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4 descargas sobre T. S. Eliot

/ 06 noviembre 2011 /

                         I

El tiempo presente y el tiempo pasado
Acaso estén presentes en el tiempo futuro
Y tal vez al futuro lo contenga el pasado.
Si todo tiempo es un presente eterno
Todo tiempo es irredimible.
Lo que pudo haber sido es una abstracción
Que sigue siendo perpetua posibilidad
Sólo en un mundo de especulaciones.
Lo que pudo haber sido y lo que ha sido
Tienden a un solo fin, presente siempre.
Eco de pisadas en la memoria,
Van por el corredor que no seguimos
Hacia la puerta que no llegamos nunca a abrir
Y da al jardín de rosas. Así en tu mente
Resuenan mis palabras.
                       Pero no sé
Con cuál objeto perturbamos el polvo
Que vela el cuenco en donde están los pétalos
De rosa.
      Y otros ecos
Habitan el jardín. ¿Vamos tras ellos?
De prisa, dijo el pájaro: encuéntralos, encuéntralos,
Al dar vuelta a la esquina, tras la primera puerta,
En nuestro primer mundo. ¿Vamos en pos
Del engaño del tordo? En nuestro primer mundo.
Allí estaban, solemnes, invisibles;
Se movían sin premura sobre las hojas muertas,
Bajo el calor de otoño, en el aire vibrante.
Y el pájaro silbó en contestación
A la inaudible música oculta entre las plantas
Y el destello de una mirada no vista cruzó el espacio.
Porque las rosas tenían aspecto de flores contempladas.
Eran como nuestros huéspedes, aceptados y aceptantes.
Así pues, avanzamos, y ellos, en procesión formal,
Caminaron también por el desierto sendero
Hasta llegar a la rotonda con el seto de arbustos.
Y miraron entonces el estanque drenado.
Seco el estanque, seco el concreto, pardos los bordes.
Y se llenó el estanque de agua solar,
En silencio, en silencio se alzaron lotos,
La superficie brilló desde el corazón de la luz
Y ellos quedaron tras nosotros reflejándose en el
      estanque.
Luego pasó una nube y se vació el estanque.
Váyanse, dijo el pájaro, porque las frondas estaban
      llenas de niños
Que alegremente se ocultaban y contenían la risa.
Váyanse, váyanse, dijo el pájaro: el género humano
No puede soportar tanta realidad.
El tiempo pasado y el tiempo futuro,
Lo que pudo haber sido y lo que ha sido
Tienden a un solo fin, presente siempre.
 



*      *      *  

 IV. Muerte por Agua

Flebas el Fenicio, muerto ha una quincena,
el gritar de gaviotas olvidó, el hondo y turbulento mar
y la ganancia y la pérdida.
        Una corriente submarina
recogió sus huesos entre susurros. Pasó las etapas
de su vejez y juventud mientras flotaba y se hundía
y entró en el remolino.
       Oh, tú, gentil o judío
que volteas la rueda del timón mirando a barlovento,
piensa en Flebas que antaño fue bello y alto como tú.





*      *     *

 III. El sermón del fuego

El pabellón del río está roto: los últimos dedos de las hojas
Se aferran y hunden en la húmeda orilla. El viento
atraviesa la tierra parda, sin oírse. Las ninfas han partido.
Dulce Támesis, corre calladamente, hasta que acabe mi canto.
El río no arrastra botellas vacías, papeles de sandwiches,
pañuelos de seda, cajas de cartón, colillas
u otros testimonios de noches de verano. Las ninfas han partido.
Y sus amigos, los ociosos hacedores de directivos de la City;
Se marcharon sin dejar sus señas.
Me senté junto a las aguas del Leman y lloré...
Dulce Támesis, corre calladamente, hasta que acabe mi canto.
Dulce Támesis, corre calladamente, pues no hablo ni fuerte ni largo.




