Yo muero extrañamente... No me mata la Vida, No me mata la Muerte, no me mata el Amor; Muero de un pensamiento mudo como una herida... ¿No habéis sentido nunca el extraño dolor
De un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida Devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor? ¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida Que os abrasaba enteros y no daba un fulgor?...
Cumbre de los Martirios!... Llevar eternamente, Desgarradora y árida, la trágica simiente Clavada en las entrañas como un diente feroz!...
Pero arrancarla un día en una flor que abriera Milagrosa, inviolable!... Ah, más grande no fuera Tener entre las manos la cabeza de Dios!
Antes de despedirme Tengo derecho a un último deseo: Generoso lector quema este libro No representa lo que quise decir A pesar de que fue escrito con sangre No representa lo que quise decir.
Mi situación no puede ser más triste Fui derrotado por mi propia sombra: Las palabras se vengaron de mí.
Perdóname lector Amistoso lector Que no me pueda despedir de ti Con un abrazo fiel: Me despido de ti con una triste sonrisa forzada.
Puede que yo no sea más que eso pero oye mi última palabra: Me retracto de todo lo dicho. Con la mayor amargura del mundo Me retracto de todo lo que he dicho.
Cuando es invierno en el mar del Norte es verano en Valparaíso. Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el puerto de Bremen con jirones de niebla y de hielo en sus cabos, mientras los balandros soleados arrastran por la superficie del Pacífico Sur bellas bañistas.
Eso sucede en el mismo tiempo, pero jamás en el mismo día.
Porque cuando es de día en el mar del Norte —brumas y sombras absorbiendo restos de sucia luz— es de noche en Valparaíso —rutilantes estrellas lanzando agudos dardos a las olas dormidas.
Cómo dudar que nos quisimos, que me seguía tu pensamiento y mi voz te buscaba —detrás, muy cerca, iba mi boca. Nos quisimos, es cierto, y yo sé cuánto: primaveras, veranos, soles, lunas.
Hace tiempo te había prometido muchos poemas de amor y -ya ves- no podía escribirlos. Tú estabas junto a mí y es imposible escribir sobre lo que se tiene. Lo que se tiene siempre es poesía. Pero ya han comenzado a unirnos cosas definitivas: hemos vivido la misma soledad en cuartos separados -sin saber nada el uno del otro-, tratando -cada uno en su sitio- de recordar cómo eran los gestos de nuestras caras que de pronto se juntan con aquellas que ya creíamos perdidas, desdibujadas, de los primeros años. Yo recordaba los golpes en la puerta y tu voz alarmada y tú mis ojos neutros, soñolientos aún. Durante mucho tiempo me preguntabas qué cosa era la Historia. Yo fracasaba, te daba definiciones imprecisas. Nunca me atreví a darte un ejemplo mayor.
Mientras reflexionaba su séptima jugada un cabo gritó su nombre desde la guardia.
-¡Voy!- dijo
pasándome el pequeño ajedrez magnético. Como no regresó en un plazo prudente anoté, en broma: Abandona.
Solo cuando el diario EL SUR la semana siguiente publicó en grandes letras la noticia de su fusilamiento en el Estadio Regional de Concepción comprendí toda la magnitud de su abandono.
Se había formado en las minas de carbón, pero no fue el peón oscuro que parecía condenado a ser, y habrá muerto con señoríos de rey en su enroque.
Años después le cuento a un poeta. Solo dice: ¿y si te hubieran tocado las blancas?
Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París – y no me corro – tal vez un jueves, como es hoy de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso estos versos, los húmeros me he puesto a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban todos sin que él les haga nada; le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos…
De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso, dejar atrás un sótano más negro que mi reputación —y ya es decir—, poner visillos blancos y tomar criada, renunciar a la vida de bohemio, si vienes luego tú, pelmazo, embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes, zángano de colmena, inútil, cacaseno, con tus manos lavadas, a comer en mi plato y a ensuciar la casa?
Te acompañan las barras de los bares últimos de la noche, los chulos, las floristas, las calles muertas de la madrugada y los ascensores de luz amarilla cuando llegas, borracho, y te paras a verte en el espejo la cara destruida, con ojos todavía violentos que no quieres cerrar. Y si te increpo, te ríes, me recuerdas el pasado y dices que envejezco.
Podría recordarte que ya no tienes gracia. Que tu estilo casual y que tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de treinta años, y que tu encantadora sonrisa de muchacho soñoliento —seguro de gustar— es un resto penoso, un intento patético. Mientras que tú me miras con tus ojos de verdadero huérfano, y me lloras y me prometes ya no hacerlo.
Si no fueses tan puta! Y si yo supiese, hace ya tiempo, que tú eres fuerte cuando yo soy débil y que eres débil cuando me enfurezco... De tus regresos guardo una impresión confusa de pánico, de pena y descontento, y la desesperanza y la impaciencia y el resentimiento de volver a sufrir, otra vez más, la humillación imperdonable de la excesiva intimidad.
A duras penas te llevaré a la cama, como quien va al infierno para dormir contigo. Muriendo a cada paso de impotencia, tropezando con muebles a tientas, cruzaremos el piso torpemente abrazados, vacilando de alcohol y de sollozos reprimidos. Oh innoble servidumbre de amar seres humanos, y la más innoble que es amarse a sí mismo!