El río invierte el curso de su corriente. El agua de las cascadas sube. La gente empieza a caminar retrocediendo. Los caballos caminan hacia atrás. Los militares deshacen lo desfilado. Las balas salen de las carnes. Las balas entran en los cañones. Los oficiales enfundan sus pistolas. La corriente penetra por los enchufes. Los torturados dejan de agitarse. Los torturados cierran sus bocas. Los campos de concentración se vacían. Aparecen los desaparecidos. Los muertos salen de sus tumbas. Los aviones vuelan hacia atrás Los “rockets” suben hacia los aviones. Allende dispara. Las llamas se apagan. Se saca el casco. La Moneda se reconstituye íntegra. Su cráneo se recompone. Sale a un balcón. Allende retrocede hasta Tomás Moro. Los detenidos salen de espalda de los estadios. 11 de Septiembre. Regresan aviones con refugiados. Chile es un país democrático. Las fuerzas armadas respetan la constitución. Los militares vuelven a sus cuarteles. Renace Neruda. Vuelve en una ambulancia a Isla Negra. Le duele la próstata. Escribe. Víctor Jara toca la guitarra. Canta Los discursos entran en las bocas. El tirano abraza a Prat. Desaparece. Prat revive. Los cesantes son recontratados. Los obreros desfilan cantando ¡Venceremos!
Este es un artista de paleta añeja que usa una cachimba de color coñac y habita una buharda de ventana vieja donde un reloj viejo masculla: tic tac...
Tendido a la larga sobre un mueble inválido, un bostezo larga, y otro, y otro: ¡tres! ¡Diablo de muchacho, pobre diablo escuálido, pero con modorras de viejo burgués!
Cerca de él, cigarros fingen los pinceles, sobre la paleta de extraño color: sus últimos toques fueron dos claveles para un cuadro sobre cuestiones de amor.
Cerca un lápiz negro de familia Faber enristra la punta como un alfiler; hay tufo a sudores y olor a cadáver, hay tufo a modorras y olor a mujer.
Juan Pereza fuma, Juan Pereza fuma en una cachimba de color coñac, y mira unos cuadros repletos de bruma sobre un hecho que hubo cerca del Rimac.
El pintor no lee. La lectura agobia, y anteojos de bruma pone en la nariz; Juan odia los libros, ve horrible a su novia, y todas las cosas con máscara gris.
Su mal es el mismo de los vagabundos: fatiga, neurosis, anemia moral, sensaciones raras, sueños errabundos que vagan en busca de un vago ideal.
Ni piensa, ni pinta, ni el humor ingenia. ¡Qué ha de pintar, si halla todo sin color! Tiene hipocondría, tiene neurastenia, y hace un gesto de asco si oye hablar de amor.
Mira un cuadro antiguo sin pensar en nada, mira el techo, el humo, las flores, el mar, una barca inglesa que ha tiempo está anclada y unas acuarelas a medio empezar.
De un escritorillo sobre la cubierta un ramo de rosas chorrea placer y una obra moderna, rasgada y abierta, muestra sus encantos como una mujer.
El pintor no lee. La lectura agobia: Juan Valjean es bruto, necio Tartarín; Juan odia los libros, ve horrible a su novia y muere en silencio, de tedio, de esplín.
Sudores espesos empapan los oros que el lacio cabello recoge del sol, y se abren al beso del aire los poros del rostro manchado con tintas de alcohol.
Y mientras el meollo puebla un chiste rancio, que dicho con gracia fuera original, una flor de moda muere de cansancio sobre la solapa donde está el ojal.
Hay planchas que esperan el baño potásico; un cuadro de otoño y una mancha gris, una oleografía de un poeta clásico con gestos de piedra y ojuelos de miss.
Juan Pereza fuma, Juan Pereza fuma en una cachimba de color coñac, y enfermo incurable de una larga bruma, oye un reloj viejo que dice: tic tac...
Ni piensa ni pinta, ni el humor ingenia. ¡Qué ha de pintar si halla todo color gris! Tiene hipocondría, tiene neurastenia y anteojos de brumas sobre la nariz.
Así pasa el tiempo. Solo, solo el cuarto... Solo Juan Pereza, sin hablar. ¿De qué? Flojo y aburrido como un gran lagarto, muerta la esperanza, difunta la fe.
La madre está lejos. A morir empieza, allá donde el padre sirve un puesto ad hoc; no le escribe nunca porque la pereza le esconde la pluma, la tinta o el block.