 *      *     *





I El entierro de los muertos

Abril es el más cruel de los meses,
levantando lilas en tierra muerta,
confundiendo memoria y deseo,
revolviendo mustias raíces con lluvias de primavera.
El invierno nos calentaba,
cubriendo la tierra con nieve olvidadiza,
abonando un poco de vida con secos tubérculos.
Con un chubasco nos sorprendió el verano,
cuando cayó sobre el Starnbergersee
nos detuvimos en la columnata
y seguimos bajo la luz solar hasta el Hofgarten
y bebimos café y hablamos una hora.
Bin gar keine Russin, stamm’aus Litauen, echt deutsch.
Y cuando éramos niños, estando con mi primo, el
archiduque, me dio un paseo en trineo
y tuve miedo. El dijo, Marie,
Marie, agárrate fuerte. Y nos deslizamos cuesta abajo.
En las montañas te sientes libre.
Leo durante la noche y en invierno voy al sur.

¿Qué raíces arraigan, cuáles ramas crecen
de estos escombros de piedra? Hijo del hombre,
no puedes decir, ni adivinar, pues apenas conoces
un montón de rotas imágenes donde da el sol
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y de la piedra seca no mana agua. Sólo
hay sombra bajo esta roja roca
(ven bajo la sombra de esta roca roja)
y te mostraré algo diferente
a tu sombra, en la mañana, en pos de ti,
o a tu sombra, en la tarde,
levantándose para encontrarte;
te mostraré el miedo en un puñado de polvo.





Cien Poemas - Constantino Cavafis

/ 19 octubre 2011 /

LA CIUDAD
Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

QUE EL DIOS ABANDONABA A ANTONIO
Cuando de repente, a medianoche, se escuche
pasar una comparsa invisible
con músicas maravillosas, con vocerío -
tu suerte que ya declina, tus obras
que fracasaron, los planes de tu vida
que resultaron todos ilusiones, no llores inútilmente.
Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
di adiós a Alejandría que se aleja.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue un
sueño, que se engañó tu oído:
no aceptes tales vanas esperanzas.
Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno,
acércate resueltamente a la ventana,
y escucha con emoción, mas no
con los ruegos y lamentos de los cobardes,
como último placer los sones,
los maravillosos instrumentos del cortejo misterioso,
y dile adiós, a la Alejandría que pierdes.

MONOTONIA
A un día monótono otro
monótono, invariable sigue: Pasarán
las mismas cosas, volverán a pasar -
los mismos instantes nos hallan y nos dejan.
Un mes pasa y trae otro mes.
Lo que viene uno fácilmente lo adivina:
son aquellas mismas cosas fastidiosas de ayer.
Y llega el mañana ya a no parecer mañana.

ITACA
Cuando salgas en el viaje, hacia Itaca
desea que el camino sea largo,
pleno de aventuras, pleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al irritado Poseidón no temas,
tales cosas en tu ruta nunca hallarás,
si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
y al feroz Poseidón no encontrarás,
si dentro de tu alma no los llevas,
si tu alma no los yergue delante de ti.
Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánta alegría
entres a puertos nunca vistos:
detente en mercados fenicios,
y adquiere las bellas mercancías,
ámbares y ébanos, marfiles y corales,
y perfumes voluptuosos de toda clase,
cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;
anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender y aprender de los sabios.
Siempre en tu pensamiento ten a Itaca.
Llegar hasta allí es tu destino.
Pero no apures tu viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure:
y viejo ya ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Itaca.
Itaca te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, Itaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás comprendido las Itacas qué es lo que significan.

CUANTO PUEDAS
Y si no puedes hacer tu vida como la quieres,
en esto esfuérzate al menos
cuanto puedas: no la envilezcas
en el contacto excesivo con la gente,
en demasiados trajines y conversaciones.
No la envilezcas llevándola,
trayéndola a menudo y exponiéndola
a la torpeza cotidiana
de las compañías y las relaciones,
hasta que llegue a ser pesada como una extraña.



Traducción: Miguel Castillo Didier

Venus en el Pudridero - Eduardo Anguita

/ 17 octubre 2011 /

¿Escucháis madurar los duraznos a la hora
del estío?
a la venida del sol, mientras un príncipe danza
en vísperas de su coronación?
Yo pienso en el gusano.
¿Oís podrirse los duraznos en el granero
al atardecer, mientras las fechas del reino
caen de los tronos
y el viento las amontona, las dispersa y olvida?
Yo pienso en el gusano.
Si veis montar el agua en la noria,
con un niño fi jamente asomado al brocal
frente a frente al abuelo,
Y se siente el beso de los amantes como una
hoja seca
que el pie del tiempo aplasta crepitando:
¿los amantes están muertos? No preguntéis son
torpeza.
Pensad en el gusano.


