Después de todo y de pensarlo bien, no tengo motivos para quejarme o protestar:
siempre he vivido en la gloria: nada importante me ha faltado.
Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor y miedo y apremio.
Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.
Me averguenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe, melancólica, débil, poco interesante, un abanico de plumas que el viento desprecia, caminito que el tiempo ha borrado.
Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin darme cuenta, voy iniciando una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a cualquiera o aburrir de golpe.
Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi memoria ha muerto y se queja con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.
El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme, pero lo he derrotado para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algun día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la Cenicienta, aunque algunos me recuerden con cariño o descubran mi zapatito y también vayan muriendo.
No descarto la posibilidad de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.
La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.
Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud y en mi destino y en la buena suerte:
sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.
Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra; compartir este calor, esta fatalidad que quieta no sirve y se corrompe.
Puedo hablar y escuchar la luz y el color de la piel amada y enemiga y cercana.
Tocar el sueño y la impureza, nacer con cada temblor gastado en la huida
Tropiezos heridos de muerte; esperanza y dolor y cansancio y ganas.
Estar hablando, sostener esta victoria, este puño; saludar, despedirme
Sin jactancias puedo decir que la vida es lo mejor que conozco.
¿Y qué será, Nathalie, de nosotros. Tú en mi memoria, yo en la tuya como esos pobres amantes que mientras se buscaban de una ciudad a otra, llegaron a morir —complacencias del narrador omnividente, tristezas de su ingenio— justo en la misma pieza de un hotel miserable pero en distintas épocas del año? Absurdo todo pensamiento, toda memoria prematura y particularmente dudosa cualquier lamentación en nuestro caso; es por una deformación profesional que me permito este falso aullido ávido y cauteloso a un mismo tiempo. «Todo es triste —me escribes— y confuso, y yo quisiera olvidarlo todo». Pero te das incluso, entre paréntesis el lujo de cobrarme una pequeña deuda y la palabra adiós se diría que suena de un modo estrictamente razonable. El amor no perdona a los que juegan con él. No tenemos perdón del amor, Nathalie a pesar de tu tono razonable y este último zumbido de la ironía, atrapada en sí misma, como una cigarra por los niños. El viento nos devuelve, a ti en Bonnieux a mí en un París que a cada instante rompe, contra toda expectativa, sus vagas relaciones lluviosas con el sol, el peso exacto de nuestras palabras de las que hicimos un mal gasto al cambiarlas por moneda liviana, pequeñísima, y este negocio de vivir al día no era más que, a lo lejos, una bonita fachada con angustiados gitanos en la trastienda. El viento al que jugamos Nathalie, mientras soplaba del lado de lo real, en la Camargue, nos devuelve —extramuros de la memoria, allí donde el mar brilla por su ausencia y no hay modo de estar realmente desnudo— palmerales roídos por la arena, el sibilino rumor de una desolación con ecos de voces agrias que se confunden con las nuestras. Es la canción de los gitanos, forzados a un nuevo exilio por los caminos de Provenza bajo ese sol del viento que se ríe a mandíbula batiente del verano y sus pequeños negocios. Son historias, también tristemente confusas. La diferencia está en que nosotros bajamos desde el primer momento el diapasón de la nuestra; sí, gente civilizada. . . guardando, claro está, las debidas distancias —mi desventaja, Nathalie— entre tu tribu y la mía. Pero Lulú es testigo del Tarot; Lulú que parece haber nacido bajo todos los signos del zodíaco, antes hada madrina que rigurosa vidente, ella lo sabe todo a ciencia incierta, tu amiga. Nada con los romanos y sus res gestae; el porvenir se lee bajo la inspiración de los aerolitos, en la mano misma; entre griegos no hay líneas decisivas; una muerte que dice, únicamente ella, la última palabra de lo que un hombre fue; y el temblor en las manos, Nathalie, el brillo o la humedad en los ojos, el deseo.
Las tierras, las tierras, las tierras de España, las grandes, las solas, desiertas llanuras. Galopa, caballo cuatralbo, jinete del pueblo, al sol y a la luna.
¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!
A corazón suenan, resuenan, resuenan las tierras de España, en las herraduras. Galopa, jinete del pueblo, caballo cuatralbo, caballo de espuma.
¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!
Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie; que es nadie la muerte si va en tu montura. Galopa, caballo cuatralbo, jinete del pueblo, que la tierra es tuya.
¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!
Son las gaviotas, amor. Las lentas, altas gaviotas.
Mar de invierno. El agua gris mancha de frío las rocas. Tus piernas, tus dulces piernas, enternecen a las olas. Un cielo sucio se vuelca sobre el mar. El viento borra el perfil de las colinas de arena. Las tediosas charcas de sal y de frío copian tu luz y tu sombra. Algo gritan, en lo alto, que tú no escuchas, absorta.
Son las gaviotas, amor. Las lentas, altas gaviotas.
¡Qué lástima que yo no pueda cantar a la usanza de este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan! ¡Qué lástima que yo no pueda entonar con una voz engolada esas brillantes romanzas a las glorias de la patria! ¡Qué lástima que yo no tenga una patria! Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa desde una tierra a otra tierra, desde una raza a otra raza, como pasan esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca. ¡Qué lástima que yo no tenga comarca, patria chica, tierra provinciana! Debí nacer en la entraña de la estepa castellana y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada; pasé los días azules de mi infancia en Salamanca, y mi juventud, una juventud sombría, en la Montaña. Después... ya no he vuelto a echar el ancla, y ninguna de estas tierras me levanta ni me exalta para poder cantar siempre en la misma tonada al mismo río que pasa rodando las mismas aguas, al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa. ¡Qué lástima que yo no tenga una casa! Una casa solariega y blasonada, una casa en que guardara, a más de otras cosas raras, un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada (que me contaran viejas historias domésticas como a Francis Jammes y a Ayala) y el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla. ¡Qué lástima que yo no tenga un abuelo que ganara una batalla, retratado con una mano cruzada en el pecho, y la otra en el puño de la espada! Y, ¡qué lástima que yo no tenga siquiera una espada! Porque..., ¿Qué voy a cantar si no tengo ni una patria, ni una tierra provinciana, ni una casa solariega y blasonada, ni el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla, ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada? ¡Qué voy a cantar si soy un paria que apenas tiene una capa!
Sin embargo... en esta tierra de España y en un pueblo de la Alcarria hay una casa en la que estoy de posada y donde tengo, prestadas, una mesa de pino y una silla de paja. Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla en una sala muy amplia y muy blanca que está en la parte más baja y más fresca de la casa. Tiene una luz muy clara esta sala tan amplia y tan blanca... Una luz muy clara que entra por una ventana que da a una calle muy ancha. Y a la luz de esta ventana vengo todas las mañanas. Aquí me siento sobre mi silla de paja y venzo las horas largas leyendo en mi libro y viendo cómo pasa la gente a través de la ventana. Cosas de poca importancia parecen un libro y el cristal de una ventana en un pueblo de la Alcarria, y, sin embargo, le basta para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma. Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa cuando pasan ese pastor que va detrás de las cabras con una enorme cayada, esa mujer agobiada con una carga de leña en la espalda, esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias, de Pastrana, y esa niña que va a la escuela de tan mala gana. ¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana siempre y se queda a los cristales pegada como si fuera una estampa. ¡Qué gracia tiene su cara en el cristal aplastada con la barbilla sumida y la naricilla chata! Yo me río mucho mirándola y la digo que es una niña muy guapa... Ella entonces me llama ¡tonto!, y se marcha. ¡Pobre niña! Ya no pasa por esta calle tan ancha caminando hacia la escuela de muy mala gana, ni se para en mi ventana, ni se queda a los cristales pegada como si fuera una estampa. Que un día se puso mala, muy mala, y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.