Hace ya diez años que en el tren nocturno y en un vagón de última dejó la ciudad; iba un desertado recluta de turno y una moza flaca de marchita edad.
Un gringo de gorra pensaba, pensaba... Luego un cigarrillo... Y otro. ¿Fuma usted? Luego un frasco cuyo líquido apuraba para tanta pena, para tanta sed.
¡Tanta pena, tanta! Su llanto salobre secaba una vieja de andrajoso ajuar; iba un mercachifle y un ratero pobre y una lamparilla que hacía llorar.
La vida... Sus penas. ¡Chocheces de antaño! Se sufre, se sufre. ¿Por qué? ¡Porque sí! Se sufre, se sufre... Y así pasa un año... y otro año... ¡Qué diablo! la vida es así...
¿Y qué será, Nathalie, de nosotros. Tú en mi memoria, yo en la tuya como esos pobres amantes que mientras se buscaban de una ciudad a otra, llegaron a morir —complacencias del narrador omnividente, tristezas de su ingenio— justo en la misma pieza de un hotel miserable pero en distintas épocas del año? Absurdo todo pensamiento, toda memoria prematura y particularmente dudosa cualquier lamentación en nuestro caso; es por una deformación profesional que me permito este falso aullido ávido y cauteloso a un mismo tiempo. «Todo es triste —me escribes— y confuso, y yo quisiera olvidarlo todo». Pero te das incluso, entre paréntesis el lujo de cobrarme una pequeña deuda y la palabra adiós se diría que suena de un modo estrictamente razonable. El amor no perdona a los que juegan con él. No tenemos perdón del amor, Nathalie a pesar de tu tono razonable y este último zumbido de la ironía, atrapada en sí misma, como una cigarra por los niños. El viento nos devuelve, a ti en Bonnieux a mí en un París que a cada instante rompe, contra toda expectativa, sus vagas relaciones lluviosas con el sol, el peso exacto de nuestras palabras de las que hicimos un mal gasto al cambiarlas por moneda liviana, pequeñísima, y este negocio de vivir al día no era más que, a lo lejos, una bonita fachada con angustiados gitanos en la trastienda. El viento al que jugamos Nathalie, mientras soplaba del lado de lo real, en la Camargue, nos devuelve —extramuros de la memoria, allí donde el mar brilla por su ausencia y no hay modo de estar realmente desnudo— palmerales roídos por la arena, el sibilino rumor de una desolación con ecos de voces agrias que se confunden con las nuestras. Es la canción de los gitanos, forzados a un nuevo exilio por los caminos de Provenza bajo ese sol del viento que se ríe a mandíbula batiente del verano y sus pequeños negocios. Son historias, también tristemente confusas. La diferencia está en que nosotros bajamos desde el primer momento el diapasón de la nuestra; sí, gente civilizada. . . guardando, claro está, las debidas distancias —mi desventaja, Nathalie— entre tu tribu y la mía. Pero Lulú es testigo del Tarot; Lulú que parece haber nacido bajo todos los signos del zodíaco, antes hada madrina que rigurosa vidente, ella lo sabe todo a ciencia incierta, tu amiga. Nada con los romanos y sus res gestae; el porvenir se lee bajo la inspiración de los aerolitos, en la mano misma; entre griegos no hay líneas decisivas; una muerte que dice, únicamente ella, la última palabra de lo que un hombre fue; y el temblor en las manos, Nathalie, el brillo o la humedad en los ojos, el deseo.
Dale la llave al otoño. Háblale del río mudo en cuyo fondo yace la sombra de los puentes de madera desaparecidos hace muchos años.
No me has contado ninguno de tus secretos. Pero tu mano es la llave que abre la puerta del molino en ruinas donde duerme mi vida entre polvo y más polvo, y espectros de inviernos, y los jinetes enlutados del viento que huyen tras robar campanas en las pobres aldeas. Pero mis días serán nubes para viajar por la primavera de tu cielo. Saldremos en silencio, sin despertar al tiempo.
¿Qué fue de la foto del niño que fui? Me gustaría verla... todos los álbumes desaparecieron tras la diáspora... J.T. carta de julio 20/77
Tu foto de infancia se extravió en el diario. Los duendes del taller me arrebataron ese regalo de tu madre. Desde ahora sólo conservaré la imagen del niño que conocí en un carro de tren detenido en la estación de Lautaro ese verano del 48, mientras don Fernando y don Tomás se transmiten noticias en una frecuencia difícil de sintonizar.