*   *   *


Tiempo furioso, memoria feroz.
Esa fuerza desprendida del látigo, que sigue
ondulando
cuando la mano que lo maneja ya está hecha
polvo,
el latigazo aún azota con destreza terrible y
melancólica.

¿Podemos comprender que la amada,
apenas pronunciadas las palabras del amor,
cambie, desaparezca, se destituya?

Y todavía sientes la presión del brazo,
el calor de su beso
y su boca ha expirado?

A un muerto, a un muerto se debe este mundo.

*   *   *

Tú eres mujer, tú eres hombre.
Eres el muchacho y también la doncella.
Tú, como un viejo, te apoyas en el cayado.
Eres el pájaro azul oscuro
y el verde de ojos rojos.
Tú eres aquello. Y yo soy tú.
Pero no al mismo tiempo. Por eso entro y
                salgo.

*   *   *

  Una bala disparada por un niño que te ama,
            te mata.
La droga del médico que te odia, te cura.
Es la palabra lo que me hizo vivir. ¿Es men-
            tira la droga?
(El sol alumbra para buenos y malos).
Aquel filósofo que, para probar la honestidad
            de su doctrina,
citó a Mucio Scévola, cuando, testimoniándose,
sobrepuso la mano en una llama.
“¡Imposible!”. clamaron los discípulos de
            Nietzsche, y éste,
serenamente, colocó una brasa en su palma.
El silencio palideció.

(Y si hubiera anestesiado su mano, ¿qué di-
            ríais?)

Yo sé: Venimos de la Palabra:
nuestro destino es regresar.
El canto creó al pájaro y no el pájaro al canto.
Entre las yemas recién húmedasmdel secretísi-
            mo rododendro,
un ruiseñor está volviendo a ser canto,
todo canto y solamente canto.

Veo caer al pájaro fulminado por su canción:
corteza vana, luna transitoria,
cascara de su propia luz,
envoltura que tú, gusano, puedes roer sin que
           yo te lo impida.

Volved, volved a la Palabra.
Lo demás, si hace falta,
nos será dado por añadidura.

*   *   *

¿A quién amé? ¿A tí en otro lugar?
¿O bien a otra mujer, pero aquí?
Aquella a quien beso aqui ahora,
si cambia el lugar, ¿es la misma persona?
O cambia el tiempo, ¿la persona es la misma?
O cambia el tiempo, ¿es el mismo lugar?

¡Nunca los cuatro estamos juntos!

  un kilo de algodón no pesa igual que uno
              de acero.
Tú ejemplificas lo singular.
Te expulsas. Repetirte es otra.
¡Que extraño tu retrato de hace veinte años!
lo que se vuelve a sentir
muere por primera vez.




 

Nimbo - Valentina Osses

/ 05 febrero 2011 /

En torno a NIMBO, de Valentina Osses

El acto de publicar poesía posee una complejidad que quienes ya llevan varias entregas acostumbran pasar por alto –y el pasar por alto problemáticas inquietantes como ésta es uno de los signos de la madura estagnación del creador en su persona, su carácter, su estilo. La conquista de éste termina llevando en sí los rastros de esos fértiles enigmas, que aparecen de cuando en cuando, como recuerdos de la niñez.

Encarar de frente qué sucede con uno mismo al convertir los signos escritos o las vibraciones del aire en algo que se ofrece a un espectador/lector que está en va uno a saber qué más allá puede llevar a la duda más desoladora sobre el mismo rol de sí mismo como creador -¿y quién ha dicho que uno es capaz de crear? Me parece que el riesgo de caer en esta duda como en un abismo es una de las fuerzas que hacen a Nimbo (Valparaíso: Ed. Inubicalistas, 2010) de Valentina Osses un poemario desafiante, en el que no se cede en ningún instante a la tentación de dar una solución –y menos entregar una al lector- a tales inquietudes fundamentales.

La fuente de inquietud del poemario se refiere precisamente a ese nimbo, tan sólo indicado en el título. Para dar pasos seguros dentro del poemario, este signo de la presencia del más allá en una representación –usado para emperadores y deidades- se debe leer en analogía al aura que Walter Benjamin consideraba la seña de autenticidad, del empalme de la obra en el ámbito de la tradición, su carácter original, su aquí y ahora (en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, 1936). Es esta señal la que Valentina se encarga de problematizar en su poética, asumiendo que su creación está confinada a un más acá marcado por el despojo de esa aura y la duda en la propia capacidad de creación original:

La imagen del objeto tiene un solo uso;

trasladar el socavamiento del autor.