Y en una tarde muy clara, por esta calle tan ancha, al través de la ventana, vi cómo se la llevaban en una caja muy blanca... En una caja muy blanca que tenía un cristalito en la tapa. Por aquel cristal se la veía la cara lo mismo que cuando estaba pegadita al cristal de mi ventana... Al cristal de esta ventana que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja tan blanca. Todo el ritmo de la vida pasa por el cristal de mi ventana... ¡Y la muerte también pasa!
¡Qué lástima que no pudiendo cantar otras hazañas, porque no tengo una patria, ni una tierra provinciana, ni una casa solariega y blasonada, ni el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla, ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada, y soy un paria que apenas tiene una capa... venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!
Palabras solo pequeñas palabras pequeñas y en voz baja casi sin aliento para nosotros
como pajitas rotas palabras sin luz y casi sin forma, palabras como en árboles, pequeñas medias-palabras como en el sueño para nosotros
Entre todo lo grande pequeñas, pequeñas palabras que esconden en el dorso de una mano y junto a tu lóbulo pequeñas palabras completamente sin luz como animales y hierba.
Lavmaelt Ord bare små små ord og lavmælt nesten uten pust for oss
som brukne strå ord uten lys og nesten uten form, ord som hos trær, små halv-ord som i søvn for oss.
Mellem alt det store små, små ord å gjemme bort på baksiden av en hånd og ved din øreflipp små ord helt uten lys som dyr og gress.
CARTA A LA LUZ
El periódico de esta mañana está muy desdoblado. En la tierra es un nuevo día y un tractor que está en funcionamiento con su propio puño grumoso escribe una carta a la luz, cada letra lo tararea en voz alta para sí mismo, porque tiene mucho que decir que todo viene, tanto los truenos como las abejas, el camino de la hormiga que ha tendido a su pequeño Pie de seda en la hierba, nuestra paz. y el malestar que tenemos con todo, debe incluirlo. Grandes líneas húmedas y una mano lenta. que tiembla mucho pero ya está todo dicho, la página está llena y todo se presenta abiertamente como una carta a nadie, la carta de los arados a la luz que puede leer a voluntad.
Brev til lyset Morgenens papir er veldig foldet ut på jorden, det er en ny dag og en traktor som alt er fremme med sin klumpete neve og skriver et brev til lyset, hver bokstav brummer den høyt for seg selv, for det har meget å si at alt kommer med, både tordnen og biene, maurveien som har strukket ut sin lille silkefot i gresset, vår fred og den uro vi har med alt, skal den ha med. Store fuktige linjer og en langsom hånd som ryster svært men nu er alt sagt, siden er full og alt legges åpent frem som et brev til ingen, plogenes brev til lyset som den kan lese som vil.
Entre algún libro y varios folletos y revistas y el aviso de pago de una letra ayer llegó la carta desde Berlín Oeste trajo malas noticias de Enzensberger y mi mujer y yo nos quedamos pensando en los días que estuvo en Barcelona cuando nos dijo que le acompañáramos pues quería comprarse una maleta.
Eso de andar rodando por tiendas y almacenes siempre me resultó desagradable pero dijo maleta y fue como si todo su futuro dependiese de que él pudiera andar en compañía siempre de una bella muchacha que guardara con mimo sus papeles apilando sus sweaters pantalones y blusas por todos los hoteles y lugares del mundo.
Lo mejor es pensar quién entiende o es técnico en cuestiones como ésta delicadas de suyo nos dijo mi mujer y Hans y yo asentimos y al fin se decidió que mi cuñado era un hombre de experiencia pues ha viajado mucho y comprende y conoce todas las cualidades que deben adornar a una buena maleta y sabe de ocasiones y júbilos y ofertas.
Así ocurrió que fuimos los tres donde el cuñado y estuvimos hablando buen rato y discutiendo el modo de actuar y recuerdo que Hans estaba tan nervioso como quien busca piso y al fin salimos todos y yo aparqué en Las Ramblas y en la primera tienda los encontré dudando anduvimos a otra y a otra y regresamos y ya no hubo más dudas: en la primera tienda.
