amor, Nathalie a pesar de tu tono razonable y este último zumbido de la ironía, atrapada en sí misma, como una cigarra por los niños. El viento nos devuelve, a ti en Bonnieux a mí en un París que a cada instante rompe, contra toda expectativa, sus vagas relaciones lluviosas con el sol, el peso exacto de nuestras palabras de las que hicimos un mal gasto al cambiarlas por moneda liviana, pequeñísima, y este negocio de vivir al día no era más que, a lo lejos, una bonita fachada con angustiados gitanos en la trastienda. El viento al que jugamos Nathalie, mientras soplaba del lado de lo real, en la Camargue, nos devuelve —extramuros de la memoria, allí donde el mar brilla por su ausencia y no hay modo de estar realmente desnudo— palmerales roídos por la arena, el sibilino rumor de una desolación con ecos de voces agrias que se confunden con las nuestras. Es la canción de los gitanos, forzados a un nuevo exilio por los caminos de Provenza bajo ese sol del viento que se ríe a mandíbula batiente del verano y sus pequeños negocios. Son historias, también tristemente confusas. La diferencia está en que nosotros bajamos desde el primer momento el diapasón de la nuestra; sí, gente civilizada. . . guardando, claro está, las debidas distancias —mi desventaja, Nathalie— entre tu tribu y la mía. Pero Lulú es testigo del Tarot; Lulú que parece haber nacido bajo todos los signos del zodíaco, antes hada madrina que rigurosa vidente, ella lo sabe todo a ciencia incierta, tu amiga. Nada con los romanos y sus res gestae; el porvenir se lee bajo la inspiración de los aerolitos, en la mano misma; entre griegos no hay líneas decisivas; una muerte que dice, únicamente ella, la última palabra de lo que un hombre fue; y el temblor en las manos, Nathalie, el brillo o la humedad en los ojos, el deseo.
Con el vino de anoche cantando en mi cabeza Al amanecer buscaba la taberna, Aunque medio mundo en la cama dormía Y el arpa y la flauta sonaban todavía, Creando un placentero canto matutino; Ya estaba llegando la copa de vino: -Razón-, dije yo, «ya debías marcharte Si quieres llegar a tu diario destino, La santa ciudad de la intoxicación». Así pues, la despedí y se marchó Con una botella para los amigos del viaje.
Solo en la taberna, observé a la criada Y quise conquistarla con mi labia, Mas desdeñosa se volvió, y se burló de mi ilusión. Dijo, enarcando las cejas: «¡Tú, blanco de toda mala lengua! Mi cintura no rodearás, Ni siquiera por todas tus baladas, Mientras solo te veas a ti mismo Como centro y fin en lo creado. Apresa en tus redes a otro pájaro No llegas al nido del Anka, amigo.»
Entonces me refugié de tal océano En la buena arca del vino, mas ¡ay de mí! Ella es de doncellas un compendio Es Saki, camarada y trovador, La que rechaza mi pobre corazón. ¡El ego es lo que debes superar, Hafiz! Presta atención a la sabiduría De la hija de la taberna; vanidoso, Ficción de agua y barro construida Cuidando tu belleza como un loro.
Hafiz, la vida es un enigma, abandona: No hay otra respuesta que esta copa.
Yo estaba meando cuando me dieron la noticia Tenía 7 años se me acercó un chaval, por la espalda, Y me lo dijo. Así de fácil. Luego me llamó el cura a su despacho -el mismo en el que se encerraba los domingos, los pasteles y la madre superiora-, y me soltó el rollo de rigor. Que mi padre no se había muerto de verdad, que en realidad sólo se había ido de viaje, y que algún día volveríamos a vernos a la vera de Dios. Recuerdo que lo de la vera me dejó un poco mosca, pero no dije nada, por si acaso. Me quedé quieto allí, en silencio, esperando…, hasta que de repente el cura me agarró por los hombros y me miró un rato, a los ojos, y me dijo que tenía que ser fuerte en adelante y portarme como un hombre y no llorar. Al día siguiente enterraron a mi padre. Y esa misma tarde, en la iglesia, de mi barrio, otro cura le llamó polvo, siervo, finado, y no sé que chorradas más. Lo cierto es que acudió mucha gente. Y que mis tías me acariciaron la cabeza varias veces. Y también que le hice caso al cura Y no lloré. Sólo añadir Que mi padre fue un buen tipo, un buen tipo sin suerte. Y que ni siquiera tuve tiempo de quererle.