Remover su origen a la par de una temperatura melódica;

así también la sangre, nada nos inquieta.

El hecho poético es relegado con esto a la esfera de los gestos, espacio en que resulta imposible asumir cualidad trascendente alguna. Desde esta perspectiva, la obra resulta determinada por la patología, desde el instante en que el movimiento creador es una entrada en yo que reafirma sin cesar una alienación radical del hablante –un descenso del ojo. Para acceder a una posible comprensión de sí mismo, hay una entera dimensión corporal que se resistirá a cualquier sublimación artística:

El brillo del placer hiere cada palabra,

otros dicen que un mismo orden de observación

es un operar salvaje que saca pedazos del cuerpo;

los pedazos útiles.

De hecho, esa dimensión corporal ni siquiera puede acceder por completo a la unidad metafísica que implicaría una conciencia. El hablante está como forzado a la contemplación, estudio y manipulación de las partes que lo conforman en lo que aparece como una débil cohesión, cuyo carácter mecánico no deja de acentuarse.

Evidencia, insinuación, reescritura, condensan el lugar donde se aglutina un quiebre,

eligiendo los cuerpos hacia dentro;

las carencias, las articulaciones gastadas,

hinchados con brazos y piernas encogidos.

Los textos, entonces, entregados a su puro valor exhibitivo, parecen entregarse a la tensión de escogerse como un objeto bello –que circularía como mercancía dentro de un sistema de circulación e intercambio- o una suerte de material autojustificativo, de carácter patológico. En el primer caso, queda excluido absolutamente de un posible mercado de objetos de arte: la sustancia de esta mercancía es aire, su producción y circulación es gratuita. Esto implica que su carácter místico de valor de cambio también cae destruido, sin posibilidad de romper una cadena de producción que funciona en una inercia circular. En vez del golpe de dados mallarmeano, la resistencia del sujeto creador es un golpe de monedas, que termina asfixiando el intercambio: la ausencia de aire (medio en el que aquél se podría dar) enmudece a la voz. La condición inicial –física- de la relación entre creador y receptor de poesía deja de existir: el epígrafe que abre Nimbo se revela como programa fracasado, dada su propia desmitificación:

Toda posesión tiene una figura de placer,

incluso el aire, mercancía en una mano,

pertenece a ese esquema dominante.

Por otro lado, el texto puede ganar su validez dando cuenta de una investigación del autor sobre sí mismo, no en cuanto creador, sino en cuanto entidad física y psíquica. Toda relación consigo mismo se asume desde una materialidad que excluye cualquier posibilidad de lejanía –consecuencia natural del despojo de toda aura. Esta dimensión se vuelve al fin patológica, ante la dolorosa conciencia de una absoluta imposibilidad. El ojo fuera de su cavidad, el oído y su cavidad inflamada se hacen objetos tan ajenos que resulta inevitable asumir a este sujeto creador como una anomalía del texto poético, y la valoración del mundo como un acto artificial al que esta conciencia extrema y sin lugar ya no puede aspirar:

En definitiva, hemos vuelto al objeto cualquiera,

generalizable, categoría flotante,

una analogía, una sustitución, un cuerpo por otro.

Contiene en su interior el mecanismo de metáforas,

pero nadie sabrá de qué está hecho plenamente.

Toda posibilidad de asumir este sujeto creador como algo más que esa anomalía se ahoga ante un mundo que hace volver todo registro a una indeterminación mecánica. El recuerdo ya no tiene dimensión emocional, tan sólo se recibe pasivamente como un dolor y se hace presente como un dato de registro del cual cualquier valoración sería absurda:

Una diferencia más entre origen y estructura,

una diferencia más entre grasa pura y costra vieja;

y la diferencia entre esas dos diferencias lanza una línea de fuego

que prende de vez en cuando para mi desesperación.

La percepción se hace, entonces, traumática en la misma medida en que se vuelve inefable. Las referencias al fuego y la luz parecen apuntar a esta evidencia, señal de una extrema alienación, pero muestra de la supervivencia del contemplador, que se rescata a sí mismo en la medida en que ve:

El sol refleja un acto vacío.

