…Y sonríen, a veces, cuando hablan. Y se dicen , incluso, palabras de amor. Pero se aman de dos en dos para odiar de mil en mil. Y guardan toneladas de asco por cada milímetro de dicha. Y parecen -nada más que parecen- felices, y hablan con el fin de ocultar esa amargura inevitable, y cuántas veces no lo consiguen, como no puedo yo ocultarla por más tiempo; esta desesperante, estéril, larga ciega desolación por cualquier cosa que -hacia donde no sé-, lenta, me arrastra.
Mi hermana no escribe poemas y es improbable que de pronto comience a escribir poemas. Le viene de su madre, que no escribía poemas, y de su padre, que tampoco escribía poemas. Bajo el techo de mi hermana me siento a salvo: nada impulsaría al marido de mi hermana a escribir poemas. Y aunque suene como un poema de Adam Macedonski, ninguno de mis parientes se ocupa de escribir poemas. En el escritorio de mi hermana no hay poemas viejos ni nuevos en su bolso. Y cuando mi hermana me invita a cenar, sé que no tiene intenciones de leerme poemas. Hace magníficas sopas sin esfuerzo, y su café no se derrama sobre manuscritos.
En muchas familias nadie escribe poemas, pero cuando lo hacen, rara vez es sólo una persona. Algunas veces la poesía fluye en cascadas de generaciones que ocasionan temibles corrientes en las relaciones familiares.
Mi hermana cultiva una prosa hablada decente, toda su producción literaria está en tarjetas postales veraniegas que prometen la misma cosa cada año: que cuando vuelva nos contará todo, todo, todo.
Pasada ya la cumbre de la vida, justo del otro lado, yo contemplo un paisaje no exento de belleza en los días de sol, pero en invierno inhóspito. Aquí sería dulce levantar la casa que en otros climas no necesité, aprendiendo a ser casto y a estar solo. Un orden de vivir, es la sabiduría. Y qué estremecimiento, purificado, me recorrería mientras que atiendo al mundo de otro modo mejor, menos intenso, y medito a las horas tranquilas de la noche, cuando el tiempo convida a los estudios nobles, el severo discurso de las ideologías —o la advertencia de las constelaciones en la bóveda azul... Aunque el placer del pensamiento abstracto es lo mismo que todos los placeres: reino de juventud.