Atrévete a poder ser fuerte, y no te detengas: atrévete a poder ser viejo, que si tienes hijos un testamento les atará bien corto. Atrévete a poder que no te guste mucho ir testado por un mundo que se separa. Si te sobran hijos, arréglales una guerra. Atrévete a poder dar trabajo a “charnegos”. Con tu sueldo, comprarán vino bastante agrio para que en tres años les pudra los dientes. No te dé miedo: tú toma el opio de los ricos (opio, te llega de Escocia y de Roma). Tú, muchacho nuevo, confía en años futuros. Bastante tiempo tendrás de hacerte amigos virgilios que te leguen eneidas que salvar. Atrévete a poder hacerte persona augusta cuando tengas tiempo. Y hoy, Octavio, chico, atrévete a poder degollar a Cicerón. Barbado Alfonso, emperador de España, primo de un Santo, y Sabio tú mismo, fíjate bien, que vendrán otros más sabios a historiarte, y dirán que eres mal rey: les has perdido una sucia batalla que ellos se han atrevido a poderse hacer suya. Fíjate bien, general, que una patria se atreve a poner mucha esperanza en ti. No te atrevas, no, a poder perder batallas. Pero tampoco hace falta ganarlas todas. Si tienes napalm con que sembrar campos del Norte, atrévete a poder perder guerras del Sur.
Érase una vez
un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos.
Y había también
un príncipe malo,
una bruja hermosa
y un pirata honrado.
Todas estas cosas
había una vez.
Cuando yo soñaba
un mundo al revés.
VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS Vendrá la muerte y tendrá tus ojos -esta muerte que nos acompaña de la mañana a la noche, insomne, sorda, como un viejo remordimiento o un vicio absurdo-. Tus ojos serán una vana palabra, un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana cuando sola sobre ti misma te inclinas en el espejo. Oh querida esperanza, también ese día sabremos nosotros que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Será como abandonar un vicio, como contemplar en el espejo el resurgir de un rostro muerto, como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.
Cesare Pavece
VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS
Fuera el primero o el segundo fuera a descubrir, saber o decidir que hacía falta humildad y valor no orgullo o cobardía.
Fue el último, penúltimo o quien fuera en desdeñar artes y sortilegios cuando la carne falta y Ella.
Fueron pretextos en realidad, la libertad, la tentación vencieron el terror y el instinto.
Ha muerto mi padre. Se repite su ausencia cada día en el hogar vacío. Yo pregunto, y además de la ausencia y además de perder los caminos de esta tierra, ¿qué es la muerte?
Yo te pregunto, padre, ¿qué es la muerte? ¿Has hallado la paz que merecías? ¿Encontraste cobijo en nueva casa o vas errante, y sufres bajo el frío del invierno más grande, del total desamor?
Yo te pregunto, padre, si son algo los muertos, o si la muerte es sólo una inmensa palabra que comprende todo lo que no existe.
En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.
A veces alguien te sonríe tímidamente en un supermercado alguien te da un pañuelo alguien te pregunta con pasión qué día es hoy en la sala de espera del dentista alguien mira a tu amante o a tu hombre con envidia alguien oye tu nombre y se pone a llorar.
A veces encuentras en las páginas de un libro una vieja foto de la persona que amas y eso te da un tremendo escalofrío vuelas sobre el Atlántico a más de mil kilómetros por hora y piensas en sus ojos y en su pelo estás en una celda mal iluminada y te acuerdas de un día luminoso tocas un pie y te enervas como una quinceañera regalas un sombrero y empiezas a dar gritos.
A veces una muchacha canta y estás triste y la quieres un ingeniero agrónomo te saca de quicio una sirena te hace pensar en un bombero o en un equilibrista una muñeca rusa te incita a levantarle las faldas a tu prima un viejo pantalón te hace desear con furia y con dulzura a tu marido.
A veces explican por la radio una historia ridícula y recuerdas a un hombre que en vida fue tu amigo disparan contra ti sin acertar y huyes pensando en tu mujer y en tu hija ordenan que hagáis esto o aquello y enseguida te enamoras de quien no hace ni caso hablan del tiempo y sueñas en una chica egipcia apagan las luces de la sala y ya buscas la mano de tu amigo.
A veces esperando en un bar a que ella vuelva escribes un poema en una servilleta de papel muy fino hablan en catalán y quisieras de gozo o lo que sea morder a tu vecina subes una escalera y piensas que sería bonito que el chico que te gusta te violara antes del cuarto piso repican las campanas y amas al campanero o al cura o a Dios si es que existiera miras a quien te mira y quisieras tener el poder necesario para ordenar que en ese mismo instante se detuvieran todos los relojes del mundo.
A veces sólo a veces gran amor. EL QUE CUENTA LAS CAMPANADAS
El amante de medianoche, el que ansió que ella le siguiera, el que cuenta las campanadas como un enfermo desahuciado; el que pone cara de cárcel cuando se mira en el espejo: es el furtivo que no duerme acechando a su compañera, y ella es feliz porque ahora vive una noche tan inefable y tan honda como la muerte.