La advertencia de la luz,

igual que los ojos hundidos.

La extrema conciencia escritural de Valentina Oses llega a despojar de estructura el poemario mismo. Asumido el carácter fragmentario de la plaquette, esto no alcanza a constituir un defecto, poniendo un desafío patente a la autora de desarrollar las intuiciones presentes en Nimbo en una unidad mayor. Apuesta extrema que llega a instantes de legítima belleza expresiva, el breve poemario llama a enfocar la atención a inquietudes que han estado ausentes durante mucho tiempo del horizonte literario chileno. Un nuevo aporte de Inubicalistas que, al menos en el caso del entorno de Valparaíso, confirma a esta editorial como una de las iniciativas más importantes por su capacidad de tomar riesgos en discursos poéticos que se escapan de nichos fáciles de mercado.

Autor: Carlos Henrickson
(http://henricksonbajofuego.blogspot.com/)


NOTA:

Para los que se atrevan, acá dejo para descargar en pdf, la primera parte del libro. Obviamente con autorización de su autora, aclaro.

>>> Descargar NIMBO <<<


(clic en la imagen)

Una Temporada en el infierno - Rimbaud

/ 17 septiembre 2010 /
Antes, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían. Una noche, me senté a la Belleza en las rodillas. - Y la hallé amarga. - Y la insulté.
Me armé contra la justicia.
Me escapé. ¡Oh bujas, oh miseria, oh odio! ¡A vosotros se confió mi tesoro!
Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza humana. Contra toda alegría, para estrangularla, di el salto sin ruido del animal feroz.
Llamé a los verdugos para, mientras perecía, morder las culatas de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme en la arena, la sangre. La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo. Me sequé al aire del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la locura.
Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota. Habiendo estado hace muy poco a punto de soltar el último ¡cuac!, se me ocurrió buscar la clave del festín antiguo, donde había tal vez de recobrar el apetito.
La caridad es la clave. - ¡Esta inspiración demuestra que soñé!
"Seguirás siendo hiena, etc.", exclama el demonio que me coronó de tan amables adormideras. "Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales." ¡Ah! Ya aguanté demasiado - Pero, querido Satán, te lo suplico, ¡menos irritación en la pupila! Y mientras llegan las pequeñas cobardías rezagadas, tú que aprecias en el escritor la carencia de facultades descriptivas o instructivas, te arranco unos cuantos asquerosos pliegos de mi cuaderno de condenado.


A. Rimbaud


>> Descargar Rimbaud - Una Temporada en el Infierno <<
(clic en la imagen)

Catalogo de e-Libros

/ 22 junio 2009 /

- A -
Anonimo - Popol Vuh
Anonimo - Cantar de Mio Cid
Anonimo - Libro de Alexandre
Anonimo - Libro de Apolonio
Anonimo - Danza General de la Muerte
Alfonso X - Cantigas de Santa Maria
Damaso Alonso - Seleccion de Poemas
Delmira Agustini - El Rosario de Eros
Delmira Agustini - La Arbolada
Manuel Altolaguirre - Seleccion
Reinaldo Arenas - Seleccion de Poemas
Vicente Aleixandre - Espadas Como Labios
Vicente Aleixandre - La Destruccion o el Amor