Cubierta de polvo, descalza, sentada en la tierra entre las hileras de tiendas hechas jirones frente a ella, un plato repartido tras una larga espera de un comité de ayuda: un poco de sopa en la nariz un trozo de pan en la mano.
Un fotógrafo extranjero se acerca para hacer una foto que resuma la miseria del campo y que llame la atención del editor jefe de allende el mar.
Una niña de tres o cuatro años cuyo pueblo se ahogó en ese mar extiende su brazo derecho hacia el alto periodista como si señalara una estrella para ofrecerle una rebanada de pan suponiendo que, como ella, no había comido en tres días.
Dale la llave al otoño. Háblale del río mudo en cuyo fondo yace la sombra de los puentes de madera desaparecidos hace muchos años.
No me has contado ninguno de tus secretos. Pero tu mano es la llave que abre la puerta del molino en ruinas donde duerme mi vida entre polvo y más polvo, y espectros de inviernos, y los jinetes enlutados del viento que huyen tras robar campanas en las pobres aldeas. Pero mis días serán nubes para viajar por la primavera de tu cielo. Saldremos en silencio, sin despertar al tiempo.
Escucha, las campanillas del heno resuenan mientras la carreta de ruedas enllantadas se balancea sobre el alquitrán y el hielo encenizado, bajo el molino de cáñamo y el canal de los sábalos. Babeantes, los bueyes se detienen maravillados ante las defensas de un automóvil, y enormemente se desplazan por la colina de San Pedro. He aquí a los no contaminados por mujer, su dolor no es de este mundo: el Rey Herodes grita venganza junto a las piernas de Jesús trenzadas y tiesas en el aire.
Un rey de idiotas y de niños mudos. Más Herodes que Herodes este mundo; y el año, el mil novecientos cuarenta y cinco de gracia enciende no sin fatiga y pérdidas la colina de escorias de nuestra purificación; los bueyes se aproximan al ruinoso cimiento de su establo, el santo pesebre donde el lecho es maíz y acebo que se esparce para la Navidad. Si como Jesús bajo el yugo ellos mueren, ¿quién los llorará? ¡Cordero de pastores, Niño, cuan quieto yaces!
En mi juventud no conocía el sabor de la tristeza. Me gustaba subir a altas torres Me gustaba subir a altas torres y hablaba de tristeza para escribir nuevos versos.
Ahora conozco bien el sabor de la tristeza. Quiero hablar, pero me detengo Empiezo a hablar, pero me detengo, solo digo: «qué otoño tan fresco y agradable».
Cuando hayan salido del reloj todas las hormigas y abran ―por fin― la puerta de la soledad, la muerte ya no me encontrará.
Me buscará entre los árboles, enloquecidos por el silencio de una cosa tras otra. No me hallará en la altiplanicie deshilada sintiéndola en la fuente de una rosa.
Estoy partiendo el fruto del insomnio con la mano acuchillada por el azar. Y la casa está abierta de tal modo, que la muerte ya no me encontrará.
Y ha de buscarme sobre los árboles y entre las nubes. (¡Fruto y color la voz encenderá!) Y no puedo esperarla: tengo cita con la vida, a las luces de un cantar.
Se oyen pasos ―¿muy lejos?―... todavía hay tiempo de escapar. Para subir la noche sus luceros, un hondo son de sombras cayó sobre la mar. Ya la sangre contra el corazón se estrella. Anoche tan claro que me puedo desnudar. Así, cuando la muerte venga a buscarme, mi ropa solamente encontrará.
Las tierras, las tierras, las tierras de España, las grandes, las solas, desiertas llanuras. Galopa, caballo cuatralbo, jinete del pueblo, al sol y a la luna.
¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!
A corazón suenan, resuenan, resuenan las tierras de España, en las herraduras. Galopa, jinete del pueblo, caballo cuatralbo, caballo de espuma.
¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!
Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie; que es nadie la muerte si va en tu montura. Galopa, caballo cuatralbo, jinete del pueblo, que la tierra es tuya.
¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!
Ocuparon mi pais, expulsaron a mi pueblo, anularon mi identidad. Y me llamaron terrorista.
Confiscaron mi propiedad, arrancaron mis cosechas, demolieron mi casa. Y me llamaron terrorista.
Legislaron leyes fascistas, instauraron el apartheid. Destruyeron, dividieron, humillaron. Y me llamaron terrorista.
Asesinaron mis alegrías, secuestraron mis esperanzas, esposaron mis sueños. Y cuando rechacé todas las barbaries, y decidí defenderme, ellos… ¡Mataron un terrorista!
