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Tijeretas

/ 08 enero 2026 /

Tu tarta de ron cubierta de almendras llegó
esta mañana a mi puerta
con una pinta deliciosa. El mensajero aparcó al pie
de la colina y subió el sendero a pie.
No se movía nada más en aquella estampa tan fría.
Hacía frío dentro y fuera. Firmé,
le di las gracias y entré de nuevo.
Abrí la pesada tapa, arranqué
las grapas de la bolsa y hallé
dentro la lata con el pastel.
Rasgué el adhesivo de la tapa
y la abrí haciendo palanca. Aparté el papel de aluminio
y percibí el aroma de aquella delicia.
Fue entonces cuando apareció
una tijereta. Una tijereta
metido en tu pastel. Mareado
por el ron. Subió hasta el borde de la lata.
Correteó alocadamente por la mesa para
intentar alcanzar el frutero. No lo maté.
De momento. Tenía sensaciones
contradictorias. Estaba disgustado, desde luego. Pero
también sorprendido. Incluso sentía admiración. Esa criatura
había hecho 3000 millas, había viajado toda la noche
en un avión, dentro de una tarta, entre almendras peladas
y el mareante olor del ron. Luego
en camión por una carretera de montaña y
llevado a pie colina arriba con este frío hasta esta casa
con vistas al océano Pacífico. Una tijereta.
Déjale vivir, pensé. ¿Qué importa uno más
o menos en el mundo? Puede que éste
sea especial. Un aura sobre su extraña cabeza.
Saqué el pastel del envoltorio
¡y aparecieron tres tijeretas más
en la lata! Me pilló tan de sorpresa
que no sabía si matarlos
o qué. Me pudo la rabia
y los aplasté. Murieron aplastados
antes de que pudieran escapar. Fue una masacre.
Mientras lo hacía, encontré y aplasté
al otro, sin remedio.
No había hecho más que empezar y ya había acabado.
Hubiera podido seguir y seguir,
aplastando uno tras otro. Si es verdad
que el hombre es un lobo para el hombre, ¿qué pueden esperar
unas simples tijeretas cuando hay sed de sangre?
Me senté para que se me calmara el corazón.
Tenía la respiración agitada. Miré
toda la mesa alrededor, lentamente. Preparado
para todo. Mona, siento decirte esto,
pero no pude probar la tarta.
La guardé para más tarde, quién sabe.
Gracias, de todos modos. Eres encantadora por acordarte
de mí, aquí solo este invierno.
Viviendo solo.
Como un animal, pienso.


Raymond Carver

Ondas de Radio

/ 16 agosto 2024 /

Para Antonio Machado

La lluvia ha cesado y ha aparecido la luna.
No entiendo nada de ondas de radio,
pero creo que viajan mejor justo después
de que llueva, cuando el aire está húmedo. En cualquier caso,
ahora podría sintonizar con Ottawa, si quisiera, o con Toronto.
Últimamente, por las noches se me ha despertado
un leve interés por la política canadiense
y sus asuntos internos. Es cierto. Pero lo que buscaba sobre todo
eran sus emisoras musicales. Podría quedarme aquí en la silla
y escuchar, sin tener que hacer nada o pensar.
No tengo televisión y había dejado de leer
la prensa. Por las noches, encendía la radio.

Cuando vine aquí pretendía escapar
de todo. Especialmente de la literatura.
Con lo que conlleva, y lo que sigue después.
Existe en el alma el deseo de no pensar.
De permanecer inmóvil. Junto a ello,
el deseo de ser estricto, sí, y riguroso.
Pero el alma también es una afable hijas de puta,
no siempre de fiar. Y yo lo había olvidado.
Escuché cuando decía: Mejor cantar a lo que ha
desaparecido y no regresará que a aquello que sigue
con nosotros y seguirá mañana con nosotros. O no.
Y si no, bien también.
No tenía importancia, decía, que un hombre cantase.
Ésa era la voz que yo escuchaba.
¿Se imaginan que alguien pensara de esa forma?
¿Que todo da igual?
¡Menuda tontería!
Pero yo pensaba esas bobadas por la noche
sentado en la silla mientras escuchaba mi radio.

¡Y entonces, Machado, tus poemas!
Fue casi como ver a un hombre de mediana edad
enamorarse de nuevo. Algo extraordinario,
y también embarazoso.
Tonterías como colgar un fotografía tuya.
Y me llevaba tu libro a la cama
y dormía con él a mano. Una noche un tren
me despertó al pasar por mis sueños.
Lo primero que pensé, con el corazón desbocado
allí en el dormitorio a oscuras, fue:
No pasa nada, Machado está aquí.
Luego pude volver a dormirme.

Hoy llevé tu libro cuando salí a dar
mi paseo. ‘¡Presta atención!’ decías
siempre que alguien te preguntaba qué hacer con su vida.
Así que miré a mi alrededor y tomé nota de todo.
Luego me senté al sol con él, en mi sitio
junto al río donde divisaba las montañas.
Y cerré los ojos y escuché el ruido
del agua. Luego los abrí y comencé a leer
Últimas lamentaciones de Abel Martín.
Esta mañana pensé mucho en ti, Machado.
Y espero, sabiendo incluso lo que sé acerca de la muerte,
que recibieras el mensaje que te dirigí.
Pero si no, no pasa nada. Duerme bien. Descansa.
Espero que tarde o temprano podamos encontrarnos.
Y entonces te contaré yo mismo estas cosas.

 

Raymond Carver


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