- B -
Charles Baudelaire - Las Letanias de Satán
Charles Bukowski - Abraza La Oscuridad
Charles Bukowski - Toca el Piano Borracho
Gioconda Belli - Poemas y Otros Escritos
Gioconda Belli - Poemas
Gonzalo de Berceo - Milagros de Nuestra Señora
Jorge Luis Borges - Atlas
Jorge Luis Borges - Cuaderno San Martín
Jorge Luis Borges - El Oro de Los Tigres
Jorge Luis Borges - El Otro el Mismo
Jorge Luis Borges - Fervor de Buenos Aires
Jorge Luis Borges - Historia de la Noche
Jorge Luis Borges - La Cifra
Jorge Luis Borges - La Moneda de Hierro
Jorge Luis Borges - La Rosa Profunda
Jorge Luis Borges - Los Conjurados
Jorge Luis Borges - Luna de Enfrente
Jorge Luis Borges - Para las Seis Cuerdas
Jorge Luis Borges - Pequeña Antologia
Jorge Luis Borges - Seleccion de Poemas
Mario Benedetti - El Amor, Las Mujeres y la Vida
Mario Benedetti - Poemas de la Oficina y Poemas de Hoy por Hoy
Mario Benedetti - Poemas de Otros
Mario Benedetti - Antologia Poetica
Mario Benedetti - Botella al Mar
Mario Benedetti - Canciones del Mas Acá
Mario Benedetti - Cotidianas
Mario Benedetti - El Cumpleaños de Juan Angel
Mario Benedetti - El Olvido esta lleno de Memoria
Mario Benedetti - Inventario II
Mario Benedetti - La Casa y el Ladrillo
Mario Benedetti - La Vida ese Parentesis
Mario Benedetti - Las Soledades de Babel
Mario Benedetti - Preguntas al Azar
Mario Benedetti - Rincon de Haikus
Mario Benedetti - Viento del Exilio
William Blake - Cantares de Inocencia
William Blake - Cantares de Experiencia
William Blake - El Libro de Thel, Tiriel
William Blake - El Matrimonio del Cielo y el Infierno

- C -
Catulo - Algunos Poemas a Lesbia
Evaristo Carriego - Poesía Completa
Evaristo Carriego - Misas Herejes
Ernesto Cardenal - Antología
Estanislao del Campo - Fausto
Cavafis - Cien Poemas
Pablo Antonio Cuadra - Antologia Poetica
Ramón de Campoamor - Los Pequeños Poemas
Rosalia de Castro - La Flor
San Juan de la Cruz - Poesias

- D -
Roque Dalton - Antología
Roque Dalton - Antologia Poetica
Roque Dalton - Desenterrando Poemas
Roque Dalton - La Ventana en el Rostro
Roque Dalton - Las Historias Prohibodas del Purgatorio
Roque Dalton - Otros Poemas
Roque Dalton - Taberna y Otros Lugares
Roque Dalton - Un Libro Levemente Odioso

- E -
Alfonso de Ercilla - La Araucana I
Alfonso de Ercilla - La Araucana II
Alfonso de Ercilla - La Araucana III
Andres Eloy Blanco - Poemas
Esteban Echeverria - El Matadero
Esteban Echeverria - La Cautiva
Jose de Espronceda - El Estudiante de Salamanca
Jose de Espronceda - Poemas
T. S. Eliot - Los Cuatro Cuartetos (J.E. Pacheco)
T. S. Eliot - La Tierra Baldía
T. S. Eliot - La Tierra Baldía (Ed. Bilingüe - A. Girri)
T. S. Eliot - La Tierra Baldía y Otros Poemas (H. Alvarado Tenorio)

- F -
John Forbes - Poemas
Roberto Fernandez Retamar - Buena Suerte Viviendo
Roberto Fernandez Retamar - Que Veremos Arder
Roberto Fernandez Retamar - Si a la Revolucion

- G -
Antonio Gala - Poemas de Amor
Federico Garcia Lorca - Divan del Tamarit
Federico Garcia Lorca - Libro de Poemas
Federico Garcia Lorca - Llanto por Ignacio Sanchez Mejias
Federico Garcia Lorca - Poema del Cante Jondo
Federico Garcia Lorca - Poeta en Nueva York
Federico Garcia Lorca - Romance Gitano
Juan Gelman - Gotán
Juan Gelman - Los Poemas de Sidney West
Juan Gelman - Salario del Impio/Cartas a mi Madre
Juan Gelman - Valer la Pena
Juan Gelman - Debí decir te Amo
Juan Gelman - Violin y Otras Cuestiones
Luis de Gongora - Fabula de Polifemo y Galatea
Luis de Gongora - Soledades
Luis de Gongora - Sonetos
Claudio Gilardoni - Antologia Personal
Claudio Gilardoni - Poesia Completa
Oliverio Girondo - Obras
Oliverio Girondo - Poesia Completa
Oliverio Girondo - Poemas Para ser Leidos en el Tranvia
Teofilo Gautier - Poemas