Estaba allí esperando con su piel de azabache y Hans la alzó despacio acarició sus cierres era por dentro roja como cereza oscura luego se comprobaron las asas y refuerzos y vimos que asentía y el cuñado entró en fuego hasta que la encargada rebajó unas pesetas y la maleta y Hans ya no se separaron volaban en un jet al cabo de unos días.
Mas la carta de ayer nos cuenta que en París no sabe si en un bar o en el hall del hotel alguien se la quitó y ni la policía ni el conserje ni nadie pudo darle una pista así que tuvo que irse como un viudo a Alemania desde donde escribía y explicaba otras cosas que mi mujer y yo jamás recordaremos pues estamos tan solo pensando en la maleta.
Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: -Todavía. Y le arrancó esta pluma al viejo cóndor del énfasis. El tiempo es todavía, la rosa es todavía y aunque pase el verano, y las estrellas de todos los veranos, el hombre es todavía. Nada pasó. Pero alguien que se llamaba César en peruano y en piedra más que piedra, dio en la cumbre del oxígeno hermoso. Las raíces lo siguieron sangrientas cada día más lúcido. Lo fueron secando, y ni París pudo salvarle el hueso ni el martirio. Ninguno fue tan hondo por las médulas vivas del origen ni nos habló en la música que decimos América porque éste únicamente sacó el ser de la piedra más oscura cuando nos vio la suerte debajo de las olas en el vacío de la mano. Cada cual su Vallejo doloroso y gozoso. No en París donde lloré por su alma, no en la nube violenta que me dio a diez mil metros la certeza terrestre de su rostro sobre la nieve libre, sino en esto de respirar la espina mortal, estoy seguro del que baja y me dice: -Todavía.
Sucede que me canso de ser hombre. Sucede que entro en las sastrerías y en los cines marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos. Sólo quiero un descanso de piedras o de lana, sólo quiero no ver establecimientos ni jardines, ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas y mi pelo y mi sombra. Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso asustar a un notario con un lirio cortado o dar muerte a una monja con un golpe de oreja. Sería bello ir por las calles con un cuchillo verde y dando gritos hasta morir de frío.
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas, vacilante, extendido, tiritando de sueño, hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra, absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias. No quiero continuar de raíz y de tumba, de subterráneo solo, de bodega con muertos ateridos, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo cuando me ve llegar con mi cara de cárcel, y aúlla en su transcurso como una rueda herida, y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas, a hospitales donde los huesos salen por la ventana, a ciertas zapaterías con olor a vinagre, a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos colgando de las puertas de las casas que odio, hay dentaduras olvidadas en una cafetera, hay espejos que debieran haber llorado de vergüenza y espanto, hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos, con furia, con olvido, paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia, y patios donde hay ropas colgadas de un alambre: calzoncillos, toallas y camisas que lloran lentas lágrimas sucias.
¡Permíteme que hable en mi lengua árabe antes de que también ocupen mi lengua!
¡Permíteme que hable en mi legua materna antes de que también colonicen su memoria!
Soy una mujer árabe de color, y venimos de todas las tonalidades de la ira.
Todo lo que mi abuelo quería era despertarse al alba y ver a mi abuela rezar de rodillas, en una aldea escondida entra Yaffa y Haifa.
Mi madre nació bajo un olivo, en una tierra que, como dicen, ya no es mía.
Pero yo atravesaré sus barreras, sus puestos de control, sus malditos muros de apartheid, y retornaré a mi patria.
Soy una mujer árabe de color y venimos de todas las tonalidades de la ira.
Tú has oído ayer gritar a mi hermana al dar a luz en uno de sus puestos de control, con soldados israelíes buscando entre sus piernas a su próxima amenaza demográfica, su hijita llamada Yanín
Tú has oído gritar a Amni Mona tras los barrotes de su prisión mientras gaseaban su celda: “Estamos volviendo a Palestina!”.
Soy una mujer árabe de color y venimos de todas las tonalidades de la ira.
