Permaneces todo el tiempo en el olor de las montañas cuando el sol se retira, y me parece escuchar tu respiración en la frescura de la sombra como un adiós pensativo.
De tu partida, que es como una lumbre, se condolerán estas claras imágenes por el viento de la tarde mecidas aquí y a lo lejos; yo te acompaño con el rumor de las hojas, miro por ti las cosas que amabas —el alba no borrará tu paso, eres visible.
Ya cumplida la cifra de los pasos que te fue dado andar sobre la tierra, digo que has muerto. Yo también he muerto. Yo, que recuerdo la precisa noche del ignorado adiós, hoy me pregunto: ¿Qué habrá sido de aquellos dos muchachos que hacia mil novecientos veintitantos buscaban con ingenua fe platónica por las largas aceras de la noche del Sur o en la guitarra de Paredes o en fábulas de esquina y de cuchillo o en el alba, que no ha tocado nadie, la secreta ciudad de Buenos Aires? Hermano en los metales de Quevedo y en el amor del numeroso hexámetro, descubridor (todos entonces lo éramos) de ese antiguo instrumento, la metáfora, Francisco Luis, del estudioso libro, ojalá compartieras esta vana tarde conmigo, inexplicablemente, y me ayudaras a limar el verso.
Este es un artista de paleta añeja que usa una cachimba de color coñac y habita una buharda de ventana vieja donde un reloj viejo masculla: tic tac...
Tendido a la larga sobre un mueble inválido, un bostezo larga, y otro, y otro: ¡tres! ¡Diablo de muchacho, pobre diablo escuálido, pero con modorras de viejo burgués!
Cerca de él, cigarros fingen los pinceles, sobre la paleta de extraño color: sus últimos toques fueron dos claveles para un cuadro sobre cuestiones de amor.
Cerca un lápiz negro de familia Faber enristra la punta como un alfiler; hay tufo a sudores y olor a cadáver, hay tufo a modorras y olor a mujer.
Juan Pereza fuma, Juan Pereza fuma en una cachimba de color coñac, y mira unos cuadros repletos de bruma sobre un hecho que hubo cerca del Rimac.
El pintor no lee. La lectura agobia, y anteojos de bruma pone en la nariz; Juan odia los libros, ve horrible a su novia, y todas las cosas con máscara gris.
Su mal es el mismo de los vagabundos: fatiga, neurosis, anemia moral, sensaciones raras, sueños errabundos que vagan en busca de un vago ideal.
Ni piensa, ni pinta, ni el humor ingenia. ¡Qué ha de pintar, si halla todo sin color! Tiene hipocondría, tiene neurastenia, y hace un gesto de asco si oye hablar de amor.
Mira un cuadro antiguo sin pensar en nada, mira el techo, el humo, las flores, el mar, una barca inglesa que ha tiempo está anclada y unas acuarelas a medio empezar.
De un escritorillo sobre la cubierta un ramo de rosas chorrea placer y una obra moderna, rasgada y abierta, muestra sus encantos como una mujer.
El pintor no lee. La lectura agobia: Juan Valjean es bruto, necio Tartarín; Juan odia los libros, ve horrible a su novia y muere en silencio, de tedio, de esplín.
Sudores espesos empapan los oros que el lacio cabello recoge del sol, y se abren al beso del aire los poros del rostro manchado con tintas de alcohol.
Y mientras el meollo puebla un chiste rancio, que dicho con gracia fuera original, una flor de moda muere de cansancio sobre la solapa donde está el ojal.
Hay planchas que esperan el baño potásico; un cuadro de otoño y una mancha gris, una oleografía de un poeta clásico con gestos de piedra y ojuelos de miss.
Juan Pereza fuma, Juan Pereza fuma en una cachimba de color coñac, y enfermo incurable de una larga bruma, oye un reloj viejo que dice: tic tac...
Ni piensa ni pinta, ni el humor ingenia. ¡Qué ha de pintar si halla todo color gris! Tiene hipocondría, tiene neurastenia y anteojos de brumas sobre la nariz.
