Tu tarta de ron cubierta de almendras llegó
esta mañana a mi puerta
con una pinta deliciosa. El mensajero aparcó al pie
de la colina y subió el sendero a pie.
No se movía nada más en aquella estampa tan fría.
Hacía frío dentro y fuera. Firmé,
le di las gracias y entré de nuevo.
Abrí la pesada tapa, arranqué
las grapas de la bolsa y hallé
dentro la lata con el pastel.
Rasgué el adhesivo de la tapa
y la abrí haciendo palanca. Aparté el papel de aluminio
y percibí el aroma de aquella delicia.
Fue entonces cuando apareció
una tijereta. Una tijereta
metido en tu pastel. Mareado
por el ron. Subió hasta el borde de la lata.
Correteó alocadamente por la mesa para
intentar alcanzar el frutero. No lo maté.
De momento. Tenía sensaciones
contradictorias. Estaba disgustado, desde luego. Pero
también sorprendido. Incluso sentía admiración. Esa criatura
había hecho 3000 millas, había viajado toda la noche
en un avión, dentro de una tarta, entre almendras peladas
y el mareante olor del ron. Luego
en camión por una carretera de montaña y
llevado a pie colina arriba con este frío hasta esta casa
con vistas al océano Pacífico. Una tijereta.
Déjale vivir, pensé. ¿Qué importa uno más
o menos en el mundo? Puede que éste
sea especial. Un aura sobre su extraña cabeza.
Saqué el pastel del envoltorio
¡y aparecieron tres tijeretas más
en la lata! Me pilló tan de sorpresa
que no sabía si matarlos
o qué. Me pudo la rabia
y los aplasté. Murieron aplastados
antes de que pudieran escapar. Fue una masacre.
Mientras lo hacía, encontré y aplasté
al otro, sin remedio.
No había hecho más que empezar y ya había acabado.
Hubiera podido seguir y seguir,
aplastando uno tras otro. Si es verdad
que el hombre es un lobo para el hombre, ¿qué pueden esperar
unas simples tijeretas cuando hay sed de sangre?
Me senté para que se me calmara el corazón.
Tenía la respiración agitada. Miré
toda la mesa alrededor, lentamente. Preparado
para todo. Mona, siento decirte esto,
pero no pude probar la tarta.
La guardé para más tarde, quién sabe.
Gracias, de todos modos. Eres encantadora por acordarte
de mí, aquí solo este invierno.
Viviendo solo.
Como un animal, pienso.
Raymond Carver



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