Pero tú me dices que este útero que hay en mi interior sólo te traerá tu próximo terrorista, usando barba y blandiendo una pistola, con turbante y negro como la arena.
Tú me dices que mando a mis hijos a morir, Pero son vuestros helicópteros y F-16 los que están en nuestro cielo.
¡Vamos a hablar sobre el asunto del terrorismo un segundo!
¿No fue la CIA la que mató a Allende y Lumumba y quien primero adiestró a Osama?
No fueron mis abuelos quienes corrían como payasos, con capas y capuchas blancas en la cabeza linchando a los negros.
Soy una mujer árabe de color y venimos de todas las tonalidades de la ira.
“¿Quién es esa mujer morena gritando en la manifestación?”. ¡Perdón! ¿Es que yo no debería gritar?
He olvidado ser tú siempre orientalista sueño, genio en una botella, bailarina del vientre, joven de harén, mujer árabe de voz suave que dice: Sí, señor, no señor.
¡Gracias por los sándwiches de manteca de cacahuete que deja caer sobre nosotros tu dueño de los F-16!
Sí, mis libertadores están aquí para matar a mis hijos, y llamarles “daños colaterales”.
Soy una mujer árabe de color y venimos de todas las tonalidades de la ira.
¡Así que déjame decirte que este útero que hay en mi interior sólo nos traerá un próximo rebelde!
Tendrá una piedra en una mano y una bandera palestina en la otra.
Soy una mujer árabe de color. ¡Cuidado, cuidado con mi ira!
Sube a nacer conmigo, hermano. Dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado. No volverás del fondo de las rocas. No volverás del tiempo subterráneo. No volverá tu voz endurecida. No volverán tus ojos taladrados. Mírame desde el fondo de la tierra, labrador, tejedor, pastor callado: domador de guanacos tutelares: albañil del andamio desafiado: aguador de las lágrimas andinas: joyero de los dedos machacados: agricultor temblando en la semilla: alfarero en tu greda derramado: traed a la copa de esta nueva vida vuestros viejos dolores enterrados. Mostradme vuestra sangre y vuestro surco, decidme: aquí fui castigado, porque la joya no brilló o la tierra no entregó a tiempo la piedra o el grano: señaladme la piedra en que caísteis y la madera en que os crucificaron, encendedme los viejos pedernales, las viejas lámparas, los látigos pegados a través de los siglos en las llagas y las hachas de brillo ensangrentado. Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta. A través de la tierra juntad todos los silenciosos labios derramados y desde el fondo habladme toda esta larga noche, como si yo estuviera con vosotros anclado, contadme todo, cadena a cadena, eslabón a eslabón, y paso a paso, afilad los cuchillos que guardasteis, ponedlos en mi pecho y en mi mano, como un río de rayos amarillos, como un río de tigres enterrados, y dejadme llorar, horas, días, años, edades ciegas, siglos estelares.
Dadme el silencio, el agua, la esperanza. Dadme la lucha, el hierro, los volcanes. Apegadme los cuerpos como imanes. Acudid a mis venas y a mi boca. Hablad por mis palabras y mi sangre.
Nosotros amamos la vida Cuando hallamos un camino hacia ella, Bailamos entre dos mártires Y erigimos entre ellos un alminar De violetas o una palmera.
Nosotros amamos la vida Cuando hallamos un camino hacia ella.
Robamos un hilo al gusano de seda Para construir nuestro cielo Y concluir este éxodo. Abrimos la puerta del jardín Para que el jazmín salga a las calles Una hermosa mañana.
Nosotros amamos la vida Cuando hallamos un camino hacia ella.
Allá donde estemos, Cultivamos plantas que crecen deprisa Y enterramos allí a nuestros mártires. Soplamos en la flauta el color de la lejanía, Dibujamos un relincho en el polvo del camino Y escribimos nuestros nombres Piedra tras piedra. ¡Oh, relámpago! Ilumina para nosotros la noche, Ilumínala un poco.
