Para hacer esta muralla, tráiganme todas las manos: los negros, sus manos negras, los blancos, sus blancas manos.
Ay, una muralla que vaya desde la playa hasta el monte, desde el monte hasta la playa, bien, allá sobre el horizonte.
—¡Tun, tun! —¿Quién es? —Una rosa y un clavel… —¡Abre la muralla! —¡Tun, tun! —¿Quién es? —El sable del coronel… —¡Cierra la muralla! —¡Tun, tun! —¿Quién es? —La paloma y el laurel… —¡Abre la muralla! —¡Tun, tun! —¿Quién es? —El alacrán y el ciempiés… —¡Cierra la muralla!
Pasarás por mi vida sin saber que pasaste. Pasarás en silencio por mi amor y, al pasar, fingiré una sonrisa como un dulce contraste del dolor de quererte... y jamás lo sabrás.
Soñaré con el nácar virginal de tu frente, soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar, soñaré con tus labios desesperadamente, soñaré con tus besos... y jamás lo sabrás.
Quizás pases con otro que te diga al oído esas frases que nadie como yo te dirá; y, ahogando para siempre mi amor inadvertido, te amaré más que nunca... y jamás lo sabrás.
Yo te amaré en silencio... como algo inaccesible, como un sueño que nunca lograré realizar; y el lejano perfume de mi amor imposible rozará tus cabellos... y jamás lo sabrás.
Y si un día una lágrima denuncia mi tormento, -el tormento infinito que te debo ocultar-, te diré sonriente: «No es nada... ha sido el viento». Me enjugaré una lágrima... ¡y jamás lo sabrás!
La eternidad por fin comienza un lunes y el día siguiente apenas tiene nombre y el otro es el oscuro, al abolido. Y en él se apagan todos los murmullos y aquel rostro que amábamos se esfuma y en vano es ya la espera, nadie viene. La eternidad ignora las costumbres, le da lo mismo rojo que azul tierno, se inclina al gris, al humo, a la ceniza. Nombre y fecha tú grabas en un mármol, los roza displicente con el hombro, ni un montoncillo de amargura deja. Y sin embargo, ves, me aferro al lunes y al día siguiente doy el nombre tuyo y con la punta del cigarro escribo en plena oscuridad: aquí he vivido.
Cuando yo vine a este mundo, nadie me estaba esperando; así mi dolor profundo se me alivia caminando, pues cuando vine a este mundo, te digo, nadie me estaba esperando.
Miro a los hombres nacer, miro a los hombres pasar; hay que andar, hay que mirar para ver, hay que andar.
Otros lloran, yo me río, porque la risa es salud: lanza de mi poderío, coraza de mi virtud. Otros lloran, yo me río, porque la risa es salud.
Camino sobre mis pies, sin muletas ni bastón, y mi voz entera es la voz entera del sol. Camino sobre mis pies, sin muletas ni bastón.
Con el alma en carne viva, abajo, sueño y trabajo; ya estará el de abajo arriba, cuando el de arriba esté abajo. Con el alma en carne viva, abajo, sueño y trabajo.
Hay gentes que no me quieren, porque muy humilde soy; ya verán cómo se mueren, y que hasta a su entierro voy, con eso y que no me quieren porque muy humilde soy.
Miro a los hombres nacer, miro a los hombres pasar; hay que andar, hay que vivir para ver, hay que andar.
Cuando yo vine a este mundo, te digo, nadie me estaba esperando; así mi dolor profundo, te digo, se me alivia caminando, te digo, pues cuando vine a este mundo, te digo, ¡nadie me estaba esperando!
De otro modo Si en vez de ser así, si las cosas de espaldas (fijas desde los siglos) se volvieran de frente y las cosas de frente (inmutables) volviesen las espaldas, y lo diestro viniese a ser siniestro y lo izquierdo derecho… ¡No sé cómo decirlo!
Suéñalo como un sueño que está detrás del sueño, un sueño no soñado todavía, al que habría que ir, al que hay que ir, (¡no sé cómo decirlo!) como arrancando mil velos de niebla y al fin el mismo sueño fuese niebla .
De todos modos, suéñalo en ese mundo, o en éste que nos acerca y nos apaga donde las cosas son como son, o como dicen que son o como dicen que debieran ser… Vendríamos cantando por una misma senda y yo abriría los brazos y tú abrirías los brazos y nos alcanzaríamos. Nuestras voces unidas rodarían hechas un mismo eco.
Para vernos felices se asomarían todas las estrellas. Querría conocernos el arcoiris palpándonos con todos sus colores y se levantarían las rosas para bañarse un poco en nuestra dicha… (¡Si pudiera ser como es, o como no es… En absoluto diferente!)
Pero jamás, jamás. ¿Sabes el tamaño de esta palabra: Jamás? ¿Conoces el sordo gris de esta piedra: Jamás? ¿Y el ruido que hace al caer para siempre en el vacío: Jamás?
No la pronuncies, déjamela. (Cuando esté solo yo la diré en voz baja suavizada de llanto, así: Jamás…)
Hace tiempo te había prometido muchos poemas de amor y -ya ves- no podía escribirlos. Tú estabas junto a mí y es imposible escribir sobre lo que se tiene. Lo que se tiene siempre es poesía. Pero ya han comenzado a unirnos cosas definitivas: hemos vivido la misma soledad en cuartos separados -sin saber nada el uno del otro-, tratando -cada uno en su sitio- de recordar cómo eran los gestos de nuestras caras que de pronto se juntan con aquellas que ya creíamos perdidas, desdibujadas, de los primeros años. Yo recordaba los golpes en la puerta y tu voz alarmada y tú mis ojos neutros, soñolientos aún. Durante mucho tiempo me preguntabas qué cosa era la Historia. Yo fracasaba, te daba definiciones imprecisas. Nunca me atreví a darte un ejemplo mayor.
Felices los normales, esos seres extraños, Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente, Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida, Los que no han sido calcinados por un amor devorante, Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más, Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros, Los satisfechos, los gordos, los lindos, Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí, Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura, Los flautistas acompañados por ratones, Los vendedores y sus compradores, Los caballeros ligeramente sobrehumanos, Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos, Los delicados, los sensatos, los finos, Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles. Felices las aves, el estiércol, las piedras.
Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños, Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos Que sus padres y más delincuentes que sus hijos Y más devorados por amores calcinantes. Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.
Que la vida no vaya más allá de tus brazos.
Que yo pueda caber con mi verso en tus brazos,
que tus brazos me ciñan entera y temblorosa
sin que afuera se queden ni mi sol ni mi sombra.
Que me sean tus brazos horizonte y camino,
camino breve, y único horizonte de carne;
que la vida no vaya más allá… ¡Que la muerte
se parezca a esta muerte caliente de tus brazos!…