Sueño y muerte, las águilas sombrías aletean toda la noche sobre esta cabeza: La imagen dorada del hombre devorada por la ola gélida de la eternidad. En aterradores arrecifes el cuerpo morado se destroza Y una voz oscura se lamenta sobre el mar. Hermana de tempestuosa tristeza mira un aterrado barco hundirse bajo las estrellas, en el rostro silencioso de la noche.
Georg Trakl
Klage
Schlaf und Tod, die düstern Adler Umrauschen nachtlang dieses Haupt: Des Menschen goldnes Bildnis Verschlänge die eisige Woge Der Ewigkeit. An schaurigen Riffen Zerschellt der purpurne Leib Und es klagt die dunkle Stimme Über dem Meer. Schwester stürmischer Schwermut Sieh ein ängstlicher Kahn versinkt Unter Sternen, Dem schweigenden Antlitz der Nacht.
La lluvia ha cesado y ha aparecido la luna. No entiendo nada de ondas de radio, pero creo que viajan mejor justo después de que llueva, cuando el aire está húmedo. En cualquier caso, ahora podría sintonizar con Ottawa, si quisiera, o con Toronto. Últimamente, por las noches se me ha despertado un leve interés por la política canadiense y sus asuntos internos. Es cierto. Pero lo que buscaba sobre todo eran sus emisoras musicales. Podría quedarme aquí en la silla y escuchar, sin tener que hacer nada o pensar. No tengo televisión y había dejado de leer la prensa. Por las noches, encendía la radio.
Cuando vine aquí pretendía escapar de todo. Especialmente de la literatura. Con lo que conlleva, y lo que sigue después. Existe en el alma el deseo de no pensar. De permanecer inmóvil. Junto a ello, el deseo de ser estricto, sí, y riguroso. Pero el alma también es una afable hijas de puta, no siempre de fiar. Y yo lo había olvidado. Escuché cuando decía: Mejor cantar a lo que ha desaparecido y no regresará que a aquello que sigue con nosotros y seguirá mañana con nosotros. O no. Y si no, bien también. No tenía importancia, decía, que un hombre cantase. Ésa era la voz que yo escuchaba. ¿Se imaginan que alguien pensara de esa forma? ¿Que todo da igual? ¡Menuda tontería! Pero yo pensaba esas bobadas por la noche sentado en la silla mientras escuchaba mi radio.
¡Y entonces, Machado, tus poemas! Fue casi como ver a un hombre de mediana edad enamorarse de nuevo. Algo extraordinario, y también embarazoso. Tonterías como colgar un fotografía tuya. Y me llevaba tu libro a la cama y dormía con él a mano. Una noche un tren me despertó al pasar por mis sueños. Lo primero que pensé, con el corazón desbocado allí en el dormitorio a oscuras, fue: No pasa nada, Machado está aquí. Luego pude volver a dormirme.
Hoy llevé tu libro cuando salí a dar mi paseo. ‘¡Presta atención!’ decías siempre que alguien te preguntaba qué hacer con su vida. Así que miré a mi alrededor y tomé nota de todo. Luego me senté al sol con él, en mi sitio junto al río donde divisaba las montañas. Y cerré los ojos y escuché el ruido del agua. Luego los abrí y comencé a leer Últimas lamentaciones de Abel Martín. Esta mañana pensé mucho en ti, Machado. Y espero, sabiendo incluso lo que sé acerca de la muerte, que recibieras el mensaje que te dirigí. Pero si no, no pasa nada. Duerme bien. Descansa. Espero que tarde o temprano podamos encontrarnos. Y entonces te contaré yo mismo estas cosas.
Hoy, con la primavera, soñé que un fino cuerpo me seguía cual dócil sombra. Era mi cuerpo juvenil, el que subía de tres en tres peldaños la escalera. -Hola, galgo de ayer. (Su luz de acuario trocaba el hondo espejo por agria luz sobre un rincón de osario) -¿Tú conmigo, rapaz? -Contigo, viejo.
Soñé la galería al huerto de ciprés y limonero; tibias palomas en la piedra fría, en el cielo de añil rojo pandero, y en la mágica angustia de la infancia la vigilia del ángel más austero.
La ausencia y la distancia volví a soñar con túnicas de aurora: firme en el arco tenso la saeta del mañana, la vista aterradora de la llama prendida en la espoleta de su granada.
¡Oh Tiempo, oh Todavía preñado de inminencias!, tú me acompañas en la senda fría, tejedor de esperanzas e impaciencias.
¡El tiempo y sus banderas desplegadas! (¿Yo, capitán? Mas yo no voy contigo.) ¡Hacia lejanas torres soleadas el perdurable asalto por castigo!
Hoy, como un día, en la ancha mar violeta hunde el sueño su pétrea escalinata, y hace camino la infantil goleta, y le salta el delfín de bronce y plata.
La hazaña y la aventura cercando un corazón entelerido. Montes de piedra dura -eco y eco- mi voz ha repetido.
¡Oh, descansar en el azul del día como descansa el águila en el viento, sobre la sierra fría, segura de sus alas y su aliento!
La augusta confianza a ti, Naturaleza, y paz te pido, mi tregua de temor y de esperanza, un grano de alegría, un mar de olvido.
Se sentó borracho a la mesa y escribió un editorial Del Times, claro, inclasificable, culto, Suponiendo (¡inocente!) que iba a tener influencia en el mundo ¡Santo Dios!... ¡Y tal vez la haya tenido!
Quiero denunciar ante todos, publico y clero, el robo de un par de anteojos, de alguna camiseta sucia y pañuelo usado, un numero impreciso de poemas que venía escribiendo en los últimos años de esta guerra, un aparato de televisor, discos, armas, souvenires varios: un libro de Lenin, un disco de don Pepe de la Matrona que me regalara el Divino Divinsky por recomendación del marqués del Conte, don Fernando Quiñones, un asiento argelino, piedritas, cartas, dos botellas de vino chileno, documentos reales y apócrifos y otras cosas pequeñas pero queridas, nada de esto, ni de otras cosas que omito han reaparecido. Fueron robados por la policía en mi domicilio, entonces ilegal para ellos. Las armas perdidas ya han sido debidamente detalladas; las largas y las cortas, las buenas y las malas. Los objetos eran comunes, como esos que se venden por allí; los versos hablaban de una 11,25 que ha dejado una marca en el nacimiento de mi muslo izquierdo; otro hacía referencia a los problemas de la balística en relación con los sentimientos; uno recordaba el miedo que tenía el sargento cuando fuera atacado por sorpresa, y otros temas que he olvidado por buenas razones. Algunos de estos papeles desaparecidos por el miedo que la policía metió a mucha gente, entre ellos a una mujer llamada Lucila, que materialmente quemó uno que otro. Otros fueron destruidos por la propia policía o los militares de los servicios de informaciones que también me llevaron. Hago esta denuncia, especialmente por la perdida de armas y poemas, ya que ambas son irreparables, han sido robadas al pueblo de la república, a quien materialmente pertenecían.