Así pasa el tiempo. Solo, solo el cuarto... Solo Juan Pereza, sin hablar. ¿De qué? Flojo y aburrido como un gran lagarto, muerta la esperanza, difunta la fe.
La madre está lejos. A morir empieza, allá donde el padre sirve un puesto ad hoc; no le escribe nunca porque la pereza le esconde la pluma, la tinta o el block.
Hace ya diez años que en el tren nocturno y en un vagón de última dejó la ciudad; iba un desertado recluta de turno y una moza flaca de marchita edad.
Un gringo de gorra pensaba, pensaba... Luego un cigarrillo... Y otro. ¿Fuma usted? Luego un frasco cuyo líquido apuraba para tanta pena, para tanta sed.
¡Tanta pena, tanta! Su llanto salobre secaba una vieja de andrajoso ajuar; iba un mercachifle y un ratero pobre y una lamparilla que hacía llorar.
La vida... Sus penas. ¡Chocheces de antaño! Se sufre, se sufre. ¿Por qué? ¡Porque sí! Se sufre, se sufre... Y así pasa un año... y otro año... ¡Qué diablo! la vida es así...
Después de todo y de pensarlo bien, no tengo motivos para quejarme o protestar:
siempre he vivido en la gloria: nada importante me ha faltado.
Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor y miedo y apremio.
Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.
Me averguenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe, melancólica, débil, poco interesante, un abanico de plumas que el viento desprecia, caminito que el tiempo ha borrado.
Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin darme cuenta, voy iniciando una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a cualquiera o aburrir de golpe.
Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi memoria ha muerto y se queja con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.
El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme, pero lo he derrotado para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algun día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la Cenicienta, aunque algunos me recuerden con cariño o descubran mi zapatito y también vayan muriendo.
No descarto la posibilidad de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.
La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.
Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud y en mi destino y en la buena suerte:
sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.
Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra; compartir este calor, esta fatalidad que quieta no sirve y se corrompe.
Puedo hablar y escuchar la luz y el color de la piel amada y enemiga y cercana.
Tocar el sueño y la impureza, nacer con cada temblor gastado en la huida
Tropiezos heridos de muerte; esperanza y dolor y cansancio y ganas.
Estar hablando, sostener esta victoria, este puño; saludar, despedirme
Sin jactancias puedo decir que la vida es lo mejor que conozco.
¿Y qué será, Nathalie, de nosotros. Tú en mi memoria, yo en la tuya como esos pobres amantes que mientras se buscaban de una ciudad a otra, llegaron a morir —complacencias del narrador omnividente, tristezas de su ingenio— justo en la misma pieza de un hotel miserable pero en distintas épocas del año? Absurdo todo pensamiento, toda memoria prematura y particularmente dudosa cualquier lamentación en nuestro caso; es por una deformación profesional que me permito este falso aullido ávido y cauteloso a un mismo tiempo. «Todo es triste —me escribes— y confuso, y yo quisiera olvidarlo todo». Pero te das incluso, entre paréntesis el lujo de cobrarme una pequeña deuda y la palabra adiós se diría que suena de un modo estrictamente razonable. El amor no perdona a los que juegan con él. No tenemos perdón del amor, Nathalie a pesar de tu tono razonable y este último zumbido de la ironía, atrapada en sí misma, como una cigarra por los niños. El viento nos devuelve, a ti en Bonnieux a mí en un París que a cada instante rompe, contra toda expectativa, sus vagas relaciones lluviosas con el sol, el peso exacto de nuestras palabras de las que hicimos un mal gasto al cambiarlas por moneda liviana, pequeñísima, y este negocio de vivir al día no era más que, a lo lejos, una bonita fachada con angustiados gitanos en la trastienda. El viento al que jugamos Nathalie, mientras soplaba del lado de lo real, en la Camargue, nos devuelve —extramuros de la memoria, allí donde el mar brilla por su ausencia y no hay modo de estar realmente desnudo— palmerales roídos por la arena, el sibilino rumor de una desolación con ecos de voces agrias que se confunden con las nuestras. Es la canción de los gitanos, forzados a un nuevo exilio por los caminos de Provenza bajo ese sol del viento que se ríe a mandíbula batiente del verano y sus pequeños negocios. Son historias, también tristemente confusas. La diferencia está en que nosotros bajamos desde el primer momento el diapasón de la nuestra; sí, gente civilizada. . . guardando, claro está, las debidas distancias —mi desventaja, Nathalie— entre tu tribu y la mía. Pero Lulú es testigo del Tarot; Lulú que parece haber nacido bajo todos los signos del zodíaco, antes hada madrina que rigurosa vidente, ella lo sabe todo a ciencia incierta, tu amiga. Nada con los romanos y sus res gestae; el porvenir se lee bajo la inspiración de los aerolitos, en la mano misma; entre griegos no hay líneas decisivas; una muerte que dice, únicamente ella, la última palabra de lo que un hombre fue; y el temblor en las manos, Nathalie, el brillo o la humedad en los ojos, el deseo.