Nosotros amamos la vida Cuando hallamos un camino hacia ella.
Oh voz, única voz: todo el hueco del mar, todo el hueco del mar no bastaría, todo el hueco del cielo, toda la cavidad de la hermosura no bastaría para contenerte, y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera oh majestad, tú nunca, tú nunca cesarías de estar en todas partes, porque te sobra el tiempo y el ser, única voz, porque estás y no estás, y casi eres mi Dios, y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.
Hoy, Mi cuerpo Fue una masacre televisiva, Que tuvo que adaptarse A clips de sonido Y limitación de palabras, Lo suficientemente Rellenadas con estadísticas, Contadores, medidas, respuestas, Para las que he tenido que perfeccionar mi inglés y he aprendido mis resoluciones de las Naciones Unidas pero aun así, él me ha preguntado:
«Srta. Ziadah, No piensa que todo se arreglaría Si dejasen de enseñar tanto odio a sus niños?»
Pausa.
Busqué dentro de mí la fortaleza Para ser paciente, Pero la paciencia No está en la punta de mi lengua Mientras las bombas Caen sobre Gaza, La paciencia simplemente Se ha escapado de mí.
Nosotros enseñamos vida, señor. Nosotros, los palestinos, Enseñamos vida Después de que ellos Hayan ocupado el último cielo.
Nosotros, Enseñamos vida Después de que ellos Hayan construido sus asentamientos Y sus muros del Apartheid, Después del último cielo.
Nosotros enseñamos vida, señor. Pero hoy, Mi cuerpo Fue una masacre televisiva Fabricada para adaptarse A clips de sonido Y limitación de palabras.
Pero, danos tan sólo Una historia Una historia humana Sabes, Esto no es política Nosotros tan sólo queremos Hablarle a la gente sobre ti y tu gente Así que, danos Una historia humana No menciones las palabras Apartheid y ocupación Esto no es política
Tienes que ayudarme, Como periodista A ayudarte a contar tu historia, La cual no es una historia política.
Hoy, Mi cuerpo Fue una masacre televisiva ¿Qué hay si nos das la historia De una mujer en Gaza Que necesita medicación? ¿Qué hay acerca de ti? ¿Tienes «los huesos suficientemente rotos» Para cubrir a su hijo, Entregarme a tu muerto, Y dame la lista de sus nombres En un límite de 1200 palabras?
Hoy, Mi cuerpo Fue una masacre televisiva Fabricada para adaptarse A clips de sonido Y limitación de palabras Y movido por aquellos insensibles A la sangre de terroristas.
Pero ellos lo sienten. Lo sienten por el asedio sobre Gaza. Así que les di las resoluciones De las Naciones Unidas, Y las estadísticas, Y lo condenamos, Y lo lamentamos, Y lo rechazamos. Estos no son dos bandos iguales: Ocupante y ocupado, Y un centenar de muertos, Dos centenares de muertos, Y un millar de muertos Y entre medio De este crimen de guerra y masacre, He construido palabras Y una sonrisa no exótica, Sonrisa no terrorista, Y conté y reconté, Un centenar de muertos, Dos centenares de muertos, Un millar de muertos, ¿Hay alguien ahí afuera? ¿Habrá alguien que escuche?
Desearía poder plañir Sobre sus cuerpos, Desearía simplemente Poder correr allí, a cada campo de refugiados y sostener a cada niño, taparles los oídos para que no tuvieran que escuchar el sonido de las bombas por el resto de sus vidas, como yo hago.
Hoy, Mi cuerpo Fue una masacre televisiva, Y déjenme decir: Que no hay nada Que sus resoluciones De las Naciones Unidas Hayan hecho jamás Sobre esto. Y ningún clip de sonido, Ningún clip de sonido Que haga, No importa cuán buen inglés tenga, Ningún clip de sonido Ningún clip de sonido Ningún clip de sonido Ningún clip de sonido Les devolverá a la vida, Ningún clip de sonido, Arreglará esto.