- H -
José Hernandez - Martin Fierro
José Hernandez - La Vuelta de Martin Fierro
Julio Herrera y Reissig - Poesía Completa y Prosa Selecta
Miguel Hernandez - Poemas de Amor
Miguel Hernandez - Poemas Sociales, de Guerra y de Muerte
Miguel Hernandez - Poemas Sueltos
Miguel Hernandez - Ultimos Poemas
Miguel Hernandez - Ausencias
Miguel Hernandez - Cancionero y Romancero de Ausencias
Miguel Hernandez - El Hombre Acecha
Miguel Hernandez - El Rayo que no Cesa
Miguel Hernandez - Elegia a Ramon Sije
Miguel Hernandez - El Hombre y su Poesia
Miguel Hernandez - Imagen de tu Huella
Miguel Hernandez - Viento del Pueblo
Vicente Huidobro - Altazor
Vicente Huidobro - Ecuatorial
Vicente Huidobro - Seleccion de poemas
Vicente Huidobro - Ultimos Poemas

- J -
Roberto Juarroz - Poesía Vertical (antologia)

- L -
Conde de Lautreamont - Poesias y Cartas
Conde de Lautreamont - Cantos de Maldoror

- M -
Franklin Mieses Burgos - Antología
Franklin Mieses Burgos - El Angel Destruido
Leopoldo Marechal - El Poema del Robot
Leopoldo Marechal - Varios Poemas

- N -
Amado Nervo - Elevacion
Amado Nervo - Misticas
Apolinar Nuñez - Antologia
Pablo Neruda - 100 Sonetos de Amor
Pablo Neruda - Los Versos del Capitan
Pablo Neruda - Confieso que He Vivido
Pablo Neruda - Canto General
Pablo Neruda - España en el Corazón
Pablo Neruda - Libro de las Preguntas
Pablo Neruda - Plenos Poderes

- O -
Olga Orozco - Poemas
Olga Orozco - Eclipse y Fulgores (Antología)

- P -
Heberto Padilla - Fuera de Juego
Nicanor Parra - Obra gruesa
Nicanor Parra - Poemas y Antipoemas
Nicanor Parra - Sermones y Predicas Cristo Elqui
Nicanor Parra - Artefactos Visuales
Fernando Pessoa - Antologia Poetica
Fernando Pessoa - Libro del Desasociego
Fernando Pessoa - Pessoana (Antología)
Alejandra Pizarnik - El Infierno Musical
Alejandra Pizarnik - Extraccion de la Piedra de la Locura
Alejandra Pizarnik - El arbol de Diana

- R -
Arthur Rimbaud - Iluminaciones
Arthur Rimbaud - Poesía Completa
Arthur Rimbaud - Temporada en el Infierno
Juan Ruiz Arcipreste de Hita - El Libro de Buen Amor
Rainer Maria Rilke - Cartas a un Joven Poeta
Rainer Maria Rilke - Libro de las Imagenes
Rainer Maria Rilke - Las Elegias del Duino

- S -
Alfonsina Storni - Poemas
Jaime Sabines - Antologia
Jaime Sabines - Antologia Poetica
Jaime Sabines - Despierta esta Muriendo (selección de E. Leunam)
Jaime Sabines - Poemas
Pedro Salinas - Antología Poetica
Pedro Salinas - Presagios
Pedro Salinas - Seguro Azar
Pedro Salinas - Fábula y Signo
Pedro Salinas - La Voz a ti Debida
Pedro Salinas - Razón de Amor
Pedro Salinas - Largo Lamento (fragmentos)
Pedro Salinas - Confianza
Pedro Salinas - El Contemplado
Pedro Salinas - Todo más Claro y Otros Poemas
Pedro Salinas - Presagios
Pedro Salinas - La Voz a Ti Debida
Pedro Salinas - Razón de Amor
Pedro Salinas - Seguro Azar
Pedro Salinas - Presagios

- T -
Rabindranath Tagore - El Jardinero
Lao Tse - Tao te King

- V -
Cesar Vallejo - De Sangre a Flor
Cesar Vallejo - Poesia Completa
Cesar Vallejo - Trilce
Cesar Vallejo - España Aparta de mi este Cadiz
Cesar Vallejo - Los Heraldos Negros
Cesar Vallejo - Poemas en Prosa
Cesar Vallejo - Poemas Humanos

- W -
Walt Whitman - Hojas de Hierba

- Z -
Raul Zurita - Anteparaiso
Mi foto
El Vecino de Socrates
Desde el rio hasta el mar...
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