Dale la llave al otoño. Háblale del río mudo en cuyo fondo yace la sombra de los puentes de madera desaparecidos hace muchos años.
No me has contado ninguno de tus secretos. Pero tu mano es la llave que abre la puerta del molino en ruinas donde duerme mi vida entre polvo y más polvo, y espectros de inviernos, y los jinetes enlutados del viento que huyen tras robar campanas en las pobres aldeas. Pero mis días serán nubes para viajar por la primavera de tu cielo. Saldremos en silencio, sin despertar al tiempo.
Cuando hayan salido del reloj todas las hormigas y abran ―por fin― la puerta de la soledad, la muerte ya no me encontrará.
Me buscará entre los árboles, enloquecidos por el silencio de una cosa tras otra. No me hallará en la altiplanicie deshilada sintiéndola en la fuente de una rosa.
Estoy partiendo el fruto del insomnio con la mano acuchillada por el azar. Y la casa está abierta de tal modo, que la muerte ya no me encontrará.
Y ha de buscarme sobre los árboles y entre las nubes. (¡Fruto y color la voz encenderá!) Y no puedo esperarla: tengo cita con la vida, a las luces de un cantar.
Se oyen pasos ―¿muy lejos?―... todavía hay tiempo de escapar. Para subir la noche sus luceros, un hondo son de sombras cayó sobre la mar. Ya la sangre contra el corazón se estrella. Anoche tan claro que me puedo desnudar. Así, cuando la muerte venga a buscarme, mi ropa solamente encontrará.
Para hacer esta muralla, tráiganme todas las manos: los negros, sus manos negras, los blancos, sus blancas manos.
Ay, una muralla que vaya desde la playa hasta el monte, desde el monte hasta la playa, bien, allá sobre el horizonte.
—¡Tun, tun! —¿Quién es? —Una rosa y un clavel… —¡Abre la muralla! —¡Tun, tun! —¿Quién es? —El sable del coronel… —¡Cierra la muralla! —¡Tun, tun! —¿Quién es? —La paloma y el laurel… —¡Abre la muralla! —¡Tun, tun! —¿Quién es? —El alacrán y el ciempiés… —¡Cierra la muralla!
Tal vez tuvimos sólo siete noches no sé no las conté cómo hubiera podido. Tal vez no más que seis o fueron nueve. No sé pero valieron como el más largo amor. Tal vez de cuatro o cinco noches como ésas pero precisamente como ésas tal vez pueda vivirse como de un largo amor toda la vida.
¿Qué fue de la foto del niño que fui? Me gustaría verla... todos los álbumes desaparecieron tras la diáspora... J.T. carta de julio 20/77
Tu foto de infancia se extravió en el diario. Los duendes del taller me arrebataron ese regalo de tu madre. Desde ahora sólo conservaré la imagen del niño que conocí en un carro de tren detenido en la estación de Lautaro ese verano del 48, mientras don Fernando y don Tomás se transmiten noticias en una frecuencia difícil de sintonizar.