Sólo entiendo que por culpa de una Ley Maldita las malditas enfermedades de sus mujeres los embargos por deudas y el fantasma de los destierros a Pisagua, la situación tendría un desenlace impredecible como su partida de ajedrez por el campeonato de Victoria en los años 30, suspendida para llevar al altar sus damas blancas que amarillean en el álbum familiar.
Así las cosas no es raro que tengas la edad de mi hermana mayor a quien regalas la Historia de Chile de Luis Galdames que llevas bajo el brazo, despertando mi envidia con ese gesto que a medias te hiciste perdonar con dedicatorias y dedicatorias posteriores.
La frase “adjunto mi último libro” se repite en tu correspondencia. En tus Poemas Secretos el 66, anotas: Separata de 50 ejemplares. No es para crítica ni comercio. Sólo ahora, 30 años después, descifro ese mensaje: no viviste para la crítica ni el comercio ni escribiste para el comercio de una crítica que arriscó la nariz ante el aroma limpio de tus hojas que caen con el cielo del país que está más allá de las apariencias cotidianas, pero oculto en esas mismas apariencias y que nunca jamás se revela a los que olvidan las palabras heredadas de padres, vecinos, abuelos dichas en la forma más directa, como escribes en carta del 63.
Ya el 65 los médicos se alarman pero a ti sólo un riesgo te quita el sueño: ser abstemio para toda la vida, no poder acompañar un asado al palo con un buen trago es cosa de vida o muerte. No sé cómo resolveré este problema. Y no lo resolviste, o se resolvió solo —a costa tuya— como un complejo problema de Mate en 3 Jugadas que resolvías de pie junto al tablero, hablando de otra cosa con un vaso en la mano, sin tocar una pieza.
Diez años después escribes: tu carta la recibo en un lugar bastante apropiado aquí se necesita compañía... y lo repites diez años después, en otra clínica y diez años después, un 22, suena el teléfono de abril en esta capital tan parecida a una clínica siquiátrica, donde cometo la locura de vivir mientras tú juiciosamente regresas a un pueblo de verdad con calles y caminos de verdad, donde el pie humano todavía deja huella.
Por uno de esos caminos polvorientos de tus poemas te llevan al cementerio, pero ahora las flores no son para la hermana, son para el forastero que regresa —había que arreglar la tumba familiar— repartida por el mundo, mientras yo elijo estas palabras claras y tranquilas y espero hablar contigo bajo las raíces del aromo o en esta misma calle Corrientes que íbamos a recorrer juntos, pero una vez más, tú volaste más alto.
Buenos Aires - Santiago, abril de 1996
JORGE LUIS BORGES MIRA JUGAR AL AJEDREZ EN UNA CALLE DE BARRIO
Dios mueve el jugador y éste la pieza J. L. BORGES
El caballo salta del tablero y pierde por una cabeza en el bar vecino donde los peones pierden la cabeza en alcohol estridente. La Dama del barrio gira en esa música ebria Bajo la falda sus piernas se deslizan con movimiento oblicuo de inversos alfiles El poeta mira al jugador y éste a la pieza absorto en su Torre de marfil sobre un cajón en la vereda De la cocina viene un olor a fritura que vaga por la cuadra y atrae al rey de los ociosos Ya
somos dos —me digo— ¡tres! me dice Borges que convertido en sol de
medio día enceguece a los jugadores y a tientas por cuadros negros y
blancos —sombra y luz de sus vidas— cruzan la puerta y se instalan
frente a frente en otro juego de platos y cucharas. Entonces el rey de los ociosos y yo —su paje— enrocan hacia el lado sombrío de la calle Antes que una nube le impida la visión Jorge Luis Borges me hace un guiño Con gesto displicente de rey eternamente sin corona.