Desde pequeño en la aldea, siempre creí que era tan bajo el techo del cielo que podía tocarlo con la mano, cada noche, y llenarme los bolsillos de estrellas.
Mas, desde ayer, desde que llegué al desierto, vi la arena tan soñadora como su vientre, el agua tan roja como sus labios y probé la lengua de su insomne bahía.
Ahora sé que el techo del cielo está lejos y que mis sueños pequeños escalaron hasta sus aguas.
DUELO POR UNA CANCIÓN
“De nada sirves –escribió-, un camino trillado eres, un número atado a la cola de un caballo, una tumba fría, abandonado en el infierno, un árbol sin corteza en el desierto, un hilo sin aguja, una puerta quemada rumiando las manos que alguna vez la han tocado, un pájaro aterido por el derrame del sol, letra muerta, un libro caído del collar de una paloma, línea aislada en busca del punto, una montaña desnuda nadando en las nubes, espejo oscuro abandonado por una mujer, un duelo por una canción, el frufrú de seda apagado”.
¿A dónde me lleva la puerta cerrada? –me pregunté-. ¿Se librarán los nombres con solo mover los hombros? ¿Se librará la coma del punto y coma? ¿Se me caerá el mundo encima?
Me acogeré otra vez al ritmo, a un silencio heredado de mi madre, me libraré de verte, y se librará el alma de hablar a una sola letra de tu nombre.
Todo lo que se nos puede caer del cuerpo lo dejamos transformarse en polvo: en estos tiempos nos disponemos como árboles en otoño, que uno a uno
entregan las hojas y algunas flores tardías al viento otoñal estirando sus cuerpos en el duro invierno. Nos disponemos a estar en la naturaleza como la muda de la ninfa de la cigarra
que deja el caparazón dentro de la tierra. Nos preparamos a nosotros mismos para esa muerte futura, como un fragmento de canción
que va cayendo del cuerpo de la música y, al final, la música que queda, se convierte en una silenciosa colina verde.
Para hacer esta muralla, tráiganme todas las manos: los negros, sus manos negras, los blancos, sus blancas manos.
Ay, una muralla que vaya desde la playa hasta el monte, desde el monte hasta la playa, bien, allá sobre el horizonte.
—¡Tun, tun! —¿Quién es? —Una rosa y un clavel… —¡Abre la muralla! —¡Tun, tun! —¿Quién es? —El sable del coronel… —¡Cierra la muralla! —¡Tun, tun! —¿Quién es? —La paloma y el laurel… —¡Abre la muralla! —¡Tun, tun! —¿Quién es? —El alacrán y el ciempiés… —¡Cierra la muralla!
Tal vez tuvimos sólo siete noches no sé no las conté cómo hubiera podido. Tal vez no más que seis o fueron nueve. No sé pero valieron como el más largo amor. Tal vez de cuatro o cinco noches como ésas pero precisamente como ésas tal vez pueda vivirse como de un largo amor toda la vida.
Son las gaviotas, amor. Las lentas, altas gaviotas.
Mar de invierno. El agua gris mancha de frío las rocas. Tus piernas, tus dulces piernas, enternecen a las olas. Un cielo sucio se vuelca sobre el mar. El viento borra el perfil de las colinas de arena. Las tediosas charcas de sal y de frío copian tu luz y tu sombra. Algo gritan, en lo alto, que tú no escuchas, absorta.
Son las gaviotas, amor. Las lentas, altas gaviotas.
Para el niño, enamorado de mapas y estampas, El universo es igual a su vasto apetito. ¡Ah! ¡Cuan grande es el mundo a la claridad de las lámparas! ¡Para las miradas del recuerdo, el mundo qué pequeño!
Una mañana zarpamos, la mente inflamada, El corazón desbordante de rencor y de amargos deseos, Y nos marchamos, siguiendo el ritmo de la onda Meciendo nuestro infinito sobre el confín de los mares.
Algunos, dichosos al huir de una patria infame; Otros, del horror de sus orígenes, y unos contados, Astrólogos sumergidos en los ojos de una mujer, La Circe tiránica de los peligrosos perfumes.
Para no convertirse en bestias, se embriagan De espacio y de luz, y de cielos incendiados; El hielo que los muerde, los soles que los broncean, Borran lentamente la huella de los besos.
Pero los verdaderos viajeros son los únicos que parten Por partir; corazones ligeros, semejantes a los globos, De su fatalidad jamás ellos se apartan, Y, sin saber por qué, dicen siempre: ¡Vamos!