Sólo entiendo que por culpa de una Ley Maldita las malditas enfermedades de sus mujeres los embargos por deudas y el fantasma de los destierros a Pisagua, la situación tendría un desenlace impredecible como su partida de ajedrez por el campeonato de Victoria en los años 30, suspendida para llevar al altar sus damas blancas que amarillean en el álbum familiar.
Así las cosas no es raro que tengas la edad de mi hermana mayor a quien regalas la Historia de Chile de Luis Galdames que llevas bajo el brazo, despertando mi envidia con ese gesto que a medias te hiciste perdonar con dedicatorias y dedicatorias posteriores.
La frase “adjunto mi último libro” se repite en tu correspondencia. En tus Poemas Secretos el 66, anotas: Separata de 50 ejemplares. No es para crítica ni comercio. Sólo ahora, 30 años después, descifro ese mensaje: no viviste para la crítica ni el comercio ni escribiste para el comercio de una crítica que arriscó la nariz ante el aroma limpio de tus hojas que caen con el cielo del país que está más allá de las apariencias cotidianas, pero oculto en esas mismas apariencias y que nunca jamás se revela a los que olvidan las palabras heredadas de padres, vecinos, abuelos dichas en la forma más directa, como escribes en carta del 63.
Ya el 65 los médicos se alarman pero a ti sólo un riesgo te quita el sueño: ser abstemio para toda la vida, no poder acompañar un asado al palo con un buen trago es cosa de vida o muerte. No sé cómo resolveré este problema. Y no lo resolviste, o se resolvió solo —a costa tuya— como un complejo problema de Mate en 3 Jugadas que resolvías de pie junto al tablero, hablando de otra cosa con un vaso en la mano, sin tocar una pieza.
Diez años después escribes: tu carta la recibo en un lugar bastante apropiado aquí se necesita compañía... y lo repites diez años después, en otra clínica y diez años después, un 22, suena el teléfono de abril en esta capital tan parecida a una clínica siquiátrica, donde cometo la locura de vivir mientras tú juiciosamente regresas a un pueblo de verdad con calles y caminos de verdad, donde el pie humano todavía deja huella.
Por uno de esos caminos polvorientos de tus poemas te llevan al cementerio, pero ahora las flores no son para la hermana, son para el forastero que regresa —había que arreglar la tumba familiar— repartida por el mundo, mientras yo elijo estas palabras claras y tranquilas y espero hablar contigo bajo las raíces del aromo o en esta misma calle Corrientes que íbamos a recorrer juntos, pero una vez más, tú volaste más alto.
Buenos Aires - Santiago, abril de 1996
JORGE LUIS BORGES MIRA JUGAR AL AJEDREZ EN UNA CALLE DE BARRIO
Dios mueve el jugador y éste la pieza J. L. BORGES
El caballo salta del tablero y pierde por una cabeza en el bar vecino donde los peones pierden la cabeza en alcohol estridente. La Dama del barrio gira en esa música ebria Bajo la falda sus piernas se deslizan con movimiento oblicuo de inversos alfiles El poeta mira al jugador y éste a la pieza absorto en su Torre de marfil sobre un cajón en la vereda De la cocina viene un olor a fritura que vaga por la cuadra y atrae al rey de los ociosos Ya
somos dos —me digo— ¡tres! me dice Borges que convertido en sol de
medio día enceguece a los jugadores y a tientas por cuadros negros y
blancos —sombra y luz de sus vidas— cruzan la puerta y se instalan
frente a frente en otro juego de platos y cucharas. Entonces el rey de los ociosos y yo —su paje— enrocan hacia el lado sombrío de la calle Antes que una nube le impida la visión Jorge Luis Borges me hace un guiño Con gesto displicente de rey eternamente sin corona.