El Premio Nobel de Lectura me lo debieran dar a mí que soy el lector ideal y leo todo lo que pillo: leo los nombres de las calles y los letreros luminosos y las murallas de los baños y las nuevas listas de precios y las noticias policiales y los pronósticos del Derby y las patentes de los autos para un sujeto como yo la palabra es algo sagrado señores miembros del jurado qué ganaría con mentirles soy un lector empedernido me leo todo - no me salto ni los avisos económicos claro que ahora leo poco no dispongo de mucho tiempo pero caramba que he leído por eso pido que me den el Premio Nóbel de Lectura a la brevedad imposible
Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: -Todavía. Y le arrancó esta pluma al viejo cóndor del énfasis. El tiempo es todavía, la rosa es todavía y aunque pase el verano, y las estrellas de todos los veranos, el hombre es todavía. Nada pasó. Pero alguien que se llamaba César en peruano y en piedra más que piedra, dio en la cumbre del oxígeno hermoso. Las raíces lo siguieron sangrientas cada día más lúcido. Lo fueron secando, y ni París pudo salvarle el hueso ni el martirio. Ninguno fue tan hondo por las médulas vivas del origen ni nos habló en la música que decimos América porque éste únicamente sacó el ser de la piedra más oscura cuando nos vio la suerte debajo de las olas en el vacío de la mano. Cada cual su Vallejo doloroso y gozoso. No en París donde lloré por su alma, no en la nube violenta que me dio a diez mil metros la certeza terrestre de su rostro sobre la nieve libre, sino en esto de respirar la espina mortal, estoy seguro del que baja y me dice: -Todavía.
Sucede que me canso de ser hombre. Sucede que entro en las sastrerías y en los cines marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos. Sólo quiero un descanso de piedras o de lana, sólo quiero no ver establecimientos ni jardines, ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas y mi pelo y mi sombra. Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso asustar a un notario con un lirio cortado o dar muerte a una monja con un golpe de oreja. Sería bello ir por las calles con un cuchillo verde y dando gritos hasta morir de frío.
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas, vacilante, extendido, tiritando de sueño, hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra, absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias. No quiero continuar de raíz y de tumba, de subterráneo solo, de bodega con muertos ateridos, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo cuando me ve llegar con mi cara de cárcel, y aúlla en su transcurso como una rueda herida, y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas, a hospitales donde los huesos salen por la ventana, a ciertas zapaterías con olor a vinagre, a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos colgando de las puertas de las casas que odio, hay dentaduras olvidadas en una cafetera, hay espejos que debieran haber llorado de vergüenza y espanto, hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos, con furia, con olvido, paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia, y patios donde hay ropas colgadas de un alambre: calzoncillos, toallas y camisas que lloran lentas lágrimas sucias.
Sube a nacer conmigo, hermano. Dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado. No volverás del fondo de las rocas. No volverás del tiempo subterráneo. No volverá tu voz endurecida. No volverán tus ojos taladrados. Mírame desde el fondo de la tierra, labrador, tejedor, pastor callado: domador de guanacos tutelares: albañil del andamio desafiado: aguador de las lágrimas andinas: joyero de los dedos machacados: agricultor temblando en la semilla: alfarero en tu greda derramado: traed a la copa de esta nueva vida vuestros viejos dolores enterrados. Mostradme vuestra sangre y vuestro surco, decidme: aquí fui castigado, porque la joya no brilló o la tierra no entregó a tiempo la piedra o el grano: señaladme la piedra en que caísteis y la madera en que os crucificaron, encendedme los viejos pedernales, las viejas lámparas, los látigos pegados a través de los siglos en las llagas y las hachas de brillo ensangrentado. Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta. A través de la tierra juntad todos los silenciosos labios derramados y desde el fondo habladme toda esta larga noche, como si yo estuviera con vosotros anclado, contadme todo, cadena a cadena, eslabón a eslabón, y paso a paso, afilad los cuchillos que guardasteis, ponedlos en mi pecho y en mi mano, como un río de rayos amarillos, como un río de tigres enterrados, y dejadme llorar, horas, días, años, edades ciegas, siglos estelares.
Dadme el silencio, el agua, la esperanza. Dadme la lucha, el hierro, los volcanes. Apegadme los cuerpos como imanes. Acudid a mis venas y a mi boca. Hablad por mis palabras y mi sangre.
Oh voz, única voz: todo el hueco del mar, todo el hueco del mar no bastaría, todo el hueco del cielo, toda la cavidad de la hermosura no bastaría para contenerte, y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera oh majestad, tú nunca, tú nunca cesarías de estar en todas partes, porque te sobra el tiempo y el ser, única voz, porque estás y no estás, y casi eres mi Dios, y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.
Nada tengo que ver yo con ese mundo. Apenas conozco la metralla de la Royal Y la del viento atascado de hojas de eucalipto En el paseo principal del pueblo.