Nosotros enseñamos vida, señor Nosotros enseñamos vida, señor Nosotros, los palestinos, Nos levantamos cada mañana Para enseñarle al resto del mundo Vida, señor.
Mi deseo es silencio y calma No me digas “era” o “será” No me hables del ayer Y no te vayas al mañana
Este instante es mío No tiene ni antes, ni después El tiempo limitado mío no tiene Ningún sentido
El ayer se ha desvanecido Con sus ecos y sus sombras El mañana desconocido Se extiende lejos y no se revela Tal vez fue lo que ha dibujado La mano de mis sueños Y tus sueños en él…
Tal vez fue sólo lo que esperamos Este instante, nada más que él Una flor que ha florecido Entre nuestras manos Sin frutas, ni raíces Una flor maravillosa Mantengámosla antes de que se marchite Oh mi amor Bendito sea nuestro instante
Cruzo un desierto y su secreta desolación sin nombre. El corazón Tiene la sequedad de la piedra y los estallidos nocturnos de su materia o de su nada.
Hay una luz remota, sin embargo, y sé que no estoy solo; aunque después de tanto y tanto no haya ni un solo pensamiento capaz contra la muerte, no estoy solo.
Toco esta mano al fin que comparte mi vida y en ella me confirmo y tiento cuanto amo, lo levanto hacia el cielo y aunque sea ceniza lo proclamo; ceniza. Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora, cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.
Nuestro ojo se detiene en una tierra seca. El sol golpea con violencia. El plano de visión se va abriendo poco a poco. Una madre llora en la arena. La muerte de un hijo. Se sigue abriendo el plano. Nuestra pupila enfoca desde el aire. Se detiene. Un campamento. Refugiados. Tierra devastada. Ocupación. Es Palestina. Es 16 de Diciembre. Es 1950. Allí nace un niño. Ese niño es mi padre. Nacer en Palestina significa tener la mirada llena de alambradas, no poseer más tierra que la de tus zapatos. La ocupación convirtió la infancia de mi padre en una palabra tachada, en un brusco trayecto hacia la adolescencia. Corría su niñez en pantalón corto perseguida por la imagen borrosa de los amigos perdidos, de otros niños arrancados de la vida a cañonazos.
Dice que su infancia fue feliz, con sus dos bolsillos llenos de palomas muertas hasta los bordes. Allí vio a la fatalidad, como un habitante más, cruzando por la calle, cruzando la alambrada, cruzando hasta su vida, la desesperanza empotrada en las costillas.
Dice que su infancia fue feliz. Nunca quise preguntar mucho por su adolescencia. Porque sé que fue un adolescente abrochado a un fúsil un imberbe bajo el plomo. No tuvo que ser fácil resolver esa ecuación: guerra, ocupación y adolescencia.
Los primeros años de su vida se fueron por el desagüe de la historia, pisoteados por la bota militar del siglo XX.
La guerra lo convirtió en huérfano de su propia niñez, en viudo de su los mejores años de su juventud, en el hijo ilegítimo de la derrota. Aprendió a correr en 1967. Transcurría la Guerra de los Seis Días en Palestina. El desastre lo empapaba todo con sus manos. La muerte se bajó en su parada, iba a por él y sus amigos, a recogerlos en la valla del colegio. Tres jóvenes conforman la escena, tres jóvenes reclusos. Dieciséis años, dieciséis ventanas a la catástrofe. Palestina significa catástrofe. Ellos lo saben, nacieron en la tierra equivocada. Para otros tener dieciséis pasaba por invitar a chicas hermosas a apurar la vida, pero Palestina significa desconsuelo, significa humillación.
Palestina es una vista panorámica del desasosiego, el nombre en árabe de la desesperación. Palestina es ningún lugar, una tierra inexistente en los registros, kilómetros cuadrados de amargura.
Como decía: dieciséis años, tres niños asustados, varios tanques a su encuentro. Allí vio mi padre a la amistad colgar desangrada de esa valla que uno de ellos no pudo superar.
