ENTRE LOS DOS TECHOS DEL CIELO
Desde pequeño en la aldea,
siempre creí que era tan bajo el techo del cielo
que podía tocarlo con la mano, cada noche,
y llenarme los bolsillos de estrellas.
Mas, desde ayer,
desde que llegué al desierto,
vi la arena tan soñadora como su vientre,
el agua tan roja como sus labios
y probé la lengua de su insomne bahía.
Ahora sé que el techo del cielo está lejos
y que mis sueños pequeños
escalaron hasta sus aguas.
DUELO POR UNA CANCIÓN
“De nada sirves –escribió-,
un camino trillado eres,
un número atado a la cola de un caballo,
una tumba fría,
abandonado en el infierno,
un árbol sin corteza en el desierto,
un hilo sin aguja,
una puerta quemada rumiando las manos que alguna vez la
han tocado,
un pájaro aterido por el derrame del sol,
letra muerta,
un libro caído del collar de una paloma,
línea aislada en busca del punto,
una montaña desnuda nadando en las nubes,
espejo oscuro abandonado por una mujer,
un duelo por una canción,
el frufrú de seda apagado”.
¿A dónde me lleva la puerta cerrada? –me pregunté-.
¿Se librarán los nombres con solo mover los hombros?
¿Se librará la coma del punto y coma?
¿Se me caerá el mundo encima?
Me acogeré otra vez al ritmo,
a un silencio heredado de mi madre,
me libraré de verte,
y se librará el alma de hablar
a una sola letra
de tu nombre.
Ahmad al-shahawy