Me levanto con dolor de cabeza Frente al espejo elijo un nuevo rostro. El rostro de alguien que se pasea por Marsella Con un borsalino y una pistola nueva.
El final es siempre conocido: Me despido del que fui frente a un espejo. Elijo la camisa que menos me reprocha Y salgo silbando sin prisa "Borsalino".
Apareció un día de tantos se supone Al principio solía beber vino a tragos lentos en el último bar de aquella playa oscura pronunciando los nombres de los mariscos de una manera que llamaba a risa y cantando confusas baladas que ninguno de los pobres borrachos entendía.
Después se fue quedando aquí simplemente sudoroso y rojísimo bajo el sol obstinado casó con una puta oscura -santa mujer de lástima- inaugurando una larga vecindad de silencio.
Phillips O'Mannion, los ojos y el recuerdo llenos de su Irlanda natal murió ayer en la calle las manos crispadas junto al pecho sin pronunciar una palabra sin alarmar a nadie como quien paga por la vida poco precio.
Al estarle enterrando se rompieron las cuerdas y el féretro cayó de golpe saltándose la tosca tapa de pino. Su compañera -los labios despintados- le echó el primer puñado de tierra directamente en el rostro.
Somos cinco mil aquí. En esta pequeña parte de la ciudad. Somos cinco mil.
¿Cuántos somos en total en las ciudades y en todo el país?
Somos aquí diez mil manos que siembran y hacen andar las fábricas.
¡Cuánta humanidad con hambre, frío, pánico, dolor, presión moral, terror y locura!
Seis de los nuestros se perdieron en el espacio de las estrellas.
Un muerto, un golpeado como jamás creí se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores, uno saltando al vacío, otro golpeándose la cabeza contra el muro, pero todos con la mirada fija de la muerte.
¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera sin importarles nada. La sangre para ellos son medallas. La matanza es acto de heroísmo.
¿Es éste el mundo que creaste, Dios mío? ¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?
En estas cuatro murallas sólo existe un número que no progresa. Que lentamente querrá la muerte.
Pero de pronto me golpea la consciencia y veo esta marea sin latido y veo el pulso de las máquinas y los militares mostrando su rostro de matrona lleno de dulzura.
¿Y Méjico, Cuba, y el mundo? ¡Que griten esta ignominia!
Somos diez mil manos que no producen. ¿Cuántos somos en toda la patria?
La sangre del Compañero Presidente golpea más fuerte que bombas y metrallas.
Así golpeará nuestro puño nuevamente. Canto, que mal me sales cuando tengo que cantar espanto.
Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto.
De verme entre tantos y tantos momentos del infinito en que el silencio y el grito son las metas de este canto.
Lo que nunca vi, lo que he sentido y lo que siento hará brotar el momento…
Antes de despedirme Tengo derecho a un último deseo: Generoso lector quema este libro No representa lo que quise decir A pesar de que fue escrito con sangre No representa lo que quise decir.
Mi situación no puede ser más triste Fui derrotado por mi propia sombra: Las palabras se vengaron de mí.
Perdóname lector Amistoso lector Que no me pueda despedir de ti Con un abrazo fiel: Me despido de ti con una triste sonrisa forzada.
Puede que yo no sea más que eso pero oye mi última palabra: Me retracto de todo lo dicho. Con la mayor amargura del mundo Me retracto de todo lo que he dicho.
Mientras reflexionaba su séptima jugada un cabo gritó su nombre desde la guardia.
-¡Voy!- dijo
pasándome el pequeño ajedrez magnético. Como no regresó en un plazo prudente anoté, en broma: Abandona.
Solo cuando el diario EL SUR la semana siguiente publicó en grandes letras la noticia de su fusilamiento en el Estadio Regional de Concepción comprendí toda la magnitud de su abandono.
Se había formado en las minas de carbón, pero no fue el peón oscuro que parecía condenado a ser, y habrá muerto con señoríos de rey en su enroque.
Años después le cuento a un poeta. Solo dice: ¿y si te hubieran tocado las blancas?
Ahora sí que tú y yo estamos más lejos uno del otro que dos estrellas de diferentes galaxias. Ningún astrónomo logrará tenernos juntos en su vertiginoso campo visual ni el fotógrafo de Cartagena ante su Polaroid así fue hace la infinidad de siete años el resto de las imágenes son nubes de la memoria y de aquélla y de todas se ha retirado la vida.