Corrió. El corrió. Corrió hacia las montañas, corrió como quien busca otra vida, algún despiste del destino que le permitiera contarlo. Debió equivocarse la guadaña porque quien escribe esto es su hijo. Este poema es la deuda que tenía con él, con sus pies que nacieron descalzos y sin tierra, con sus pies doloridos que no pudieron pisar nunca un metro cuadrado de tranquilidad, mi deuda con sus pies que corrieron bajo el fuego enemigo, mi deuda con sus piernas que temblaron bajo el fuego enemigo, mi deuda con sus manos atadas por el odio enemigo.
Gracias padre, por correr para que yo estuviera aquí. Seguramente en Palestina haya una bala fallada con mi nombre escrito en el acero.
Yo sé que ha pasado el tiempo, pero no se puede mirar a los ojos a la muerte y regresar intacto. Nadie puede.
Palestina significa ocupación, injusticia, derrumbe. En esto consistió la vida de mi padre allí.
Episodios como estos hacen que uno nunca llegue a ser del todo adulto y nunca pueda ser del todo un niño. La infancia se va. El agujero permanece. No conozco a ningún palestino al que no le duela un país entero dentro.
Huir, plantar tus doloridas raíces en otra tierra —como si eso fuera posible— era la única puerta a la esperanza, una vida sin señales de retorno. Es difícil vivir cuando siempre se está a 15 minutos del estruendo, tan al borde de otra nueva humillación.
Y de luto las palabras, de luto los hermanos, de luto las escuelas y el refugio, de luto bicicletas, de luto el aire la risa los olivos los pañuelos de luto.
Y luego el silencio. A la historia de Palestina la acompaña el silencio. Mi padre es un hijo del desastre e hijo del silencio. Todos los palestinos que abandonaron un día sus casas para no volver, aquellos que buscaron esquivar el daño en otra tierra, son hijos del silencio. Son los escritores de novelas sin páginas que cuentan esas historias en las que la obligación de emigrar convierte a los hombres en familia de la nada, con sus padres lejos, sus hermanos lejos, con su patria ausente y sus sueños desbaratados en alguna parte.
Debería acabar ya este poema. Darle al botón de apagado del renglón. Necesito un final. Os contaré algo: lo que me produce saber que mi padre tuvo que soportar la brutalidad del hombre siendo niño. Pienso en él con 5 años, temblando, en tierra hostil con su cuerpo diminuto, con su pequeña alma de refugiado y solo quisiera acudir en su busca cogerlo en brazos, salvarlo de aquello, cogerlo y acariciarlo, poder acunar al niño que fue mi padre y protegerlo, llevarle de la mano a algún parque a comer helado, jugar con él, sentir su risa, hacerle cosquillas, hacer lo que sea para abrir las puertas que se le cerraron dentro y que olvide todo lo que tuvo que pasar siendo tan frágil.
Y al abrazarlo, ser el hombre que salva a todos los niños indefensos, a todos los que pagan en su niñez la brutalidad del mundo adulto, ser el guardián entre el centeno, salvar a quien se asome el precipicio.
Eso me gustaría.
Desde que tengo consciencia de esto, jamás he dejado de preguntarme —y ahora te hablo a ti, Padre—, cómo lo lograste, cómo lo hiciste para, después de todo, no traer nada de eso a nuestras vidas,
cómo pudiste con aquello, cómo diablos lograste después de todo, seguir teniendo tanta luz en la mirada.
En tiempos de ignominia como ahora a escala planetaria, y cuando la crueldad se extiende por doquiera fría y robotizada, aún queda gente buena en este mundo que escucha una canción o lee un poema: ellos saben muy bien que la Patria de todos es el canto, la voz y la palabra: única patria que no pueden robarnos ni aún poniéndonos de espaldas contra un muro, o deshaciéndonos en mil pedazos.
Por eso digo una vez más: que nadie piense o grite, "No puedo más y aquí me quedo". Mejor mirarles a la cara y decir alto: "Tirad hijos de perra, somos millones y el planeta no es vuestro."