Pienso en mis límites, límites que separan el poema que hago del que no puedo hacer, el poema que escribo del que nunca podré escribir. Límites también, en consecuencia, de lo que amo y de lo que nunca podré amar.
Límites de lo que quisiera decir o ver o tener. Palabras que daría para descubrir, palabras para ayudar. Límites del amor, palabras insuficientemente valiosas, en un desierto inacabable.
No te muevas
deja que hable el viento
ese es el Paraíso.
Que los dioses perdonen lo que
he hecho.
Que aquellos a quienes amo intenten perdonar
lo que he hecho.
Y los días no son tan plenos
Y las noches no son tan plenas Y la vida se desliza como un ratón de campo
Sin agitar la hierba.
Δώρια
Sé en mí como el ánimo eterno del viento frío, y no como las cosas efímeras— regocijo de flores. Tenme en la intensa soledad de los riscos sin sol y de las aguas grises. Deja que los dioses hablen de nosotros en voz baja de ahora en más, y que las flores sombrías de Orco te recuerden.
¿Qué hay que hacer? Escribir la solicitud Y anexar el curriculum.
Sin importar lo largo de la vida, el curriculum ha de ser breve.
Rige la consistencia y elegir bien los hechos. Cambiar paisajes por direcciones y recuerdos borrosos por fechas fijas.
De todos los amores sólo el del matrimonio, y de los hijos nada más los nacidos.
Importa más quién te conoce y no a quién has conocido De tantos viajes, sólo los internacionales. Pertenecer a algo y no el ¿por qué? Menciones honoríficas sin su razón.
Escribe como si nunca hubieras hablado contigo. Y pasaras de largo.
No hables de perros, gatos, pájaros. Arrumba los recuerdos, los amigos, los sueños.
Más sobre el precio, menos sobre el valor. Mejor el título que el contenido. Mejor la talla de tus zapatos que a dónde llevan. A quién se supone que eres. Anexar una foto, la oreja descubierta: lo que importa es su forma, no lo que oye. ¿Y qué es lo que se oye? El estruendo de la trituradora que destruye expedientes.
La gente está exhausta, infeliz y frustrada, la gente es amarga y vengativa, la gente está engañada y temerosa, la gente es iracunda y mediocre y yo manejo entre ellos en la autopista y ellos proyectan lo que les han dejado de sí mismos en su manera de manejar. Algunos más odiosos, algunos más disimulados que otros. A algunos no les gusta que los pasen, e intentan evitar que otros lo hagan. Algunos intentan bloquear los cambios de carril. Algunos odian los autos más nuevos, más caros. Otros en esos autos odian los autos más viejos. La autopista es un circo de emociones chiquitas y baratas, es la humanidad en movimiento, la mayoría viniendo de un lugar que odia y yendo a otro lugar que odia todavía más. Las autopistas nos enseñan en qué nos hemos convertido y muchos de los choques y muertes son la colisión entre seres incompletos, entre vidas penosas y dementes. Cuando manejo por las autopistas veo el alma de mi ciudad y es fea, fea, fea: los vivos han estrangulado su corazón.
Un día muy feliz. La niebla se levantó pronto, trabajé en el jardín. Los colibríes se demoraban en las madreselvas. No había cosa en la tierra que yo deseara poseer. Sabía que no merecía la pena que envidiase a nadie. Cualquier mal que hubiera sufrido, lo olvidé. Pensar que una vez fui el mismo hombre no me molestaba. En el cuerpo no sentía dolor. Cuando me estiré vi el mar azul y las velas.
Alguna cosa ha entrado en un poema que sé que he de escribir, y no sé cuándo, cómo o qué querrá expresar. Si puedo lo guiaré hacia ti. Que diga tus cabellos o la escama de sol que te tiembla en la uña. Pero quizá no siempre tendré del todo en cuenta lo que ahora veo en ti. He oído el son oscuro de algo que se me cae a un pozo. Cuando flote, ¿sabré reconocer que viene de este instante?