El Premio Nobel de Lectura me lo debieran dar a mí que soy el lector ideal y leo todo lo que pillo: leo los nombres de las calles y los letreros luminosos y las murallas de los baños y las nuevas listas de precios y las noticias policiales y los pronósticos del Derby y las patentes de los autos para un sujeto como yo la palabra es algo sagrado señores miembros del jurado qué ganaría con mentirles soy un lector empedernido me leo todo - no me salto ni los avisos económicos claro que ahora leo poco no dispongo de mucho tiempo pero caramba que he leído por eso pido que me den el Premio Nóbel de Lectura a la brevedad imposible
Pasarás por mi vida sin saber que pasaste. Pasarás en silencio por mi amor y, al pasar, fingiré una sonrisa como un dulce contraste del dolor de quererte... y jamás lo sabrás.
Soñaré con el nácar virginal de tu frente, soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar, soñaré con tus labios desesperadamente, soñaré con tus besos... y jamás lo sabrás.
Quizás pases con otro que te diga al oído esas frases que nadie como yo te dirá; y, ahogando para siempre mi amor inadvertido, te amaré más que nunca... y jamás lo sabrás.
Yo te amaré en silencio... como algo inaccesible, como un sueño que nunca lograré realizar; y el lejano perfume de mi amor imposible rozará tus cabellos... y jamás lo sabrás.
Y si un día una lágrima denuncia mi tormento, -el tormento infinito que te debo ocultar-, te diré sonriente: «No es nada... ha sido el viento». Me enjugaré una lágrima... ¡y jamás lo sabrás!
Me puse del lado de los indios, y me derrotaron. Me puse del lado de los negros, y me derrotaron. Me puse del lado de los campesinos, y me derrotaron. Me puse del lado de los obreros, y me derrotaron. Me puse del lado de los pobres, y me derrotaron. Me puse del lado de los perseguidos, y me derrotaron. Me puse del lado de los discriminados, y me derrotaron. Me puse del lado de los débiles, y me derrotaron. Pero nunca me puse del lado de los que me vencieron. Esa es mi victoria.
Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: -Todavía. Y le arrancó esta pluma al viejo cóndor del énfasis. El tiempo es todavía, la rosa es todavía y aunque pase el verano, y las estrellas de todos los veranos, el hombre es todavía. Nada pasó. Pero alguien que se llamaba César en peruano y en piedra más que piedra, dio en la cumbre del oxígeno hermoso. Las raíces lo siguieron sangrientas cada día más lúcido. Lo fueron secando, y ni París pudo salvarle el hueso ni el martirio. Ninguno fue tan hondo por las médulas vivas del origen ni nos habló en la música que decimos América porque éste únicamente sacó el ser de la piedra más oscura cuando nos vio la suerte debajo de las olas en el vacío de la mano. Cada cual su Vallejo doloroso y gozoso. No en París donde lloré por su alma, no en la nube violenta que me dio a diez mil metros la certeza terrestre de su rostro sobre la nieve libre, sino en esto de respirar la espina mortal, estoy seguro del que baja y me dice: -Todavía.
Sucede que me canso de ser hombre. Sucede que entro en las sastrerías y en los cines marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos. Sólo quiero un descanso de piedras o de lana, sólo quiero no ver establecimientos ni jardines, ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas y mi pelo y mi sombra. Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso asustar a un notario con un lirio cortado o dar muerte a una monja con un golpe de oreja. Sería bello ir por las calles con un cuchillo verde y dando gritos hasta morir de frío.
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas, vacilante, extendido, tiritando de sueño, hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra, absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias. No quiero continuar de raíz y de tumba, de subterráneo solo, de bodega con muertos ateridos, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo cuando me ve llegar con mi cara de cárcel, y aúlla en su transcurso como una rueda herida, y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas, a hospitales donde los huesos salen por la ventana, a ciertas zapaterías con olor a vinagre, a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos colgando de las puertas de las casas que odio, hay dentaduras olvidadas en una cafetera, hay espejos que debieran haber llorado de vergüenza y espanto, hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos, con furia, con olvido, paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia, y patios donde hay ropas colgadas de un alambre: calzoncillos, toallas y camisas que lloran lentas lágrimas sucias.