¡Son aquellos cuyos deseos tienen forma de nubes, Y que como el conscripto, sueñan con el cañón, En intensas voluptuosidades, mutables, desconocidas, Y de las que el espíritu humano jamás ha conocido el nombre!
¿Qué fue de la foto del niño que fui? Me gustaría verla... todos los álbumes desaparecieron tras la diáspora... J.T. carta de julio 20/77
Tu foto de infancia se extravió en el diario. Los duendes del taller me arrebataron ese regalo de tu madre. Desde ahora sólo conservaré la imagen del niño que conocí en un carro de tren detenido en la estación de Lautaro ese verano del 48, mientras don Fernando y don Tomás se transmiten noticias en una frecuencia difícil de sintonizar.
Sólo entiendo que por culpa de una Ley Maldita las malditas enfermedades de sus mujeres los embargos por deudas y el fantasma de los destierros a Pisagua, la situación tendría un desenlace impredecible como su partida de ajedrez por el campeonato de Victoria en los años 30, suspendida para llevar al altar sus damas blancas que amarillean en el álbum familiar.
Así las cosas no es raro que tengas la edad de mi hermana mayor a quien regalas la Historia de Chile de Luis Galdames que llevas bajo el brazo, despertando mi envidia con ese gesto que a medias te hiciste perdonar con dedicatorias y dedicatorias posteriores.
La frase “adjunto mi último libro” se repite en tu correspondencia. En tus Poemas Secretos el 66, anotas: Separata de 50 ejemplares. No es para crítica ni comercio. Sólo ahora, 30 años después, descifro ese mensaje: no viviste para la crítica ni el comercio ni escribiste para el comercio de una crítica que arriscó la nariz ante el aroma limpio de tus hojas que caen con el cielo del país que está más allá de las apariencias cotidianas, pero oculto en esas mismas apariencias y que nunca jamás se revela a los que olvidan las palabras heredadas de padres, vecinos, abuelos dichas en la forma más directa, como escribes en carta del 63.
Ya el 65 los médicos se alarman pero a ti sólo un riesgo te quita el sueño: ser abstemio para toda la vida, no poder acompañar un asado al palo con un buen trago es cosa de vida o muerte. No sé cómo resolveré este problema. Y no lo resolviste, o se resolvió solo —a costa tuya— como un complejo problema de Mate en 3 Jugadas que resolvías de pie junto al tablero, hablando de otra cosa con un vaso en la mano, sin tocar una pieza.
Diez años después escribes: tu carta la recibo en un lugar bastante apropiado aquí se necesita compañía... y lo repites diez años después, en otra clínica y diez años después, un 22, suena el teléfono de abril en esta capital tan parecida a una clínica siquiátrica, donde cometo la locura de vivir mientras tú juiciosamente regresas a un pueblo de verdad con calles y caminos de verdad, donde el pie humano todavía deja huella.
Por uno de esos caminos polvorientos de tus poemas te llevan al cementerio, pero ahora las flores no son para la hermana, son para el forastero que regresa —había que arreglar la tumba familiar— repartida por el mundo, mientras yo elijo estas palabras claras y tranquilas y espero hablar contigo bajo las raíces del aromo o en esta misma calle Corrientes que íbamos a recorrer juntos, pero una vez más, tú volaste más alto.
Buenos Aires - Santiago, abril de 1996
JORGE LUIS BORGES MIRA JUGAR AL AJEDREZ EN UNA CALLE DE BARRIO
Dios mueve el jugador y éste la pieza J. L. BORGES
El caballo salta del tablero y pierde por una cabeza en el bar vecino donde los peones pierden la cabeza en alcohol estridente. La Dama del barrio gira en esa música ebria Bajo la falda sus piernas se deslizan con movimiento oblicuo de inversos alfiles El poeta mira al jugador y éste a la pieza absorto en su Torre de marfil sobre un cajón en la vereda De la cocina viene un olor a fritura que vaga por la cuadra y atrae al rey de los ociosos Ya
somos dos —me digo— ¡tres! me dice Borges que convertido en sol de
medio día enceguece a los jugadores y a tientas por cuadros negros y
blancos —sombra y luz de sus vidas— cruzan la puerta y se instalan
frente a frente en otro juego de platos y cucharas. Entonces el rey de los ociosos y yo —su paje— enrocan hacia el lado sombrío de la calle Antes que una nube le impida la visión Jorge Luis Borges me hace un guiño Con gesto displicente de rey eternamente sin corona.